Con el pie en el estribo

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FANNY NUSHKA MOREAUX

Puse el pie en el estribo de la avioneta, el instructor estaba  pegado a mí y más que hilos invisibles, nos sujetaban un montón de tiras y ganchos sofisticados.

Inmediatamente luego de saltar al vacío, dimos una vuelta completa en el aire. En esa fracción de segundo alcancé a preguntarme por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Tal vez no lo había meditado lo suficiente. ¿Había sido muy impulsiva? ¿No me había asesorado para semejante expedición?

Una vez que estuvimos en posición –espalda arqueada, talones a la cola, brazos abiertos con codos flexionados-, iniciamos la caída libre a una velocidad que no puedo calcular, pero firmemente puedo asegurar que es lo más veloz que me he transportado en mi vida.

Luego de esos segundos en donde el aire era una masa furiosa y abrazadora, se abrió el paracaídas y la vorágine se detuvo. Como así también se detuvieron el tiempo, los recuerdos, los miedos, los juicios y los cuestionamientos.  Las dudas desaparecieron. Lejos de ver mi vida en cámara lenta, me pareció ver al universo en cámara lenta.

Desde arriba,  la tierra lucía como un hermoso patchwork, con trozos en diferentes tonalidades de verdes, unidos por las delicadas líneas que formaban rutas y caminos de tierra. Cada tanto un espejo de agua formado por un círculo irregular.

La tierra como un acolchado mullido, pronto a cobijarme. Y yo, suspendida, aturdida por el silencio, navegando por tanto azul y tanto cielo. El horizonte desdibujado,  mis pensamientos ahogados, mis ojos asombrados, mi corazón contento. Tan pequeña y diminuta, tan insignificante, tan la nada rodeada por el todo.

Hay una simbiosis entre dejarse caer y fluir, o volar. Una fracción de tiempo sublime donde perdí el control cediéndolo voluntariamente, negándome incluso a comandar los hilos que sujetaban mi paracaídas multicolor.

Hay millones de lecturas para una misma experiencia. Para algunos puede significar adrenalina, coraje, locura o una nueva y simple experiencia.

Yo quise volar con el motor apagado, dejando que el viento me llevase y esa mágica suspensión temporal me invadiera, junto con la certeza de mi pequeñez.

No sé si podré trasladar toda la experiencia al resto de mis días.

Seguro alguna mañana, al poner el pie en el estribo del nuevo día, recuerde lanzarme de lleno a la experiencia de vivir con mayor dosis de confianza y menor dosis de miedo.

Tal vez deje de luchar contra el rumbo que toman algunas cosas que ya están predestinadas, y deje de  aferrarme con los dientes apretados a situaciones que no tienen razón de ser.

Tal vez, alguna mañana, me acuerde de volar.

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