Cobardía, para empezar.

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CHRISTIAN JEQUEL

Dijo Proust que “A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan las cosas que más deseamos.”

Al encontrarme con la frase sentí exactamente una piña en la boca del estómago. Esas piñas que te pegan con el puño cerrado, contundente y demoledora, que te dejan sin aire y sin poder de reacción, doblado en dos, con el corazón más cerca de las rodillas que del cielo.

Pensé que lo tenía controlado, lo del deseo quiero decir.

¿Por qué no habría de estarlo si tengo una vida ordinaria y satisfactoria, sintiendo a menudo que soy más afortunada que otros que tienen frío, sed o soledad?

El deseo interrumpido por la rutina es como un grano insistente y doloroso que se empeña en salir siempre en el mismo lugar y tiene pus. Lo reventamos, esperamos que seque, lo olvidamos y surge de entre las cenizas como el ave Fénix, recordándonos lo que apaciblemente intentamos olvidar.

A partir de cierta edad culminan las revoluciones y se hace lo que puede.  Aferrarse a un deseo puede ser mortal para un alma que no acepta más derrotas ni desilusiones. Bueno, así es como lo pintan algunos que piensan que la tercera edad más que cima,  augura un sostenido descenso.

Si bien algunos sueños los tengo aletargados, en stand by, congelados, frezados, anotados en la lista amarilla que guardo al fondo en la caja con las notas de amor de la adolescencia, escondidos tras el brillo de mis pupilas, vivitos y coleando en mis sueños recurrentes; convivo con ellos como se convive con un pariente que sólo insiste hablar de los buenos tiempos pasados.

Mis sueños más escondidos están en este momento haciendo un nudo en mi garganta e impidiendo que el oxígeno llegue adecuadamente a donde debería de. Era cierto, estaban allí. Dos por tres, los cables se tocan y hacen una breve chispa, parece que el motorcito va a arrancar nuevamente, pero no. O sí.

Luego de tantas frases inconclusas, de listas, de proyectos, de poemas y cartas por escribir, reconozco mi cobardía.

 

“Cobardía para empezar

A escribir en tus ojos

Lo que piensan los míos.

Bajo la mirada

Sonrío apenas y sigo.

El frío y el silencio caen,

El amor se esconde

A la vuelta de la esquina.

Mañana, el amanecer

Lo convertirá en escarcha.”

Patricia Lohin

 

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