Porque no todas las coincidencias te llevan al Nirvana.

 

Estamos en el siglo del auge de las coincidencias: sincrodestino, sincronario, sincronicidad y demás yerbas.  Todo tiene un por qué, un para qué y aparentemente está tallado en alguna estrella polar inaccesible a nuestra tecnología circundante.

En este afán de querer explicarlo todo,  con este temita de que así tenía que ser, es que surgió este delirio.

¿Cuál puede llegar a ser el índice de coincidencia o sincronicidad en un pueblo desvencijado y con escasez de habitantes? Estás cruzándote todo el día con el prójimo.  Las mismas calles conducen a la misma gente a casi los mismos lugares. Tal vez la única coincidencia rescatable haya sido llegar a ese lugar, haber nacido allí o haber caído desde una astronave en esa longitud y latitud exactas.

Pero… ¿existencia de encuentros coincidentes? Tengo mis serias dudas. La gente que se acopló lo hizo totalmente adrede, planificando citas, encuentros y yendo de una a la base.

La ciudad donde vivo es como un pueblo agrandado, rodeado por las míticas cuatro avenidas, cuatro plazas, cinturones asfálticos, arroyos  y pocos accidentes geográficos más. El caserío se encuentra contenido, y fatalmente va creciendo para arriba, creando sombras a los edificios vecinos.

Pero vayamos al análisis de la noche en cuestión, cuando se desencadenaron los hechos que …  ¿estaban predeterminadamente sincronizados?

¿Cómo es que te encuentras en un lugar con una persona sin haber efectuado una cita previa?

Por casualidad, por correspondencia de horarios, por fortituidad, porque sí y punto.

Desde niña hay un factor personal que atenta contra cualquier cosa que pueda llegar a ocurrir en mi vida: es imaginarlo o pensarlo. Los que escribieron El Secreto están más que equivocados conmigo, pues en mi universo todo funciona al revés.  Si ese día hubiese salido directo al lugar donde terminé con el deseo de encontrar a esa persona no hubiera sucedido nada. Lo puedo jurar.

Eso de que justo pensabas en alguien y entra en tu trabajo, es otra mentira atroz. La otra persona viene cuando quiere.  Aunque también puede ser que el poder de mi mente sea menos que limitado, no quiero pincharle el globo a nadie con tanto deseo tele dirigido.

Ese día no estaba pensando en nada. 22 hs. Noche post maratón de actividades y pre “vayamos a la jungla asfáltica a buscar algo de comer”.

Hago un circuito comercial alimenticio, y algo me incita a agarrar el celular y llamar a una amiga para hacerle una pregunta muy banal. Los que se quejan de que con los mensajes de texto se ha perdido la comunicación, pues los insto a usar el beneficio de las llamadas libres a otro celular de la misma compañía. Son una delicia que sólo un arma de destrucción masiva puede llegar a terminar. Luego de mis tres minutos de gloria, durante los cuales hice mi pregunta y me explayé con un par de sensaciones que no vienen al caso, lo que parecía una conversación breve y casi protocolar, se transformó en una catarsis de media hora del otro lado del parlantito.

Pensando en la sobrevivencia de mi tanque de combustible, decidí estacionar y dedicarme completamente a la conversación. Dicen que hay que aprender a escuchar, y que escuchar para contestar no es una vía que nos lleve a suelo fértil, debí recordar eso la otra noche. El caso es que a los treinta minutos reloj, un beep estalló del otro lado y luego fue el silencio absoluto. Había detonado la batería del otro teléfono.

Normalmente para esas horas yo estaba en casa, cenada, bañada y acurrucada mirando alguna mala película de Navidad en Universal Chanel. Pero aún me encontraba en veremos, en la puerta de un destacamento alimenticio del centro.

Lo vi de espaldas ni bien entré. Encuentro raro si los hay, traté de dilucidar en tres décimas de segundo la reacción inicial al encuentro: ¿Sorpresa? ¿Indiferencia? ¿Confusión? Definitivamente sorpresa. Luego de tan escueto análisis sobrevino el diálogo más breve entre dos personas conocidas, mientras uno escogía y el otro pagaba la cuenta, ambos mirando hacia direcciones totalmente opuestas. Y para rematar hubo retirada oportuna.

Moraleja: porque las historias de lo que no fue también se merecen un lugar en lo absurdo de mis escritos.

Mejor terminemos con el texto de la película El Extraño Caso De Benjamín Button:

 “A veces, estamos siendo golpeados y no sabemos por qué. Ya sea de manera accidental o por decisión propia, no hay nada que puedas hacer.

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Que la culpa sea del otro

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Foto: © Franz Christian Gundlach

Que es uno el que no enamora, que lo ha dicho Benedetti y punto.

En realidad el escritor habla de culpas. Culpa por no enamorar, como si no hubiera ya demasiados trapos sucios por los que sentir culpa.

Culpa por no escribir y abandonarse a las circunstancias de la rutina y el capitalismo, culpa por no accionar, por haber estado a cien metros del océano y no remojar ni una mísera uña en éste, por haber puesto expectativas en un cobarde y haberle dedicado más tiempo que el que le brindan a un condenado a muerte.

Y así podría seguir, rezando esta extraña pero familiar cadena de culpas, tan extensa e ilimitada que hiciera bajar al mismísimo dios para decir “Basta ya! Que me duele la cabeza.”

Y yo diría, como en un acto de defensa anti aérea: “Pues diosito, que de las cartas del cobarde no queda ni una letra, que a mis respuestas se las ha llevado el viento sur de la Patagonia, -aunque para ser más certeros y menos románticos la realidad es que terminaron en el basurín de la avenida principal de mi pueblo-, que no existe radar en el mundo que ubique una conexión donde no ha existido nada.”

Y luego, volvés a ser algo parecido a vos mismo. Creés que te estás rearmando como IronMan luego de caer en el desierto y te tirás en la pileta del escepticismo crónico, un territorio llano donde nada te asombra ni conmueve.

Si de un lado están los que no enamoran, del otro están los que no apostarían un solo peso por latir. Si algunos tienen el corazón muy ancho, otros muy estrecho, como Gibraltar, con la diferencia de que en vez de ser el epicentro de dos masas de agua, ahí no hay nada, ni siquiera arena de desierto.

Las noches son solitarias para quienes esperan algo o a alguien, y luego de mil y una noches, cuando ya sabés que las esquinas por donde dar la vuelta desaparecieron del planeta, la soledad es apenas una ocasional y fría ventisca polar de esas que se quitan con un buen chocolate caliente o con un sorbo de ron, así nomás, besando la botella por el pico.

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