De lunes urbanos

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Arte: Mike Barr – Late afternoon – Greenhill Road

La mañana se despierta con la luz de marzo sobre las aceras. Pocos lo notan. La luz, maldita y bendita, todo depende de quien la sienta, recorre las líneas paralelas de las ciudades, con un tono menos violento que hace unas semanas. El aire ha pasado de espeso a liviano, y el otoño, más que una promesa, está llegando.

Los que esperan, viven inertes, acudiendo a las mismas citas programadas de hace diez años: el banco, el mercado, en centro médico, la farmacia. Pocos sienten sus pies latir con cada paso. Supuestamente muchos corazones se escurrieron por los dedos gordos del pie izquierdo, y ahora fluyen líquidos y desapareciendo por los desagües. Lo que antes eran cuerpos agraciados ahora son seres vertebrados, haciendo la cola del mercado.  Para quienes esperaban morir en el 2012, éstas son excelentes noticias. Lo importante es estar vivo, no importa cómo. Aferrarse al parpadeo de los ojos, a la bocanada de aire que entra por la boca tibia, pararse cueste lo que cueste, para luego quedarse sentado mirando algo.

Los lunes, el mercado luce más triste de lo habitual. No hay mejor lugar para sentirse miserable que el mercado, preferentemente uno de esos descuidados, que apuntan el nombre de súper o híper en el cartel de chapa que brilla por su opacidad sobre el frente. Sus estacionamientos lucen baches diversos, en donde se amontonan autos de colores y polvorientos.

Dentro, se mezclan los olores y el aire, el poco que queda, parece una centrifugadora mal oliente. El lunes es día de descuento en pollos. Los pollos –criados Dios sabe donde- apenas alcanzan a pesar kilo y medio, y los habitués de las ofertas pasan esas asquerosidades que chorrean por la cinta negra. Ella descubre que los pollos al spiedo de la otra esquina son esos mismos.

Se esconde detrás de sus anteojos de sol metálicos, parada como una figura de marfil.  Lleva puesta su mochila de colores y la máscara de los lunes: anti-oferta, anti-noticias, anti-queja. En su mano un café instantáneo, con la promesa de despertar de esta nube negra que la rodea. También lleva una máscara que sonríe atentamente, y espera lo que tiene que esperar. La vida está echada, si está escrito que la cola durará veinte minutos, pues que dure. La cajera no tiene cambio, asiente resignada y espera aún más.

Llega al trabajo y lee el correo. No hay noticias, y para el resto activa la respuesta automática. Mira el caos y se suma a éste. A la gente le gusta el desorden, sienten que así no hay control, hay movimiento, estuviste ocupado. Nada más lejos de la realidad. No ha estado ocupada en años. Si el otoño viniera como todos los años a despojarla, no sabría qué entregarle. No hay sueños ni promesas.

Otoño descorazonado, con ausencia de desnudez, sábanas frías, y el sol que se empecina a entrar por la ventana. Las cartas de tan amarillas pasaron a desintegrarse, y esa foto en blanco y negro que guarda dentro del libro de tapa naranja, parece un fax al que se le han borrado las impresiones.

 

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