La antesala del despertar.

10702167_765270153539432_567053957163199437_nVincent Giarrano

La tarde ya se había desvanecido por completo. Las marquesinas de los comercios resplandecían vibrantes, y las luces caían en picada sobre las veredas opacas. Calcé la mochila negra sobre mis hombros, ajusté los auriculares y empecé el recorrido lineal a pie y sin apuro.

Hay algo mágico en la caminata que hace unas semanas ni siquiera sabía que existía. Tal vez fuera la caminata con música, o tal vez la caminata sin prisa. La cosa es que me estaba sumando a las estadísticas que comprueban que ir caminando al trabajo nos hace más felices.

Mi cita con mi sub-inconsciente era a las 20:40. Tenía tiempo suficiente para demorarme dos minutos por cuadra, o tal vez más. Mientras tanto mis ojos circulaban entre los detalles de los segundos y terceros pisos, en las gárbolas de los edificios viejos, en patios traseros apenas divisados. Mi mente volaba a medida que imaginaba los interiores, sus integrantes, sus silencios, mascotas echadas y cocinas destempladas.

Octubre, tiempo de flotar y caminar casi sin apoyar los pies, mientras la temperatura de la ciudad dice ni frío ni calor y la nariz se divierte con los tonos frutales y florales.

A los diez minutos allí estábamos, al extremo puntuales. Ambos sentados frente a frente, con las piernas cruzadas en opuestos puntos cardinales y mirándonos como dos perros viejos con memoria. La estancia estaba lo suficientemente desértica como para que nada llame la atención. Nada que mirar, nada que oler. Igual sentí como un volver a un lugar conocido, como si estuviera parada en esa esquina, o volviera al café donde era habitué o a la biblioteca situada en el sótano del sindicato.

Ping pong. Pregunta, respuesta, relato, gesto. Buceemos.

Me sugiere recordar algo que ni Dios recuerda. Otra vida, otras calles y el sol castigando perpendicular, mientras camino bajo éste vestida de negro y el verano que se muestra implacable, la casa vacía, el olvido, los platos partidos sobre la mesa, el silencio y yo tan lejos del mar, tan lejos de mí.

Esbocé un dibujo dulce con gestos aprendidos, y reconocí haber vivido escondida entre las sombras de algunos sueños rotos. Mi saliva era dulce, la tragué, estaba despierta y era otro día.

Cuarenta y cinco minutos. Nos miramos, hizo un cierre, asentí, pagué la consulta, y salí caminando bajo el cielo encapotado. Otra vez la lluvia viniendo a lavar las culpas y los demonios. La tierra agotada pidiendo a gritos no más aguas ni raíces. Y mis pies en breve chapoteando.

Debería estar prohibido defenestrar relatos, sueños y recuerdos: los tres por igual. Como esos libros a los que el cinemascope les aggiorna otros finales con colores rosas aptos para incrédulos que no aceptan lo que es.

Mi diario tipeado decía otra cosa, golpeaba con la tibieza de sus palabras la corteza de los recuerdos que el tiempo acunó. Pero qué es un recuerdo más que una sucesión de capítulos incompletos de sueños aislados que acarician al alba, justo en ese instante, en la antesala del despertar.

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