Recurrencias

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Anna Madia

Aún no acabo de descubrir cómo llegué a este lugar.

Supongamos que nací aquí, del todo huérfana, detalle que hace que quieras huir a cualquier otro lugar.  Pero ¿a dónde?

Miro y está tan obscuro acá, que no sabría qué camino tomar. Es que ¿hay más caminos?

Tal vez este lugar tan sólo sea el fragmento de algo, un “algo” insospechado del cual no se sabe nada. Esta ignorancia no hace más que asesinar la supuesta elucubración que se pueda hacer sobre nacimientos, cuestiones parentales, árboles genealógicos, raíces de los mismos y posibilidades de amistades que superen cualquier estimación temporal.

Caí acá, hace tres décimas de segundos o hace mil millones de años. Es igual. No hay viento ni cuerdas de relojes. Intuyo que es un lugar alargado, como si fuera una ruta o una vía del tren. Si hay un horizonte no lo veo.

Hay tan poco para ver, que no se me ocurre otra cosa más que pensar. La obscuridad es tan íntegra que hace bien su papel: no se divisan bordes, ni caminos, ni horizontes. El lugar parece un escenario sin público ni aplausos, la adrenalina de no saber si ante un paso caeré, está comenzando a afectarme tanto, que sólo atino a girar sobre las huellas de mis pies. Debajo hay algo que parece tierra seca mezclada con trozos de vidrio, que en otra época fueron parte de un alumbrado público.

En el aire vuelan chispas desprendidas por colillas de cigarrillos que ahora mueren en el suelo, lo más parecido a una estrella fugaz tal vez sea una de esas chispas. Escucho cánticos ahogados que suenan a coros góticos y disonantes. Hay otra gente que fuma, canta y muere. Hace mucho frío para ser el infierno, y aún está templado para llamarse invierno.

El aire huele a humo, tal vez sean los vicios encendidos o el hálito que despiden las almas errantes.  Me invade el sueño junto con la certeza de que esa noche no terminará jamás. Cae otra chispa a mis pies, e ilumina un par de segundos que se extienden medio metro alrededor de mi presencia.

Primero veo su reflejo entre los desconocidos. En un segundo acto me apodero de esa visión y la hago mía. Creo que es un engaño más de esta estación desierta sin rieles ni durmientes.

Ese leve pensamiento, fantasía o jugarreta sub real,  esa ínfima posibilidad de que sea él, enciende algo en mí, como un relámpago interno, como un shock de electricidad, esos que te dan para resucitarte. Si lograra revivir y reactivar mis mecanismos internos que hicieran fluir el combustible existencial, el néctar de la vida… si el universo se me viniera encima dándome vida y colores, si me hiciera visible, si él me viera…

Ambos oleríamos el aroma de la tierra húmeda, y escucharíamos el breve sonido de la gota amortiguada contra el suelo mullido, dejaríamos nuestros ojos bien abiertos mientras el agua bendice este nacimiento y mi piel se sonrojaría con el primer contacto de su huella digital sobre  la punta de mi nariz.

La luz nos abrazaría, y como si no pudiéramos hacer otra cosa, descansaríamos al fin, tendidos en la pradera que acaba de nacer junto al resplandor del amanecer.

Pero acá sigue obscuro, se apagaron las melodías y se ahogaron las chispas. Si él está o estuvo, pues se ha ido sin verme.

Sufro de invisibilidad recurrente nocturna. Si ha de amanecer no será en este sueño.

Despierto. Otra vez la misma historia nocturna. Menos mal que no soy invisible, sólo una soñadora recurrente.

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