El hada de los falsos escritores

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Hace un par de años fui acusada –injustamente debo decirlo- por una de mis musas inspiradoras, de determinar la realidad mediante mis escritos. Es decir, yo escribía y el hecho descrito ocurría. De modo que tanto poner amor imposible por aquí y por allá, Aladino mismo salió de la lámpara a frotarla, harto y súper harto  de que tanto descreimiento colectivo por la fantasía lo dejara sin potenciales clientes frotadores. Es decir, salió, frotó y se cumplieron mis profecías apocalípticas literarias.

Con un par copas de vino estoy casi en posición de afirmar que la posibilidad del arte surge muchas veces de las imposibilidades que se nos presentan en la vida. Seguramente éstas mismas muchas veces sean obstáculos para avanzar, ya que nos obsesionamos con darle tantas vueltas que terminamos haciendo una tesitura de la imposibilidad. Llegada a esta instancia te recomiendo dejarla ir en el fueguito del invierno, ahorrar gas y nutrirse de cosas nuevas. No es de buenas maneras seguir llorando sobre la vasija rota.

Tal vez sea hora de guiar mis escritos hacia otro rumbo, visto y considerando el asunto de la desolación letal y total del corazón, y sumirme en alguno de esos escritos en tiempo presente perfecto, en donde una oración con una afirmación -o varias, no seamos pijoteros que es gratis-  estaría invitando al universo a actuar un poquito más de mi lado.

Creo que mi universo personal está en modo off, porque una mañana, al descuido abrí la puerta roja que da al fondo de mi casa  y las mariposas blancas partieron, dedicándose  a adorar las flores del patio de mi vecino. Mi vecino el artista, que tiene en cada rincón de su casa objetos que yo tendría en la mía, con cuadros, objetos vintage y todo. Al menos no fueron tontas y evitaron el patio del señor que vende autopartes.

Pienso en el último otoño en el que hice una afirmación: la escribí a máquina y la guardé la cantidad de años exactos en que tardó la hoja en ponerse amarilla. Las letras se salieron de la hoja a mediados de abril, me rodearon y con la varita mágica del Hada de los falsos escritores me otorgaron lo reflejado en el escrito.

Ahora que lo pienso, esa vez me faltó apuntar el final, pero esa es otra historia.

Patricia Lohin

 

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