La eternidad de tus facciones

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Whispering Pines – Jeremy Lipking

No importa si cuando llama el amor
yo estoy muerta.
Vendré.
Siempre vendré
si alguna vez
llama el amor.”
Alejandra Pizarnik

Sábado. Uno más en mi haber. Una incipiente irritación sube por mi cuello y me ahoga a tal punto en que sólo quiero huir de aquí, abandonar la ciudad, abandonarme a mí misma y dejar de existir de la forma que soy ahora.

Saco una hoja en blanco para escribirte,  pero interrumpo el breve inicio de la acción sabiendo que mis palabras están muertas antes de nacer. Porque nunca las leerás, ni danzarán en tu mente mientras hacés esa mueca que se asemeja a una sonrisa torcida. Se ha hundido la vaga esperanza de inquietar tu mente o de alborotar tu alma.

Se cortó el hilo conductor que me sostenía a la creencia sutil de encontrarte sobre el fin de semana, tal vez sobre las veintitrés horas de un viernes o al inicio del sábado, y aspirar a llegar a éste con la felicidad de la concreción material de tocar tus huesos y saborearte como a un cóctel,  y no con este absurdo de hoy que me hace seguir esclavizada a sueños imposibles.

Es otoño. Cede la irritación con el compás de las tareas, y me agobia el falso bienestar de la rutina. El día cae por su propio peso. Caen las hojas, caen las gotas de la lluvia  intermitente, el atardecer cae también junto con las prisas, las luces diáfanas de la ciudad se disuelven en el horizonte.  El día se hunde agonizante.

Es abril. Es sábado sin vos, desabrido, desolado, amarillo, apacible, silencioso, tibio; destemplado como el primer frío sin manta o cobertor.

Sobre la hora en la que caen las estrellas, me tiendo en el sillón y con mis piernas en alto, saboreo una bebida espirituosa que empalaga mis labios, enciende mis mejillas y adormece mi alma. De mis ojos se derriten lágrimas que mueren en la comisura de mi boca.  Mi boca frágil y desértica.

Afuera todo el mundo huye, algunos de sus trabajos, otros de sus hogares, de deudas contraídas y de promesas incumplidas. La vida cae por su propio peso pidiendo rendición de cuentas, y de este acto también queremos ausentarnos, como si fuera posible tal cosa.

Tal vez me duermo, pongo en off mi filosofía de cuarta. Tal vez sueño, tal vez recuerdo o invento nuevos eventos pasados sobre nuestra existencia juntos.

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Interlude – Jeremy Lipking

Es otoño también. Vamos en tu coupé por la ruta, y la velocidad del rodado levanta las hojas que yacen al costado del asfalto. Mis rulos escapan debajo de la pañoleta multicolor  y se balancean al ritmo del viento que entra por la ventanilla. Las moléculas de oxígeno provenientes del espacio exterior, entran a mi interior por mi boca feliz.

Estiro mi mano y la apoyo en tu muslo que se contrae. Estás serio y callado. Adivino que pensás en mil estrategias que nos conviertan en eternos, o imaginás mil millones de escenas posibles en las que no salgamos heridos.

Tal vez tu silencio sea sólo una burbuja llena de todo.

Apenas dos horas de viaje y llegamos a la cabaña de alquiler encallada entre tamariscos y médanos inmaculados. Arriba el cielo salpicado de algodones y debajo huellas frescas haciendo huecos en la arena. El faro fisgón, se asoma a lo lejos, y algunos pescadores siguen el ritual diario con el mar y sus presas.

Luego del almuerzo frugal, nos resguardamos del breve calor de la siesta debajo de un túnel de verdes vegetaciones, mientras escucho tus relatos de otras siestas y de chicos corriendo durante vacaciones de verano en esas mismas playas.

El eco de tu voz acompaña mi respiración. Me siento feliz, liviana. Mi piel bajo tus manos es como una seda suave, acomodo mi cabeza en el hueco mullido de tu axila y me duermo. Soy feliz en el instante en que despierto al día siguiente, y con la mirada recorro la eternidad de tus facciones. Soy feliz al pasar mis dedos por el remolino de tu pelo y mientras mi corazón apretujado yace entre nuestras piernas enredadas.

El silencio, el compás de tu respiración y el cansancio restante de la noche anterior me derrumba hacia otro agujero negro de sueño.

Al rato me desvela una luz con menor intensidad proveniente desde otro ángulo. La escena ha cambiado. Las sábanas vacías reconocen tu ausencia y mis muslos desnudos yacen solos al margen derecho de la cama. Mi mano ha quedado extendida sobre la tibieza que ha dejado tu cuerpo antes de levantarse. Ignoro la punzada de soledad que nace en la boca de mi estómago y mientras intento frenar mi agitación incipiente, deslizo un vestido sobre mi cuerpo.

Descalza, me encuentro en  la cocina deshabitada por  la taza de café a medio terminar. Domestico mi cabello y salgo al día, mientras intento ocupar el mismo lugar que caminaron tus pies desnudos hace unos instantes.

Te encuentro. Tu figura yace sentada de espaldas a mí, y es el centro de un cuadro recortado entre el mar y el cielo. Te cubro con mis besos y huelo en tu mejilla el aroma de la incertidumbre y el miedo. Tus motivos me desarman e intentás explicar tu huida como si yo pudiera procesarla.

Ahorrando lágrimas para otro momento, vuelvo en soledad, por el mismo camino que todas las semanas conducen a mis sábados, reprimiendo las ganas locas de escribirte, censurando el olvido que conduce a tu recuerdo.

Me levanto del sillón. La madrugada está pronta a llegar. En mi boca quedan vestigios de tus besos mezclados con la sal de lágrimas rocosas vertidas en sueños.

Toco el lienzo en donde este verano con pinceladas violentas dibujé tu rostro al lado del mar y me pierdo en la eternidad de tus facciones.

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