Fuimos lo que fuimos

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© Irene Cabré

Carta de amor o desamor, ponéle el título que quieras.

Al sur del planeta, Junio de 2017

“Darling:

Escribo casi con enojo. Es curioso que lo único que me subleve –“VOS” con esas tres letras- sea una constante en mis últimos años. El resto es la vida.

Hay un movimiento cíclico que me lleva al mismo lugar: nos escribimos, te extraño, te escribo más, un remolino interior y mi cuerpo que responde.

“Sería fantastic” que estuvieras acá, para recibir los golpes de mi mirada -que de neutral no tiene nada-, para escuchar mis silencios demoledores, para que sientas presencialmente lo que es que te maten con el diferencial. Pero no ese diferencial de quien te ignora porque no le importa nada, el otro, el de la que te ignora porque le importa todo.

Siento mi cuerpo tan convulsionado que está listo para la lucha. Tengo violencia interior –en realidad es pasión- y te puedo asegurar que hoy sos la única persona que la provoca.

Volví a casa al mediodía, dispuesta a continuar un día casi agradable, lleno de rutinas que no son aburridas y me confortan por el momento. Vos y yo sabemos cómo vivir la vida: ocupándonos.

El caso es que mientras hacía un par de cosas, todo lo que yo tapo con extrema cautela durante días, meses y horas, sale como un volcán en erupción, sin previo aviso, sin nada que anticipe que la lava va a arrasar con todo.

“Todo” es la supuesta seguridad de que uno ya tiene los sentimientos bajo control. “Todo” es el puto control que uno cree tener. “Todo” es el pensamiento. La lava es el sentimiento.

El volcán es el sexo, hermosa y magnífica manifestación que encontramos en común para mucho de lo que sentimos. Terminé enojada y autosatisfaciéndome, furiosa combinación. Pensando en vos claro. Teniendo tu voz clara y al instante dentro de mi cabeza, como si ayer mismo la hubiera escuchado. Casi lloro mientras temblaba. Y lloré. ¿Por qué mentir?  Y me encontré una vez más, amando mediante una manifestación física que va más allá, atravesando kilómetros, fundiendo sustancias que ni sabemos que existen, salvo en nuestras mentes. Entonces volví a permitirme sentir y a estar en ese lugar tan nuestro, tan íntimo; que aún sin el tacto ni la saliva o la respiración, aún sin el murmullo, existe. He tenido muchos de esos momentos sin compartir, pero hoy quería que lo supieras.

Me gusta cuando me mandás esas fábulas de dioses y otras yerbas, porque a veces me proyecto en esos lugares y me la creo, de que estamos en otra dimensión.

Pero siempre sale la mujer práctica que hay en mí. La que dice voy a correr 30 km y lo hace. La que le preguntás cómo llegar y te da la dirección. La que pregunta cuándo y necesita la respuesta. En ese punto es que somos el día y la noche. Como en el hechizo del lobo y el halcón, que no se encuentran nunca porque uno vive de noche y el otro de día. Por favor busquemos al brujo que puede desarmar semejante cosa.

Ya está, me entrego, en realidad nunca dejé de entregarme, pero hoy me entrego más. Pongo la cabeza y que alguien la corte please.

Que sea lo que tenga que ser. No quiero levantarme más pensando que no tengo que pensarte. No quiero tener que pensar que no tengo que sentir tal cosa. No quiero tapar más nada. Ya perdí la cuenta del tiempo que hace que espero y lucho. Creo que luchar para no sentir es peor que obligarse a sentir algo por alguien.

Y esa nueva filosofía de dejar ir…. Es una cagada. Se puede dejar ir lo que no importa, lo que da lo mismo, lo que no aporta. De los diez millones de veces que intento dejarte ir –por repetir esa frase tan absurda- volvés recargado, con más fuerza. No malinterpretes, no volvés vos porque me escribiste, sino vos en mi interior. Es como tapar una mancha de humedad en la pared con pintura al agua.

No tengo miedo a que nunca nos encontremos. Tampoco tengo miedo a morirme. Si me muero ahora todavía pueden decir “qué joven, qué linda, qué buena” y encima no te vas a enterar. ¿Te diste cuenta de que si nos morimos no nos vamos a enterar? O sea, es una boludez atómica lo que te estoy planteando, porque no somos nada, nada nos une y a la vez somos todo y para mí sos tan importante que no tenés ni idea, y mañana puede que ya no estés más en ningún lugar terrenal, y no pasa nada no? Claro, todo pasa. Dejemos el drama para Cumbres borrascosas.

El único temor que tengo es al de pasar lo que resta de mi vida haciendo comparaciones odiosas, esperando un tipo parecido a vos, queriendo a medias a un pobre hombre que no me cierre o aceptando que  nunca voy a poder disfrutarte. Y lo peor de todo es que de todo esto no hay culpables. Eso sí sería como una de tus fábulas.

Hacía rato que no escribía tanto sobre vos para vos. Y quería que lo leyeras, porque a veces pienso que tenés una idea equivocada sobre mí, sobre lo que siento, sobre cómo he vivido desde que nos encontramos cibernéticamente, en cómo me calenté cuando me bloqueaste o las veces que me dejaste de hablar o cuando no me respondés puntualmente las preguntas, que sólo ves el hielo o lo formal o lo distante o lo que se vea desde 1000 km. No sé  cómo me ves cuando no me ves.

No soy más que una mujer envuelta en un hechizo preguntándose si estamos tan equivocados. O sea, si no nos equivocamos nosotros alguien más se equivocó y escribió mal todo el libro.

Hoy leí algo que decía que nadie ha ganado sólo una revolución. Pero cuando dos luchan por una misma causa cualquier victoria es posible. El tema es que en esta revolución me siento muy sola.”

Patricia Lohin

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