A años luz de tu mirada

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© Kirill Surov

Hoy me levanté asesina.

Una mina que supuestamente era yo, escribía hace tres años un poema que hablaba de extrañar. Extraño en mi. Casi me inspiro ternura.

Hoy es el último día de la semana, ¿o será mañana?, ¿o tal vez fue ayer? ¿Qué vendría a ser un sábado en la vida de un simple mortal? Nunca entendí bien eso de ponerle tanto título a las cosas: primeras horas, último día, domingo relax, lunes de mierda.

Te recuerdo un viernes parado detrás de mí, mirándome hacer la tarea diaria de recolección del dinero para la subsistencia. Fueron dos segundos, me di vuelta y allí estaban tus ojos. Pienso en tu mirada. ¿Qué pensarías en ese momento? Tal vez en lo simple de mi labor diminuta y poco colaborativa con el universo. O lo inalcanzable e insondable de mi personalidad. Mirar a otro ser humano que se conoce poco es como entrar en un túnel y ni siquiera adivinar cuánto falta para la salida. Así somos vos y yo, como un túnel del cual sólo conocemos la ubicación de la entrada. La curiosidad definitivamente no nos desvela. No entraremos bajo ninguna circunstancia.

Te hubiera gustado estar hoy por la mañana.

La segunda persona en entrar a mi negocio fue una mujer mayor vestida de rojo. No paraba de hablar atropellando una palabra con otra. ¡Dios! ¿Es que ya nadie respeta un buen diálogo y respirar entre líneas?

Respire señora, no se me vaya a morir sobre el piso de madera.

Quiero ahogarme, pero de silencios sucesivos. La miro mover la boca, y en algún momento siento que ya no la escucho. Es un acto de supervivencia. Ella o yo. Su agitación traspasó mi ser, y martilló mi cerebro con cada oración:

“Estoy enferma, necesito me des un remedio. No tengo marido, soy viuda, sin hijos ni familia. Estoy sola. Querida, te voy a recomendar a otra gente como yo para que venga a comprarte.”

Me imaginé una secuencia en donde una multitud de zombies se dirigía hacia mi negocio por la mañana. Todos buscando un remedio.

Sentencia de muerte. Dispare. Me rindo. Le juro que estoy lista para morir.

La última oración superó el nulo porcentaje disponible de compasión que había en mí. Tomé una bocanada de aire y me imaginé de rojo, delante de un mostrador cualquiera, necesitando un remedio para subsistir, a años luz de tu mirada.

Patricia Lohin

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