Que sea blues

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Tu figura se desvanece sobre el reflejo de las luces de la calle sobre el asfalto. El asfalto está mojado por esta lluviecita pendenciera y hace que los neumáticos hagan ruidos con “efes” y “erres” mientras circulan por las calles céntricas. Varios vehículos han pasado ya por donde te fuiste. No quedan rastros tuyos en esta ciudad y las esquinas ya no son más la vuelta de nadie; sino simples formas redondeadas que sirven para dar comienzo a otra cuadra, a otra casa, a otras puertas y otras historias.

Aún mantengo esa curiosidad atrevida e invasiva de siempre. Camino por la vereda esquivando baldosas flojas, mientras busco ventanas que me permitan espiar vidas ajenas. Verlos mientras comen, o mientras están desconectados cada uno en sus puestos de comandos, ajenos a la cercanía del otro mientras se dejan iluminar por las pantallas planas de celulares y demás tecnologías aledañas. Soledades sentadas en un sillón bajo alguna lámpara de pie, con los pies cruzados, escuchando algo de fondo. Voy por las calles como una cazadora, buscando esos dos o tres seres que se miran y se tocan, aún estando a unos pasos de distancia. Conexión lo llamaban antes. Ahora se llama Wi-Fi.

Me imagino mirándote a través de una de esas ventanas, absorto de tu mundo, metido en alguna lectura, una revisión de un trabajo o en algún chat con alguien que del otro lado te diga que le importás dentro de su mundo virtual. Virtual, intrascendente, dolorosamente mágico e irreal. Como vos. Una especie de inmaterialización que devasta hasta al más valiente.

Un tal muchacho de la cuadra camina a paso muy lento por las calles lejanas del circuito urbano. Le arranco una sonrisa y me es devuelta. De pronto, durante esos dos segundos, armamos un ping pong perfecto. Quiero todo así. Dar y recibir. Abrir las ventanas de mayo, junio y julio, y devolverle al frío candor; a la mirada inquieta una que apacigüe, a la caricia dudosa una firme; a la pregunta inquietante una respuesta reconfortante, a la voz que tiembla una de las mejores melodías que encuentre en mi última playlist de hoy. Que sea blues, o lo que fuera. Que sea. Que sea real. Que se pueda tocar. Que se pueda escuchar. Que sea concreto, palpable, que viva, que venga, que diga, que toque. Que se pueda sentir su viento, su huracán, su tsunami. Que sea otoño. Que tenga una puerta roja. Que sea planeta en acción.

Una pareja viene a buscar bocaditos rellenos con algo dulce. Dulce para el mate y para el amor. Ella le acaricia la calvicie con amor y se ríen cómplices detrás del mostrador. Por una fracción de segundo vuelan libélulas en el salón, se despeja el piso de humedad, y todo resulta más acogedor.

Algo es real en esta tarde lluviosa. La lluvia es real, la pareja, el muchacho, su sonrisa, el arte, el día, este otoño, lo que llevo dentro, las palabras que se agolpan una tras otra, mis rulos dilatados, la piel de gallina que me produce esta humedad que se entremezcla con el frío.

Patricia Lohin

 

 

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