Esos cinco segundos….

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Alfa Castaldi

De nada sirve pensar qué hubiera pasado

Si “si”, si “no”, si “tal vez”,

Infinitas posibilidades y ninguna realidad.

Esos cinco minutos o eso cinco segundos;

Ese escalón o la baldosa que pusieron distancia y

Que te separaron para siempre de la posible casualidad

No hacen más que detener tu corazón

Y contener tu aliento;

Adormeciendo  tu instinto

Y bajando la persiana de tu pupila izquierda.

Es así como hoy te cruzas con alguien

Y de repente no lo ves

Porque todo tu presente

Ha quedado enceguecido con lo que no fue.

Patricia Lohin

 

¿Cuántos granos de sal?

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“Comíamos uvas maduras y pisábamos descalzos la tierra fresca bajo la sombra de los árboles. Las flores blancas del verano trepaban por la montaña. Y reíamos. Hoy, hace frío aquí en la casa pero yo iré por leña para encender el fuego y plantaré una vid que crecerá sobre nosotros”. – Burzaco, Argentina (1923-2010) Ángela Pradelli

Será Venus retrógrado, o la luna en Cáncer. O seré yo, con todas guardias bajas y los frentes sin defensa, esperando mi turno en un recinto que oficia de sala de espera, en un primer piso de un edificio céntrico, justo el día después de mi cataclismo y rendición.

Llegué puntual. La opción de espera me dio la posibilidad de mirar, oler, oír y leer, todo al mismo tiempo.

Primero caí sobre el sillón marrón de cuero que está sobre una pared. Antes de desaparecer  por una enorme puerta vidriada, Carlos me alcanzó un libro.  Excelente excusa para no ensayar nada de lo que iba a hablar luego.

Antes de buscar los anteojos de lectura, mi vista se regocijó con la luz que llegaba desde los ventanales de las habitaciones delanteras, esos altos y agraciados ventanales de los edificios antiguos.

En una de las habitaciones se alcanzaba a ver un caballete sosteniendo una pintura con verdes y niños jugando a la pelota; un aerosol debajo del marco de una puerta, otro sobre un relieve de una pared, un adorno rojo chino circular colgado; y sobre un mueble alto, el reproductor de compact disc cambiando de bandeja. Dejó de sonar la melodía low relax sin vocales ni consonantes y llegó por aire y sin escalas la voz potente de una vieja y conocida jazzista de la cual no recordaba el nombre. Qué grata sorpresa.

Luego de abrir el libro, me mudé a una especie de puff cuadrado y bajito al lado de una mesa circular con más acceso a la luz natural. Mientras la música calaba mis poros haciendo mella en mi exceso sensitivo, comencé a explorar el libro.

Adoré el título, la tapa, el olor, que estuvieran subrayadas algunas frases con lápiz negro, las fechas al inicio de un capítulo. En ese momento nació mi afán por tratar de devorarlo, como a un chocolate intenso y amargo.

 

“Cuántos granos de sal entran en la mano abierta,

Cuántos se pierden por los bordes,

Vuelan, caen al piso;

Cuántos granos de sal raspan la seda de la piel,

Laten en los ojos ásperos, en la boca ácida,

En el río de la sangre de un cuerpo feliz.”

Ángela Pradelli

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Asesino interior

Y es que ya nada es lo que era. 

Ya sólo me queda
La vacía pena
Del viajero que regresa.
Estoy tan perdido,
Soy el asesino
De tantas primaveras.

Ismael Serrano

 

Me niego a ser esta persona que vive como un Alien invasor dentro mío.

¿Quién es ese o esa que sale de mis tripas a decir barbaridades del tipo Desolados & Cía?

Ayer dejé que gobernara, sólo unas ocho horas, horario laboral, le di voz y voto, dejé que llorara, que hiciera surcos debajo de mis ojos, dejé que intentara convencerme de que no valgo, ni la pena ni la gloria; que pensara que yo estaba bien con esa declaración de muerte; dejé que hinchara mis ojos a tal punto de que una conjuntivitis viral fuera deseable. Le permití que pensara que era mejor morir que intentarlo, que los días grises son la regla, que el sol siempre está en el horizonte y es inalcanzable.

Por esas horas dejé que me convirtiera víctima de la vida, en carroñera, en lastimosa y quejosa, le di oportunidad de creer que las cartas ya estaban echadas y que tiene razón en todo lo que me vaticina. Le di poder sobre mi cuerpo, dejé que fuera a comprar Phillips Morris de emergencia, que fumara tres cigarrillos seguidos después de mucho tiempo de no fumar, mientras mi cuerpo yacía secuestrado contra las rejas de la auto-opresión.

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Moviendo el corazón

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Red Sofa II Karin Broos

 

Enviar una carta es una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el corazón. Petronio

Querido:

Las mejores cartas que he escrito en mi vida, con las mejores palabras y los más profundos latidos, fueron para vos, y hace ya un tiempo largo.

En el intervalo hemos muerto, y me ha llevado todo este tiempo volver a desenfundar la Lettera y volver a tipear.

Cuando uno ya no está enamorado, cualquier palabra que dispare será sin consecuencias serias, pasará desapercibida, no creará sentimientos, sensaciones ni daños colaterales. Será una palabra que vivirá en el limbo, sola, desolada, gris, sin latido, inerte, sin posibilidad de irse o moverse. Será como yo hoy: no estará viva pero tampoco muerta.

Creo que ya lo sabés, en esta vida a la larga te acostumbrás a todo: al desamor, al rechazo, al destiempo.

Es un suplicio no estar enamorado y lo estoy padeciendo. En las calles gritan “apasiónense”, como si fuera algo que se consigue comprando una bebida energizante.

Me estoy secando día a día, mi sangre se espesa, no hay nada que erice mi piel, incluso he dejado de escuchar cierta música porque ya no me provoca nada.

Escribo para no morir.

Escribo para que mis dedos sangren al menos, y así sentir a través de éstos. Escribo para escarbar dentro de mis entrañas y encontrar alguna señal de vida humana o lo que fuera que se mueva. ¿Alguna célula tal vez?

Quisiera culparte, tanto como odiarte, aunque sabés que soy de la especie que no aprendió a odiar, sino más bien a odiarse en igual proporción que a culparse. Ni siquiera puedo quererte. Me lo he prohibido enfáticamente, como un acto de auto salvación: como esos suicidas que se tiran de un séptimo piso pero aún así ponen sus brazos delante para amortiguar el golpe. Plan B, voy a incendiar mi edificio pero igual activaré la alarma de incendios.

Sin embargo cuanto te pienso creo que existo. Qué ironía.

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