Espejismos

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© Gueorgui Pinkhassov

Me he tardado en llegar hasta aquí.

Y sin embargo, una vez que llego, me doy cuenta que no me puedo quedar.

Tan sólo es una estación. Me sentaré en el banco de madera, mientras te escucho relatar una vida tan intensa que hace ver la mía como una nimiedad. Luego, se anunciará la partida, y tendré que arribar el tren sin mirar atrás.

Atendí a las señales de múltiples colores: rojas, fucsias, verdes, amarillas, plateadas. Huellas digitales marcadas en la pared. Las seguí a todas, como si fuesen parte de un sendero virgen en la playa, marcado por las patitas de una gaviota perdida.

Me gustó tanto lo que vi, que me dejé llevar por la ilusión y por el deseo ferviente de querer llegar a casa y quedarme para siempre; viviendo en otros ojos, guardando la palma de mi mano en otra palma, dejando la resistencia en la vereda y rindiéndome a algo que por una vez fuera además de inevitable, contundente, vertiginoso, inestable, distinto y fuera de serie.

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