Sin mucha alharaca

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© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

El sol hace que gira, entro en un bar, y me quedo sentada en la mesita redonda que da junto a la ventana, allí espero que venga la noche. Cuando llega, ésta me habla y me susurra  sobre la eternidad, que vendrá a buscarme… vaya novedad.

Río con los fantasmas que me hacen mueca desde arriba de los semáforos y sigo unas cuadras a un perro vagabundo hasta que se derrumba en el piso de la estación de colectivo.

Esta ciudad es como un país devastado. La guerra pasó por aquí una y mil veces, y no ha venido nadie lo suficientemente valiente como para intentar siquiera reconstruirla. De la revolución sólo quedaron algunos afiches desteñidos en el paredón de la escuela, y dentro de las bibliotecas yacen acomodados bajo las mesas, libros sin finales.

En esta ciudad nadie sabe de nosotros. Las últimas señales de nuestra existencia las borró el dibujante de comics, que necesitaba espacio para diseñar las sombras de las cartas que volaban sobre los mosaicos tricolores de la plaza central.

Y así fue, sin mucha alharaca, que desaparecimos.

Patricia Lohin

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