Seis minutos

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Vincent Giarrano

Me levanto. Dejo el sueño en la almohada y sigo el ritual mañanero. Elijo caminar para ir al trabajo. Veinte minutos mágicos en una mañana ventosa. Todo el mundo se vuela menos yo. Voy suspendida entre la música y mi sonrisa.

Son las ocho y cuarto. Una señora con un chaleco rojo inflado, se sienta en el banco del parque lateral al municipio. Mira el piso. Intento adivinar su vida. No me mira. Imposible.

En la calle principal los comercios van despertando a medida que paso por ellos. Es magia o sincronicidad. Hago unos pasos y las persianas van subiendo. Es como si me esperaran.

En la tercera cuadra hay una convención de empleadas de tiendas de indumentaria. Se sientan en la misma vidriera todas las mañanas, algunas fuman, otras gesticulan.

Llego a mi tienda y me pierdo entre menesteres sin importancia. Dejo la escritura para después. La magia se diluye en la rutina como si fuera una cucharada de azúcar en el café.

Preparo un té verde y dejo que se enfríe. Dentro de las tres millones de cosas que dicen los chinos, está la que afirma que no se debe dejar pasar un día sin tomar té. En eso estamos.

Es mi último viernes aquí, en este salón de ventas. De ahí en más, cuando en mis relatos te vea dar vuelta la esquina, deberé situarte en otra calle. Somos los mismos, es la ciudad la que se transforma junto con la gente que hace cola en los supermercados con compras de último momento.

Llamo a mi amiga y está en esa cola en un súper de otra ciudad. Él le mandó un poema de Benedetti, ella lo lee y se emociona. Es amor. Prometemos vernos un año de estos mientras deletreamos las últimas novedades.

Hay laberintos que conducen a una misma boca, un mismo beso o al mismo sueño. El destino empecinado y nosotros que volvemos.

Me preparo otro té. Voy llenando la mitad de la taza cuando la puerta del frente se abre y una voz masculina dice “Feliz Navidad, eh?”, no alcanzo a contestar. Cuando llego al frente del salón, veo una silueta cargada de expedientes que camina por la vereda rumbo al estudio.

Extrañaré algunas charlas y cosecharé otras, mientras vos permanecés congelado en una foto amarillenta escondida en algún lado. Y ese libro, que aprisionó la flor roja ya deshidratada, está hoy sin poder absorber más aromas ni besos.

Ella es adolescente y cree que el amor dura seis minutos. Quiero ir a ese lugar y decirle que seis minutos es una eternidad que se transforma, o que el amor no se mide con el tiempo terrenal, que los besos guardados no se marchitan.

Dejo la máquina de escribir y guardo una copia de mi caligrafía adolescente dentro de mi diario.

Sonrío porque de tan testaruda que soy, sigo construyendo casas blancas en la playa sobre papel cuadriculado mientras una mariposa se posa sobre los versos imperfectos escritos en una playa.

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