Noventa y dos días más y veinte horas.

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Eugene Monks

Marzo. Afuera la transformación ha comenzado, silenciosa como todos los años.  Sin melodías ni grandes alharacas o elocuencias, ni siquiera emitiendo un murmullo: la tierra se dispone a descansar. Primero se desnuda, se descama, rasga su alma casi hasta morir, y allí en medio de esa desolación y decrepitud, es que vuelve. Pero para eso falta.

¿Estarás vos en esa desnudez que te tiene atado en algún lugar, mientras tu alma se recompone?

Hoy le cuento a tu ausencia que por estos días estuve caminando por viejas calles sembradas de adoquines, en donde las veredas cubiertas por las sombras de grandes árboles, ya han empezado a salpicarse de hojas doradas y tostadas. Mientras yo iba vestida de verano, con mis piernas y hombros desnudos y tu selección musical en mi cabeza, el otoño sorprendía a mis pies con el crujir de las hojas.  Qué felicidad!

Mis últimos otoños ya no son iguales, y no por culpa de tu obligada ausencia. Aunque conservan el aroma intenso, aunque el viento se aquieta de la misma manera y el amanecer llama más tarde, aunque no me invada ya la angustia, hay algo en la luz, o en la dirección de ésta, o en el recuerdo, hay algo que se va evaporando de a poco.  ¿Será el recuerdo que se va difuminando?

Somos el banco de la plaza y yo, sentados bajo el sol tibio, mientras miro a los viejos absorbiendo sus propios alientos, a los jóvenes escupiendo desazones, y yo sin edad, tal vez en la segunda franja horaria de eso que llamamos vida, o a mitad del libro, con mi alma a cuestas y respirando este acontecimiento del que no se percata nadie.

Salvo los árboles, salvo los gorriones, salvo el río. Pero nadie como vos ha quedado circulando por estas veredas, por estos pueblos con campanarios, en estos países al final del continente, prontos a maravillarse con la sequedad de lo que viene, de la desnudez obligatoria que impone este equinoccio de marzo. Noventa y dos días y veinte horas por delante para amarte en silencio, mientras yo también me voy desnudando, mientras bebo la taza de té, mientras espío el día desde abajo de la frazada, mientras cuelgo algunas hojas amarillentas mecanografiadas en la galería, con la vaga esperanza de que el viento las lleve hasta vos.

Noventa y dos días más y veinte horas de extrañarte y de hablar con vos en un monólogo constante, insistente y continuo, pero suave. Te hablo sin emitir palabra, como un pensamiento que murmura, en un intento ridículo por no molestarte demasiado, a vos, que estás ahí, viviendo otras primaveras ajeno a mí.

Somos tu recuerdo y yo, sentados con la boca abierta en el banco de una plaza, mientras una mariposa blanca me hace un guiño y se despide, mientras el hijo de otra mujer patina y un perro juega con su cola, mientras el mundo sigue y los árboles se preparan para abandonar este insomnio de verano, mientras intento que seamos vos y yo, en este banco de una plaza esperando el otoño.

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