Ensayando finales

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Nicola Simbari

Comencé la semana con el dedo gordo del pie izquierdo, por decirlo de una manera elegante. Técnicamente empecé la semana auto flagelándome. Eso fue durante todo el lunes, ya que el domingo tuve el tupé de no castigarme tanto. Luego de la hecatombe del lunes, día crítico en el que se me soltó la cadena, los días tardaron en remontar.

Diligentemente hice los deberes, di las gracias, hice varias muecas emulando sonrisas torcidas y ejercité algo parecido al optimismo; lo que al final de las horas previas a este escrito, han ido sumando a mi estado anímico general.

Ahora, que transito el otro lado de la trinchera, que las balas ya no me pegan en el pecho y me siento más segura de mí misma –es decir a resguardo de mi propia persona- puedo seguir yendo por la vida observando –objetivamente?- al resto del universo, como si lo mío fuera nada más que un paseo. Una irresponsabilidad absoluta. Una inmunidad temporaria. Un descoloque total.

La probabilidad de que yo esté en mitad de la vida, me ha hecho merecedora de un paseo virtual –muy al estilo Charles Dickens  en “Cuento de Navidad”- por sus posibles desenlaces fatales. Claro, de cuáles otros podría estar hablando.

No es que yo me siente en un sillón y a través del humo de una pipa empiece a divagar finales inconsistentes. Estos me encuentran a mí, en lugares tan comunes como el salón de mi tienda o el banco donde hago los depósitos en especias.

Sin ir más lejos, ayer, en la sucursal de un banco español, estaban tratando de reanimar a una señora muy entrada en años, la cual había sufrido una descompensación en la calle justo cuando casi la embiste un auto. Según dijeron nunca emitió palabra.

Cuando la vi, estaba con aparente pérdida de consciencia, apenas sentada en una silla en donde los empleados bancarios intentaban reanimarla y sostenerla para que no se cayera.

La única nota de color,  tal vez fuera la imagen absurda de uno de los empleados de seguridad,  que iba de aquí para allá con la bandera argentina de la previa del partido Argentina-Suiza.

Más pena que la señora me dio el can que la acompañaba, el cual estaba sumamente preocupado por su ama. No quiero detenerme a pensar cómo ni dónde quedó luego de que la retrasada ambulancia se llevara a la señora.  Luego de un vano intento por obtener la dirección de la señora, quien no contaba con ningún tipo de documentación, ni telefonía o antena parabólica, menos un tatuaje con algún punto cardinal que marcara un camino en su existencia; me fui tristemente por la puerta con mi propio ser a cuestas.

La escena me encontró como en un Déjà vu, pero alverre. Como si yo fuera a ser en cuarenta años la señora del banco, sola con su amigo el can, desfalleciendo de desamor en la esquina de la sucursal de un banco español. Al menos mi último suspiro sería casi cerca del Mediterráneo.

Visto y considerando las estadísticas de mi vida, tengo altas posibilidades de llegar sola a la vejez, seguramente con un can y la piel arrugándose justo en las coordenadas tatuadas sobre mi hombro.

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Nicola Simbari

El día terminó, no sin antes escuchar a mi vecino-cliente, de quien voy enhebrando un relato con las pequeñas cosas que me cuenta cada vez que se queda sin cereales. En ese relato, su mujer es muy afortunada, ya que él, amorosamente, le brinda todos los detalles posibles a su cotidianeidad para que lo que hoy es una leve pérdida de memoria, no se note tanto y no le complique demasiado las tareas diarias.  En la última charla, me enteré que como consecuencia de una caída, la mujer había sufrido varias fracturas, y obviamente él estaba doblemente abocado a su cuidado.

Lo sé, es amor del bueno.

Ante la segunda posibilidad que se me estaba presentando –envejecer junto a alguien que me cuide-, tuve más dudas que frente a la primer historia. Fantasmas de fracasos enarbolados al tope del mástil.

Pero, como la vida sorprende, como ya he dejado de fumar, de beber, me cuido razonablemente, me alimento con ochenta por ciento de vegetales; como que también es posible que no viva hasta los ochenta, aunque no viajo a más de 160 km/h en la ruta; como no tengo respuesta sobre asuntos que no son de mi incumbencia, como sé que puedo programar una cita con el dentista pero no con la muerte;  como que mis niveles de sociabilidad siguen escandalosamente bajos, como que no hay una compañía seria en este país que dé estadísticas precisas; preferí focalizar mejor con qué hacer con lo que quede de mí.

Volar, volar sobre el agua.

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