Te dije…

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© Nádia Maria

– Te dije…

– Lo sé.

– ¿Entonces? Si te avisé en varias oportunidades….

– Lo siento. Es que quise saber.

– ¿Saber qué?

– Cómo era sentir de nuevo.

Soy una vasija quebrada, vuelta a pegar, vuelta a caer. Estoy sobre el canto rodado, en un bajo del río. El agua me penetra, intermitentemente, insistentemente. Aún no entiendo si limpia o ensancha aún más las grietas. Temo romperme tanto que de la vasija no quede nada. Algunos caminantes pasan por la ribera del río, y mientras juntan piedras redondas negras y blancas me ven. Nadie se anima a entrar y llevarme. Temen la corriente, las piedras, la caída, el frío del agua, la intensidad, la profundidad, o que mi material se desintegre y termine mezclado con el lodo del fondo del río. Ese lodo que, cuando éramos adolescentes y lo cruzábamos caminando se adhería a nuestros pies como pegamento. ¿Te acordás Darling?

Adherida. Así estoy. Esperando que la corriente termine conmigo.

Querido: dejáme cobijarme en tu recuerdo; porque en estas latitudes la realidad últimamente es fría como la madre que lo parió. Dejáme invadir tus recreos con mis palabras, algunos días suaves, otros demoledoras. Intensas siempre, porque no sé escribir de otra manera. No sé vivir de otra manera. Soy como un perro herido, al que le duele cada caricia y sin embargo se deja. Hoy duermo en la calle.

Afuera tenemos un adelanto del invierno. La gente sale sobre-abrigada; sobre-protegida, demasiado encapuchada, demasiado apachuchada para el sol que aún acaricia las mejillas de los chicos que van al colegio. En cambio, yo salí destemplada, como salgo a la vida siempre: el pelo mojado, un sweater liviano, un jean gastado y con orificios. Que el frío me penetre y congele el dolor hasta no sentir más nada.

Faltan caer algunas hojas de los árboles. Esperaba otro otoño, pero vino este.

Como siempre, escribo para no morir; ni de hastío, ni de soledad.

Escribo porque es la manera en que la sangre fluye desde mi corazón hasta mis dedos. Me cobijo en vos, en tu recreo, en tu recuerdo y en mis palabras.

– Es hora. ¿Vamos por el resto de la vida?

– Yendo.

Patricia Lohin

 

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