Avioncitos de papel

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Harris Rinaldi – Cheap flight

“No estás escribiendo”, me dijo.

Fue como si me dijera: no estás amando. Entre escribir y amar no hay brecha, ni separación. Es lo mismo. Escribir es como sangrar por los dedos, es reconocerse en el espejo y cantarse las cuatro o cinco verdades que uno tenga para decirse; es desnudarse en medio de la calle a la hora en que los padres llevan a sus chicos a la escuela; es sacar los monstruos de adentro del placar a que bailen zumba en la cocina. Escribir es reconocer que tenés un amor encarnado y que no sale con quitamanchas ni con viruta. Es como traer la autógena y darle permiso a alguien para que abra tu pecho, así el corazón puede volar de una vez por todas.  Volar hacia vos.

Escribir a veces nos lleva a lugares donde no estuvimos, o donde sí pero no en la forma en que sucedió. Es como soñar despiertos, es reconocer que añoramos algunos paisajes: el río, el aroma, el piso de madera, la cocina, las sábanas, el gesto, tu sonrisa, mi cobijo.

Escribir es como estar en casa. Esa casa de ladrillos imaginarios, con pisos en blanco y negro en la cocina, el sol de otoño acariciando la miel que quedó sobre la mesada, el olor al pan recién horneado, el momento justo en el que empieza tu canción, la pared imperfecta del lado de la cama, el ruido del agua contra la pileta,  es la casa en donde las escenas se repiten una y otra vez y nosotros no somos más que caminantes rumbo al horizonte. El horizonte sos vos.

Una vez me acusaron de hacer profecía con mis escritos. Si yo lo escribía sucedía. Como un poder apocalíptico, como escribir una columna en el diario sobre astrología y que se cumpla para los doce signos.

Si tuviera tanto poder… te escribiría una carta de amor que rompiera los vidrios sólo al leerla en voz alta. Una carta que te conmoviera, que te hiciera venir y pararte frente a mí con esos ojos gentiles y que de tu boca salieran mil y una palabras o ninguna, si al fin la vida se resume en un beso. Te escribiría palabras de amor, una tras otra. Y te contaría de mi amor atemporal que sobrevive a la nieve y no se marchita con el sol de verano.

Doblaría la hoja donde escribí mis letras para vos, haría un avioncito e iría a verte, sólo para amarte.

Patricia Lohin

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