Bar Sangrila

08-08-31-segorbe1-ernest descalsPintura: Ernest Descals

Otra vez se me hizo condenadamente tarde. La primavera no sólo venía asomando sino que llegó a puerto sin ruidos ni estampidas, al menos en mi universo de dos por dos. Pero está aquí. Lo sé, porque mientras muerdo la colilla del cigarrillo por terminar, pasa un procesión de muchachitas adolescentes desfachatadamente coloridas, a medio vestir, destempladas y ruborizadas, como capullos de rosas abriéndose al día, cantando no sé qué; rumbo al parque.

Las esquivo como puedo, la calle que solía ser mía en otros tiempos, ha sido invadida por decenas de individuos apurados, que miran hacia abajo mientras se comunican tecleando algo en esos raros “aparatejos” nuevos. Yo no los necesito. Para qué? Con el único que me comunico es con diosito, y eso solo algunas veces; cuando el sol entibia mis sienes y el alcohol ya empieza a fundirse con la sangre que galopa atravesando los obstáculos que encuentra hasta llegar al corazón maltrecho y oscuro, que porfía por seguir latiendo.

Es tarde y estoy condenado. Se me fueron el otoño y el invierno, se escurrieron las primaveras anteriores; y yo sin poder volver a ponerme esa camisa rosa cuadrillé que la mataba de emoción.

Esa primavera, iba por las tardes caminando por la vereda de la sombra, un rato antes de las seis, engominado, estiradito y brilloso, con un poco de eau de toilette, zapatos recién lustrados, los pantalones arriba –donde deben estar-, y la camisa cuadrillé recién planchada y con las ballenas sujetando el cuello para que no se doble. Mi presencia casi joven, casi imponente, casi cierta, con esa media sonrisa de costado y en el otro extremo, el Parisienne humeante.

Entrecerraba los ojos y como junándola le decía “Buenas” con voz áspera. Y ella moría, o hacía que moría. Bajaba la mirada y en silencio iniciábamos el camino que iba al centro de cuatro por tres cuadras, y frente a la plaza  -al lado de la comisaría- nos esperaba el cura y su misa, en donde yo le pedía a diosito que ella me quisiera.

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Pintura: Ernest Descals

Y me quiso. Fue en primavera, y duró hasta la otra primavera, casi a duras penas. Pocas palabras y ningún verso, pisé la banana por enésima vez y no me lo perdonó. Perdí para siempre el aroma a violetas que desprendía de su cuello erguido y largo, ese que yo solía descubrir con mi mano derecha y besar apenas apoyando los labios.

Hoy no hay primaveras para mí, por no saber si hace frío o hay viento. Desde el bar Sangrila, todo se ve marrón, como el color de las sillas de madera gastadas y de las mesas redondas y enclenques; como el color de los pisos de mosaico, y como el de las paredes. Marrón oscuro y absurdo que venda mis ojos y me ata a esta esquina, sin dejarme huir de mis demonios. El dulzor de la caña se mezcla con el tabaco amargo, y una lágrima interna y salada se cuela en ese menjunje atroz que atraviesa mi garganta.

Salgo dejando deudas y la promesa de volver a besar la botella. Prendo otro cigarrillo y se me da por dejarme acariciar por el día, sentado en un banco blanco de la plaza junto al arenero. Los viejos como yo, caminan despacio y cabizbajos, llevando bolsas verdes y ecológicas,  mientras se quejan de los treinta y cinco pesos que sale renovar el DNI, de que el Pami está cortado, y que a los viejos los asaltan y les pegan.

Yo no sé nada de eso, la poca salud que tengo me permite vivir aletargado, mientras asesino estaciones y vomito maldiciones en los oscuros tugurios del pueblo.

Una mariposa blanca me revolotea. Será diosito? Ojalá venga pronto a buscarme y pueda disfrutar de meses de eternas estaciones tibias, una detrás de otra, paseando con mi camisa rosa, mientras la tomo de la cintura y le digo que esta vez es cierto.

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