Orejas de conejo jugando en el árbol.

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Lala Aufsberg  Homework (with slate pencil), 1939 Facie Populi

Encuentro una foto mía. Foto “vintage”, como suelo decirle a los peques para que eviten la palabra “viejo” o “vieja” en del vocabulario.

Estoy en un patio despoblado con un tacho en los brazos. Sonrío, tengo el pelo atado en dos colitas a los costados y un pedazo de cielo hermoso sobre mi cabeza. El horizonte del patio está delimitado por tierra y un paredón. Y sobre el paredón otro horizonte y al fin el cielo.

El cielo que está en todas partes, a todas horas. Qué sería de nosotros sin cielo?  A veces creo que no me alcanzará toda la vida para mirarlo lo suficiente, con esa gama inconmensurable de tonos y colores; con esas ganas de conquistarlo, de “volarlo” y lograr tocarlo, como si fuese algo tangible.  Lo mismo pensarán seguramente los oradores cuando rezando hacia el este, levantan sus manos y sus cabezas hacia arriba, adorando a la divinidad que habita en la eternidad del celeste.

Bajo a tierra, colgándome de las pequeñas nubes que hay en la foto, y veo que tengo un jardinero de corderoy que hace juego con mi pelo rubio-amarronado. Vuelvo a revisar mi sonrisa. Esta me parece a la distancia tan descolocada como si en la imagen hubiera un plato volador o un plasma o un teléfono celular. Algo que no encaja entre mis recuerdos y lo que veo. Como si mi sonrisa hubiera nacido después de los noventa.

Me miro y hago un esfuerzo para contener las lágrimas. Quiero hablarme y abrazarme a mí misma a través del papel amarillento.

Tengo una amiga que no puede mirar fotos. Sería algo así como una fobia o una resistencia. Pero es feliz.  Es feliz como se es feliz hoy: no quiere matarse, sonríe, es amable, solidaria, ama a su familia que al día de hoy está completa y unida. Pero aún así no puede mirarlas, se le oprime el pecho cuando lo hace y la angustia la desborda.

No puedo decir lo mismo sobre mí. Aunque en el caso particular de mis fotos de niña, una oleada de amor y compasión ahogan la zona de mi cuello, me estrangulan y sacan alguna lágrima por mis ojos. Siento que la niña de la foto no soy yo, me veo como a una huérfana a la que hay que rescatar, prevenir y ayudar a escapar. Quiero hablarme a mí misma para decirme que sobreviviré.

La pequeña me sonríe, como si pudiera leer mis pensamientos, como si fuera todo a la inversa y ella quisiera tranquilizarme y decirme que lo sabe todo, que lo acepta, que está bien.

Sé que las fotos sonríen y que los malos momentos no salen en éstas. Y lo sé de primera mano, porque hace un tiempo estuve de visita en el cajón de fotos y vi lo felices que fuimos.  Una tras otra me pregunté por qué no llegamos hasta que nos separe la muerte o algún rayo fugaz o el mismísimo cielo.

Hoy por la mañana, como un anticipo de lo que me sucedería en estos instantes en los que escribo y cierro el ciclo de pensamientos y hechos coincidentes, recordé un episodio de esos caratulados como “primeros recuerdos”.

Era pequeña e iba al jardín de infantes. No puedo recordar si era feliz, ni con quién iba, ni quién era mi “señorita”. Sí recuerdo que no sabía atarme los cordones. Y mi madre por lo visto no era de las personas que hacen moños, porque yo iba al jardín con las zapatillas anudadas. Y como para esa época de infante no hay palabras mayores que las de un progenitor, el día que se desanudaron y alguien quiso atarlos haciendo un moño me largué a llorar desconsoladamente. Vinieron varias personas, todas a hacer moño, y yo decía que “así no era” entre un mar de hipos mezclados con lágrimas. Sólo me tranquilicé cuando al mediodía ella llegó y anudó mis zapatillas.

Hay una cosa que me hace temblar en este mismo instante: y es creer tener la certeza de que la vida nunca volverá a ser así de fácil, aunque me puedo equivocar. Seguramente sólo esté viendo el nudo y aún no conozca el moño y menos la rima del conejito.

“Orejas de conejo, orejas de conejo, jugando en el árbol. Enlaza el árbol, intentando alcanzarme. Orejas de conejo, salta al agujero, salta por el otro lado bonito y audaz.”

 

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