Acto fallido

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© Guillaume Lévis

“El doctor Max ha dicho que me quería cerca y ha mantenido su palabra. De hecho, mi despacho está enfrente del suyo, separado sólo por el pasillo. Es una habitación minúscula, que antes era el aseo privado del doctor Max; han quitado la taza del retrete y el lavabo, y ahora estoy yo, con una silla, una mesa, un cenicero y un perchero junto a la ventana.”  Fragmento de “El Patrón de Goffredo Parise.

Por una fracción de segundo siento una leve sensación de ahogo. Seguramente es la combinación de la oscuridad reinante en la estancia más la pintura marrón con que están pintadas las paredes.
El pequeño ventiluz no me deja adivinar siquiera la presencia del incipiente otoño. Apenas si se filtran por éste el ruido de los transeúntes, el murmullo de las señoras que circulan con la bolsa del mercado, el rasgar de una escoba sobre la acera, y el ladrido de los canes que corretean por la cuadra detrás de los pocos vehículos que circulan.
La silla hace un largo chasquido, es su forma de quejarse ante mi presencia sobre ésta. Soplo por encima del escritorio y veo dispersarse en el aire miles de partículas de polvo que de pronto quedan estáticas en el aire, como si alguien estuviera sosteniéndolas. Dejo caer la cabeza sobre mis brazos apoyados sobre el escritorio y ya no escucho nada. La ciudad está muerta, y de alguna manera yo también.

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Última palabra

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© Paolo Tonon

La última palabra

Detiene al tiempo

Y lo congela.

El aire pasa a ser

Un gran bloque de glaciar

Que está lejos de desmoronarse.

Colapsa la fantasía

Que se derrumba como un cielo cargado

De granizo y tormenta.

El agua castiga mi torso

Mientras las zapatillas

Chapotean sobre el asfalto.

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La resistencia

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Sharon Sprung

“Pero el último día de verano, nunca se sintió tan frío.”  The last day of summer – The Cure.

Ayer. Último día del verano.

Por la tarde me encuentra “La resistencia”. Compré el libro a un vendedor ambulante y lo dejé sobre el mostrador  sin leer. Al principio fue un libro más despojado de mis ojos o mi interés literario perdido. Pero, de un momento a otro me hallé abriéndolo en una página cualquiera, y dejando que Sábato oficiara de oráculo intermitente y extraño.

Hoy. Primer día del otoño.

Me encuentro usándolo para anotar un contacto.  El número en cuestión, sin nombre de titular ni código de área, está dibujado en el índice, que se halla sobre el final de libro. Lo hice para no despojarme de éste, sabiendo de antemano que lo borraría de mi agenda telefónica pero que nunca arrancaría la hoja de un libro.

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¿Cómo estás?

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© Gueorgui Pinkhassov

Si. Vos ahí. Ahora en este momento. Qué pregunta chota ¿no? ¿Te bancás la pregunta? ¿Te bancás la respuesta? ¿Te bancás que no te pregunten o que no les importe cómo carajo estás?

La pregunta va en serio cuando después del “¿cómo estás?” viene un clavado de pupila a pupila y una actitud de escucha que no todo el mundo tiene, al  menos siempre a disposición.

¿Cuánto hace que no lo hacés? ¿Cuánto hace que no lo hago? ¿Será como andar en bicicleta, que no se olvida nunca?

Tal vez sea que el “¿cómo estás?” y sus sucedáneos del tipo “¿cómo te sentís?” o “¿cómo está tu alma hoy?” no abundan en el kiosko donde compramos los chocolates o cigarrillos para darnos una satisfacción inmediata. No hay paquetes con estampitas repletos de “¿cómo estás?”, ni álbumes que nos regalen tiempo requerido para semejante escucha. El tiempo es oro dicen, y nuestro mundo capitalista no para a preguntarse estas nimiedades. No hay tiempo que perder.

La pregunta requiere una entrega de tiempo que no estamos dispuestos a dar. Pedirla es como mendigar. Si lo tengo que pedir no vale, no sirve, es material de descarte, es como una colecta de Cáritas un domingo por la mañana. Pedirla no es choto, pasa a ser re-súper-choto. Hay días en que es mejor mirarse al espejo y preguntárselo, suprimir al otro, y autosatisfacerse así, de una.

Muchas parejas cuentan casi con normalidad cuántas veces tuvieron sexo el último mes –si es que tuvieron-, si pagaron la tarjeta Visa, o si la verificación técnica vehicular está al día. No tiene mucho sentido preguntarle al otro cómo está, porque de hecho el otro está allí, al lado, se ha levantado, afeitado, bañado, perfumado y ha partido a tratar de estar como puede el resto del día. No sea cosa que preguntemos y salga un listado tan largo como la vía láctea.

Los amantes -para no desentonar-, suelen encontrarse sin preguntar mucho, sería un peligro preguntar semejante cosa con tan poco tiempo disponible, él cuenta cuántos supuestos orgasmos tuvo ella… ella cuenta para sí que sale de un lugar real para meterse en otro de fantasía, pero al final las sábanas son iguales en todas partes, y la cama ha de tenderse igual.

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Espejismos

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© Gueorgui Pinkhassov

Me he tardado en llegar hasta aquí.

Y sin embargo, una vez que llego, me doy cuenta que no me puedo quedar.

Tan sólo es una estación. Me sentaré en el banco de madera, mientras te escucho relatar una vida tan intensa que hace ver la mía como una nimiedad. Luego, se anunciará la partida, y tendré que arribar el tren sin mirar atrás.

Atendí a las señales de múltiples colores: rojas, fucsias, verdes, amarillas, plateadas. Huellas digitales marcadas en la pared. Las seguí a todas, como si fuesen parte de un sendero virgen en la playa, marcado por las patitas de una gaviota perdida.

Me gustó tanto lo que vi, que me dejé llevar por la ilusión y por el deseo ferviente de querer llegar a casa y quedarme para siempre; viviendo en otros ojos, guardando la palma de mi mano en otra palma, dejando la resistencia en la vereda y rindiéndome a algo que por una vez fuera además de inevitable, contundente, vertiginoso, inestable, distinto y fuera de serie.

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Amor en segundo plano

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Sharon Sprung

15 de marzo de 2018

Darling:

Los almendros comienzan a florecer en la otra punta del planeta, donde la primavera está a punto de comenzar.

Por estos lares entra el sol tibio por los ventanales y escucho a mi vecino gritarle mucho a su perro. Siento ira contenida dentro de sus gritos. Temo por el can. Mataría a mi vecino antes de que mate al perro, pero eso es ilegal. La vida se está tornando en un asunto sumamente ilegal.

No escucho al perro llorar, siento alivio, también me siento cobarde. Me dan ganas de meter la cabeza bajo la almohada y no escucharlo más, ni al perro ladrar ni a mi vecino gritar.

Por mi negocio los parroquianos se acercan al mostrador con problemáticas nimias, tales como la vestimenta, la bolsa de tela para los mandados o el tamaño del mantel para que quepa sobre la mesa del comedor.

¿Qué hacer? ¿Cómo hago para no seguir huyendo de esta vida? ¿O realmente ya es hora de que huya? Aceptar o morir. Cambiar o morir. Seguir o morir.

Siento que huyo o me resguardo, da lo mismo. Estoy encarcelada dentro de mis propios miedos, miedos que niego, aunque me encanta vociferar que no le tengo miedo a nada. Hay una dicotomía enorme entre lo que se ve que soy y quién soy. Qué novedad!

 

Suena una canción. Y vos volvés con ella. El eterno resplandor de una mente abarrotada de recuerdos.  Me encanta el estribillo del tema. Quiero escucharlo una y otra vez, y abrazarte fuerte mientras suena y pasamos de largo las otras notas musicales. Hay temas que si no fueran por el estribillo no serían nada. ¿Seremos nosotros un estribillo? ¿O somos la nada que queda de la canción sin éste?

Me niego a ser miserable, aunque la miseria se instala cuando yo te pido, y vos me pedís, yo te niego y vos me negás, ensanchando aún más la distancia física que nos separa. Casi ya es como un capricho, y así podremos seguir hasta los siglos de los siglos.

Es amor en segundo plano. Y nada más.

Patricia Lohin

S.O.S.

harlequin
Sharon Sprung

Sos el río

Que atraviesa la estepa,

Ese llano que parece un desierto frío

Con pocas potencialidades.

Sos la cumbre de la montaña

Marcada con un alfiler

En el mapa.

La estela en el cielo

Que une mi ciudad y la tuya.

El invitado estelar

Que no se queda nunca

En mi vida.

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