La reconstrucción

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Morning in Barcelona by Alexey Naumov

El me dijo que le gustaban las cosas viejas, rotas, sucias. Porque ahí hubo vida. O algo así.

En ese momento quise responder que para rota estaba yo. Los otros adjetivos los dejamos para otro posteo.

En vez de eso seguí mi ruta, no sin antes sacar territorios de arena de adentro de mis zapatillas. Nuevas pero sucias,  ya usadas y con kilómetros sobre el agua de mar.

Luego me puse a recorrer con la vista mi cara en el espejo. Ya tengo arrugas sobre la comisura de los labios. Y cuando río se forman unos surcos alrededor de los ojos. Bajo mi cuello lo terso declaró la deserción, y un río sigue por el escote. Pero mis ojos… siento que brillan, o tal vez es la luz de la tulipa de arriba del espejo que me engaña sin piedad. En el living me dediqué a repasar los libros, las fotos, las cartas manuscritas, y los lugares vacíos en donde debería haber guardado algunas cosas de las que me despedí.

Los japoneses hacen algo con la cerámica rota. Se llama Kintsugi, y para ellos es todo una filosofía de reparación y enmiendo de daños. En cambio los chinos con su Feng Shui te recomiendan que no repares, que si algo está roto hay que desecharlo, porque vendría a contaminar toda la escena del crimen. Suponiendo que la vida sea un crimen o su escena.

Lo terrible de deshacerse de los daños es que pensamos que ya se fueron por el retrete, por el váter. No los vemos más ocupando los espacios, contaminando la visual, haciendo ruido, no envician más el aire, no invaden el silencio ni los cuerpos en las noches de verano apenas tapados con las sábanas blancas.

Hasta que vuelven a tu memoria. Y recordás que vos también estás un poco roto, y un poco enmendado, o tal vez muy. Eso vi ese día en el espejo. Me vi a mi misma, semi rota, semi reconstruida. Como una vasija con arabescos azulinos, fraccionada y vuelta a pegar con algún súper pegamento resistente al agua y al calor color dorado.

Amo -o al menos intento amar los días que no me detesto- mis accidentes y fallas geográficas. Y entre las dos culturas, me quedo con la mía: mucha reconstrucción, un par de zapatillas nuevas y muchas otras viejitas y guardadas para la ocasión.

P.D.: reinventarse y reconstruirse es un don, el más preciado de todos.

Patricia Lohin

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