¿Cómo estás?

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© Gueorgui Pinkhassov

Si. Vos ahí. Ahora en este momento. Qué pregunta chota ¿no? ¿Te bancás la pregunta? ¿Te bancás la respuesta? ¿Te bancás que no te pregunten o que no les importe cómo carajo estás?

La pregunta va en serio cuando después del “¿cómo estás?” viene un clavado de pupila a pupila y una actitud de escucha que no todo el mundo tiene, al  menos siempre a disposición.

¿Cuánto hace que no lo hacés? ¿Cuánto hace que no lo hago? ¿Será como andar en bicicleta, que no se olvida nunca?

Tal vez sea que el “¿cómo estás?” y sus sucedáneos del tipo “¿cómo te sentís?” o “¿cómo está tu alma hoy?” no abundan en el kiosko donde compramos los chocolates o cigarrillos para darnos una satisfacción inmediata. No hay paquetes con estampitas repletos de “¿cómo estás?”, ni álbumes que nos regalen tiempo requerido para semejante escucha. El tiempo es oro dicen, y nuestro mundo capitalista no para a preguntarse estas nimiedades. No hay tiempo que perder.

La pregunta requiere una entrega de tiempo que no estamos dispuestos a dar. Pedirla es como mendigar. Si lo tengo que pedir no vale, no sirve, es material de descarte, es como una colecta de Cáritas un domingo por la mañana. Pedirla no es choto, pasa a ser re-súper-choto. Hay días en que es mejor mirarse al espejo y preguntárselo, suprimir al otro, y autosatisfacerse así, de una.

Muchas parejas cuentan casi con normalidad cuántas veces tuvieron sexo el último mes –si es que tuvieron-, si pagaron la tarjeta Visa, o si la verificación técnica vehicular está al día. No tiene mucho sentido preguntarle al otro cómo está, porque de hecho el otro está allí, al lado, se ha levantado, afeitado, bañado, perfumado y ha partido a tratar de estar como puede el resto del día. No sea cosa que preguntemos y salga un listado tan largo como la vía láctea.

Los amantes -para no desentonar-, suelen encontrarse sin preguntar mucho, sería un peligro preguntar semejante cosa con tan poco tiempo disponible, él cuenta cuántos supuestos orgasmos tuvo ella… ella cuenta para sí que sale de un lugar real para meterse en otro de fantasía, pero al final las sábanas son iguales en todas partes, y la cama ha de tenderse igual.

Los vecinos en la vereda dicen un “¿cómo estás?” veloz,  y al microsegundo meten bocado, como para no dejar hablar de sí mismos. La pregunta pasa a ser un acto protocolar para quedar bien.

Los comerciantes usan otro latiguillo similar. A la pregunta en cuestión le sigue un “¿En qué te puedo ayudar?” o un “¿Qué andabas buscando?”. Porque de otra manera el local comercial sería un local de ayuda al prójimo, y hay que facturar.

Recién, y mientras escribía esto, hice un  mínimo experimento social de cuarta y sin ningún fin estadístico: acabo de preguntarle un ¿amigo? el por qué la gente ya no pregunta. La respuesta fue una larga lista de sus actividades diarias. Pasen y vean que hoy en el súper el ombliguismo está al 2×1.

En realidad vivimos en un ombligo, redondo, cómodo y calentito.

Patricia Lohin

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