Tal vez

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Arte: Claire Elan

¿Y si no hubieran señales?

Digo … si en realidad no fueran más que un artilugio de nuestra imaginación, un deseo incontrolable que nos hace ver signos, signos que no son más que detalles que ya estaban allí; dispersos, dispares, sin enlazarse, absolutamente con nada ni nadie.

Después de todo, la misma luna que destella aquí por las noches también lo hace en lugares lejanos, insospechados, habitados o despoblados.

¿Es eso que llaman una coincidencia, casualidad o sincronicidad?

Ahora si ambos estamos mirando la luna en el mismo instante, sin haberlo previsto ni programado, en un acto total de espontaneidad, pensando uno en el otro -apostemos-, tal vez nos acerquemos a la definición delirante de unión a pesar de cualquier distancia.

Seguramente en ese microsegundo en el que los dos estamos con la cabeza en alto y una sonrisa bobalicona se despliega lo de la sincronía. Tal vez… tal vez ocurra eso de que el inconsciente de uno está unido al inconsciente del otro, esos mini seres auto existenciales y autónomos metidos dentro de uno,  que al parecer no entienden el concepto de distancia.

Estas filosofías que nacen en la cama de algún trasnochado con la intención de ser esperanzadoras para el resto de los mortales, en realidad acaban siendo pseudo filosofías de las cuales agarrarse para echar a volar, como quien quiere colgarse de esos globos que se inflan con gas helio. ¿Cuántos globos necesita una persona de setenta kilos para poder despegar sus pies del suelo? ¿Y cuántos para volar sobre los tejados?

Como sea.

Es primero de abril. Mi mes favorito aquí y en cualquier galaxia cuyo tiempo esté dividido en meses.

Este abril inició lloviendo desde las 0 horas. La lluvia más el otoño y el otoño más su ausencia, hacen que por la boca del pomo salga un líquido espeso llamado nostalgia.

Nostalgia del café que no tomamos juntos hoy por la mañana, del beso que no nos dimos, de las piernas que no tuvimos que destrabar anoche. Nostalgia de la misma nostalgia.

Lejos de apachucharme, hice lo que mejor me salía dentro de lo peor: salí a buscar coincidencias, como quien busca agujas en pajares, pelos incrustados en cartas amarillentas, el gusto de la saliva que lamió ese sobre el siglo pasado. Hice lo que mejor me ha salido hacer durante las tres últimas décadas: buscarlo incansablemente.

Unos pocos días atrás, a mediados de marzo, hubo una mañana en mi vida que amaneció así como de la nada en el año 1987.

Si, lo sé. Estamos en 2016. Pero juro que ese día amaneció sepia y era 1987.

Fue el año en el que ella desapareció –permítanme alejarme de la historia como si yo fuera una simple espectadora-.

Desaparecieron al unísono su cuerpo, su alma, el vestido rojo que nunca compró, la fragancia cítrica que volaba con su pelo. Sobre las formaciones rocosas de la playa, su carcajada quedó estampada, emulando uno de esos grafitis en donde Juan dice que ama a Ana forever o hasta que termine ese día.

Desaparecieron carcajadas compartidas, los susurros que danzaban con la marea, y hasta se evaporó el néctar que había nacido de la unión de sus bocas húmedas.

Ese día se instaló a leer en una cafetería de la esquina, la de las ventanas con vidrio biselado, llevaba vieja novela de tapa dura en la mano, y miraba con sus ojos avellana al infinito, esperando ver su sombra aparecer por detrás de algún vehículo mientras cruzaba la calle en dirección a ella.

Junto con el calor del café, ascendían por sobre la taza los vaivenes existenciales sobre el por qué de la ausencia de una fecha concreta que determinara cuándo se habían conocido. Tan sólo había quedado impresa en una chapa el año de la despedida que nunca fue. Al final, tal vez empezaran a conocerse el mismo año en el que dejaron de verse, una muerte que olía a parto.

Año 1987. Mar y cause. Un comienzo y finales varios. Luego pausa, pausa, pausa; reset y reinicio.

De fondo,  en la cafetería,  una melodía granulada sonaba hasta el cansancio. Ella vió posar una mariposa naranja en el borde naranja de la ventana, el bar fundado en el 87, la melodía que escuchaban juntos, el óleo con una mujer mirando al mar de un artista local pintado en el repetidísimo año. Eran las señales. Y él sin aparecer.

Pero si eran señales: ¿qué hacer con ellas?  Tal vez acopiarlas, conservarlas, retratarlas o escribirlas creando un cuento absurdo, como éste; un laberinto de divagaciones ridículas. Ridículas las ganas de volver a verlo.

O esperar…con lo que le costaba esperar.

Le dio una posibilidad más al día de cambiar de curso. Abrió el libro al azar, y esperó a que un rayo invisible viniera a caer justo en su mesa, marcando el final de los finales o el inicio de los inicios.

“La carne tiene el sabor del mar” decía la página 45.

Mierda.

Cerré el libro.

Vi las casualidades impresas en los bordes de las aceras de mi ciudad, escritas en letras cursivas blancas que infatigablemente me recordaban una vez más los destellos que trae el amor.

Patricia Lohin

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