Naves quemadas

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© José Luna

“Porque vivir  es navegar tras un espejismo detrás de un abismo sin vuelta atrás.” Luis Eduardo Aute

Perdón la demora. No estaría llegando. Me he demorado, desviado, detenido, paralizado. Aunque según desde donde se mire la situación también pude haberme adelantado. El caso es que no la emboqué con esto del timing.

La próxima vez me colgaré de las agujas del reloj, en un intento desesperado por lograr esa mentada sincronía entre el momento adecuado y yo. El momento adecuado y vos. Tal vez me deslice por la aguja que marca los minutos y caiga de una buena vez sin medir las consecuencias. Tanto pensar y mis pies quedan trabados en el eje que sostiene el movimiento del universo, mientras yo alucino que estoy estática.

Las estaciones de trenes –desérticas, quebradas, abandonadas- son plantaciones de vagones con asientos de cuero resquebrajados; aunque los vagones de carga se han transformado en lofts para quien necesite cobijo, siesta y calorcito.

El caso es que nunca llego a horario al punto de partida, y de ser la hora correcta, el transporte público no estaría funcionando.

Los buses apestan de gente abarrotada y confinada. Le temo al segundo piso, al vaivén, al ahogo existencial, al conductor insomne y distraído que le manda whatsapps a su amante mientras conduce;  al señor de al lado que invade mi espacio; temo desfallecer en esa jungla que me aprisiona, necesito respirar. Me bajo, pierdo el ticket, el bus, la oportunidad y el destino.

El país está prendido fuego.  Todo arde, yo ardo. Todo parece convertirse en cenizas. Yo soy ceniza. Los restos de cacharros que otrora tuvieron cuatro ruedas me miran desde las banquinas. El humo desdibuja las carreteras. Que se pudra todo. Si vos venís te espero en el fin del mundo para que me des un beso como la gente. Algo que definitivamente quite el aliento.

Como sea. No me esperés. Creo que de momento no llegaré. Me debato todas las mañanas entre las ganas y las no ganas; entre la magia y la realidad. La fantasía a veces es tan guacha que carcome la materialidad de una manera harto devoradora. Siento que soy engullida por esta quimera de cuya autoría me declaro totalmente responsable.

Las palabras se diluyen, en mi mente y en el teclado. No alcanzo a subirme a un transporte viable. Intento una nota de disculpas, intento una esquela con pedidos: que vengas, que no te detengas; que insistas, insistas e insistas, que seas vos el que acomode las agujas del reloj; el creador del tiempo, el momento, la oportunidad. Patético: parece una lista de mercado. No sé hacer eso.

Pedir perdón suena mejor, quemo la lista de mis necesidades no tan básicas. Naves quemadas.

Patricia Lohin

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