La ciudad y yo

10635760_775560785843702_3521877904941349190_nArtista: Vincent Giarrano

He pasado por muchos estadios en mi vida. Con respecto a la información he estado sumamente informada, otras veces como ahora: cautelosamente informada. Entro en internet y selecciono la información. Ya no resisto la repitencia adrede de las noticias. Una sola noticia se multiplica por veinte, expandiendo su efecto en el inconsciente humano. En algunas ocasiones leo un titular y se me oprime el pecho, obviamente descarto hacer clic y enterarme de los detalles. Regodearme con el dolor ajeno no es lo mío, y le escapo a los detalles macabros con la misma intensidad con la que escapo de una calle en horas pico.

Qué todo está bien? Es una utopía. Que todo está mal? Es una mentira. Dios para algunos existe, para otros si existe no hace nada. Es la parte más fácil: echarle la culpa a Dios. Por mí está bien, que cada religión atienda su juego.

Estamos en una ciudad. Mis vecinos y yo. Al menos eso dicen los números de habitantes. Para mi gusto, el nivel de conocimiento y la velocidad con la que circulan las noticias malintencionadas dan al lugar característica de pueblo.

Hermosos campos rodean al partido, arroyos y el mar cerca terminan de encuadrar lo que parece un paraíso sembrado en un alto porcentaje con soja y lo poco que queda con feedlots, o el nuevo cielo a donde van las vacas ahora.

Por estos días hay agua por todas partes. Dicen los que se dedican a la metafísica (¿?) que estamos en la era del agua. Como sea, hace una eternidad que llueve, y decir que mi máquina de cortar pasto hace ya ruido o que los mosquitos hablan, es apenas una anécdota. El verde encandila, los arroyos parecen ríos, hay nuevos arroyos cortando el paso en las extensas playas cercanas. Los barrios que se inundan son siempre los mismos, y sus casas cuentan con paredes delineadas en distintos sectores: los vecinos dirán que a tantos centímetros fue la inundación del año tal, esta marca hasta aquí fue la de hace cinco años, y así sucesivamente. Las marcas son las arrugas de la casa. La casa que llora humedad por doquier. Y la de al lado. A la humedad no se la erradica, con la humedad se convive, es un matrimonio de por vida.

Sacando el clima de lado, las cuadras céntricas de la ciudad están finamente adornadas por edificios del siglo pasado y del anterior, ventanas altas, puertas imponentes, frentes adornados, pasillos laterales que llevan a los nuevos mono ambientes, esas cajitas infelices que albergan a las mono familias. En otras cuadras, han derribado todo, más descaradamente y más violentamente. Los ricos pagan un plus porque los dejen extirpar la historia, luego ponen una valla de chapas coloreadas de verde y empiezan a apilar ladrillos huecos unos sobre otros, hasta formar gallineros apilables con ventanas pequeñas. Para finalizar le ponen un nombre imponente al edificio. Ni ganas de tirarse por la ventana da vivir en uno de esos complejos.

Ahora que camino –me he sumado involuntariamente a la campaña “un auto menos”-, se me hace más familiar cada día esta nueva fisonomía que va adquiriendo la ciudad. Por un lado parece que se agranda y por el otro que se achica: se achican los patios, los espacios verdes al frente, y por ende se achican los sueños. Soñar requiere aire libre, ventanales, verdes.

Las plazas se hallan distribuidas armónicamente, sin faltar la plaza principal con los edificios públicos cerrando el marco, como en cualquier otro lugar que se precie de pueblo. En las plazas han puesto tantas luces estos últimos años, que ahora son un lugar seguro, iluminado, con tecnología Wi-fi. Los senderos de estos ecosistemas son duros, y a pesar de ello algunos instructores insisten con hacer correr principiantes por allí. Anticipo de rodillas gastadas, esquivando viejitos y parejas candentes que intentan copar algún banco vacío. Obviamente del ahorro de consumo eléctrico no se habla, el bajo consumo queda para los que pagan la luz fuera de término por no poder juntar antes la plata. Ni siquiera Dios ahorra por estos días, ya que su templo principal está tan altamente iluminado que opaca las estrellas. El candor de la fe.

Vivir dentro de las cuatro avenidas -en algunos lugares cuadras más- garantiza la burbuja necesaria para salvar nuestras miradas de la miseria. Seguramente otras ciudades narrarán sobre las mismas miserias, las mismas omisiones y los mismos errores. Se me vienen a la mente barreras, pasos a nivel dividiendo barrios altos y bajos en otros lugares. Saliendo del cinturón céntrico, nos encontramos con las afueras. Qué cosa no? Los lugares empobrecidos siempre se ubicaron en las afueras, al margen y en algún lugar que no quede de pasada. De pasada de quién?

Hoy vivo aquí, en un lugar prestado de momento, donde parece que estamos de maravilla, y hacemos como que todo es estupendo. Pero, esta ciudad no escapa a su destino: el de la abundancia y del desecho, de las diferencias sociales, de las burbujas, la anestesia y del mirar para otro lado.

Por suerte, en un barrio o dos cortan la calle para los carnavales, abren puertas y ventanas, dejan salir la música y el grito de los críos, cuelgan la ropa en sogas con broches de madera, siembran huertas orgánicas en el terreno de al lado, forman comunidades, danzan alrededor del fuego en noches de luna llena, pintan los frentes de azules y amarillos estridentes, y por encima de todo se aman.

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