Son tiempos difíciles para los soñadores.

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Amelie – Movie

“Son tiempos difíciles para los soñadores”.

Así reza el cartel de cartón pintado con tiza que yace a los pies de un indigente acostado en plena peatonal de la ciudad.

Es feriado. El sol se refleja en los adoquines. Los turistas van y vienen tratando de captar carteles con ofertas y descuentos. Nos chocan varios, con las bolsas de cartón repletas de nimiedades.

A pesar de que estamos silenciosos, te doy la mano. Siento en tu mirada una resignación peligrosa. El silencio es la música que pesa desde que nos levantamos. Siento la premonición en la base de mi nuca. Siento el final.

Más adelante me preguntaré por qué querías pasar este día haciendo como si nada. Y por qué me permití pasar ese día como si nada.

Siempre me llamó la atención algo que las personas mayores me cuentan: sobre el final, cuanto más grandes -sobre todo aquellas que superan los ochenta años- los recuerdos de la infancia se vuelven más nítidos y la memoria reciente comienza a evaporarse.

Lo mismo me pasó ese día. De pronto olvidé todo lo que estábamos viviendo este último tiempo. Y empecé a vivir nítidamente nuestros inicios.

Me enamoré a primera vista. Eso no existe. No puedo explicarlo, no tiene bases científicas, no es razonable enamorarse de alguien que no se conoce más que de vista, de quien no se sabe su nombre, ni su edad o preferencias. Escuché tu voz, vi tu estampa y me pareció conocerte de antes. Otro de esos clichés que nos cuentan en esas películas romanticonas y baratas.

Así y todo no pude sacarte más de mi mente. Pasé los siguientes meses escribiendo incoherencias en mi diario, durmiéndome con Serrano, soñando despierta, teniendo la ilusión de haber llegado a casa.

Recuerdo el primer viaje que hicimos juntos a la playa. Estábamos en los treinta, aún jóvenes y alegres. Viajamos en una camioneta toda destemplada, éramos pobres materialmente, pero tan ricos, tan plenos, tan inocentes. Y nos tiramos de lleno uno al otro, con el corazón, las palmas de las manos abiertas y el alma húmeda. No recuerdo un acto mayor de entrega, de valentía, de incoherencia, de inmadurez, de perderse y encontrarse, de sentir dicha y desdicha, todo simultáneamente. Renací en la pasión, como quien se mira al espejo y resucita del letargo.

Y hoy, mientras caminamos de la mano, esquivando parejas que discuten por naderías, todo eso queda tan lejos que parece otra vida con otros protagonistas. Llegaremos a casa, y te irás. Luego la vida nos traería otras revanchas, otras oportunidades, otros errores y perdones. Vaya si aprendimos. Vaya si amamos.

¿Qué otra cosa podría estar importando?

La eternidad siempre es este momento.

Patricia Lohin

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