Y tu boca es el cielo

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HAZEL SOAN’S ART

Si tu boca es el cielo,

Mis labios el horizonte,

Los dedos son testigos

Y entre lunares y constelaciones

Armamos nuestro universo.

 

 

Son casi las cinco de la tarde. Mientras corro por el boulevard, mi sangre tibia se va agolpando en los rincones fríos de mi cuerpo. A simple vista el recorrido es el mismo de otras veces, salvando el horario y la tarde de fines de otoño que pugna por retirarse más temprano aún que en días anteriores.

El pasto húmedo por la lluvia caída al mediodía, se extiende como un suave colchón mullido bajo las zapatillas.

Voy en silencio, escuchando sólo mi respiración y el sonido del circuito urbano. Tres kilómetros más adelante, me recibe el parque solitario y semi oscuro. Me sorprendo con el nuevo juego de luces y sombras que diviso alrededor. No estoy del todo preparada para la combinación de colores que me espera.

Como parte de mi recorrido consiste en desandar, al girar y volver sobre mis pasos, me encuentro con el horizonte, el sol furioso y naranja casi recostado sobre éste,  y una sucesión de árboles flacos y añejos que hacen de cortina.

Me emociono. Algo en mí se estremece, es un minuto o un millón de minutos mágicos diseñados para mí.

A la apacible tarde se le suma el manto frío que cae sobre mis hombros, y un sordo silencio salpicado por el canto disperso de algunas aves.

Estoy sensible, lo sé. Y me da gusto. Un hecho que sería rutinario o inexistente en otras circunstancias, cambia, me cambia; se transforma en único, indescriptible e irrepetible.

 

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HAZEL SOAN’S ART

 

Te diviso en cada recoveco del camino, debajo de las hojas secas, acostado sobre un manto de hojas secas, gritando una plegaria al cielo;  detrás de un árbol, jugando a esconderte, tallando un deseo. Te veo sonreír y el sol sale de tu boca, y tu boca que es el cielo.

Los secretos se esconden detrás de los hilos del sol que hacen su última aparición en el bosque. Saco fotos con mi retina, sabiendo que de haber traído la cámara, el hechizo desaparecería junto con tus pasos al escuchar el disparador.

Mis ojos se humedecen y me invaden siglos de distancia entre lo que recuerdo y lo que es. El atardecer que acaricia,  mi piel absorbe la luz y la humedad en iguales proporciones. Podría haberte obviado, dejar esta instancia sólo para mí,  haber recordado que no eres más que el reflejo de mi persona, una fantasía, una imagen gratificante, un ser imaginario sin nombre ni pupilas, sin olvidos ni espumas.

El naranja queda detrás de mí, la vuelta se torna débilmente oscura y aunque sé exactamente qué distancia me queda recorrer, ésta se vuelve ridículamente más larga.

Ignoro la inmensidad de los oscuros recovecos del misterio humano y de la naturaleza, así como ignoro tantas cosas que me suceden a las que no les encuentro el nombre. Juego con palabras mecanografiadas y las experiencias salen desde las puntas de mis dedos, enredadas, confusas, despistadas, contundentes.

Ignoro los misterios de la sensibilidad y la permeabilidad de las almas. Así como también desconozco de qué hablan cuando se encuentran a nuestras espaldas, mientras yo corro y tu recuerdo deambula, mientras es sábado y eso que duró unos minutos será por siempre.

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