Exilio

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© Andrei Baciu

24 de febrero

Mi querido compañero epistolar:

Las mañanas no son las mismas. Huelo el otoño. En serio… hay personas que huelen la lluvia antes de que los moje la primera gota. Conocí a uno de ellos.

Pero bueno, yo huelo al otoño, que llega despacio, pero estaría viniendo. Entiendo que este cumpleaños – el mío – tampoco estarás, pero como he sobrevivido a los otros sin tu presencia, estipulo que puedo vivir unos cuantos más sin que estés.

¿Te acordás de esa frase de volver a los lugares donde uno amó la vida? Siempre me pareció una frase de esas que dicen los que viven del pasado.

No estoy segura de querer estar volviendo a ningún lado. Porque entiendo que aunque sean repetidos el lugar, la persona, el horario… ya nada es igual. Nosotros somos distintos. Mejor o peor no son adjetivos calificativos para estas cuestiones. No hay un beso igual a otro, ni una mirada, ni siquiera el amor sigue siendo igual.

Volver tal vez no sea mi palabra. Seguramente huyó del diccionario, como huye mi persona intermitentemente de la vida y del amor.

Esta semana he aprendido que a los lugares donde la vida no te amó no hay que volver.

Posiblemente puse mi cuota de no entrega, aunque en este afán desenfrenado mío personal de creer que el mundo es mundo porque el cambio es constante, tan constante como las vueltas que damos alrededor del sol, tan constante como la sucesión de días, incidentes, accidentes, coincidencias y vivires; me ganó la utopía, me ganaron las ganas, volví y al final me encontró la decepción.

Volví creyendo, huí descreyendo. La casa de la infancia siempre es como una patria, pero olvidé que yo soy una despatriada, olvidé que estoy exiliada.

Tendría que investigar, pero creo que hay plantas que no tienen raíces. Seguramente yo soy una de éstas. Una planta nómade, mutante. Es el precio de la libertad y el desapego. Aunque a veces me canso, y quiero estacionarme para siempre en la mirada de alguien, dejar que me envuelvan en una frazada de esas de manta polar y permitir que me cuiden.

Seguramente mañana querré volver a otros lugares, o tal vez no. Tal vez me invente nuevos lugares.  Me olvidaré de este volver fallido, y recordaré cada pupila donde sienta que he dejado una estela, una que brille, una que diga bienvenida; porque después de todo, algunos tenemos esos lugares donde somos lo que somos, sin máscaras, sin ropa, sin dobleces ni mentiras. Ese es mi hogar.

Te extraño Darling.  Como uno de esos lugares donde imagino que está mi hogar, mi patria, mi yo verdadero.

Patricia Lohin

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