Del infierno al nirvana y viceversa.

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“Ahhh mirá lo que está diciendo por favor!!! ¿Viste que no es fácil esperar corazón? Viste cuando vos me decís “todos tienen su tiempo”… todo… no es fácil esperar a nadieee, es que no tendría que existir esperar, porque si dos personas se aman realmente no tendría que haber tiempo de por medio en el medio… porque es una necesidad que tienen que estar juntos… Es una necesidad…  SI es una NECESIDAD que dos personas que se aman estén juntas.  No puedo entender lo otro… qué esperar, qué tiempo, ¡NO!  ¡El choto!” -me dijo ella y me noqueó a los tres segundos del primer round con la palabra necesidad.

Necesidad y urgencia, urgencia y amor, amor y apego, apego y tiempo. Asesinos seriales de cualquier ser humano adulto que tenga el corazón roto, emparchado o en vías de reparación.

Conocer a otro y empalagarse, empacharse, pasarse de la raya, no medirse, volverse loco. Dejar de pensar en lo conveniente, en lo inconveniente, en el precio del dólar y a quién votaste en el 2015. Transformar el tal vez en un sí, el mañana en ahora, el solamente un rato por toda la noche. Matar al reloj, que se te pasen las horas sin darte cuenta, perder el sueño, ganar más ganas, que te sorprenda el amanecer y no querer irte a ningún lado. Saber entregarse a todo eso sin miedo, como un bebé recién nacido.

Faltar al laburo, hacerte la rata, comerte el coco con el otro al lado, tocarse y tocarse; decir tantas boludeces juntos y mearse de la risa entre copa y copa del alguna bebida espirituosa. Gastar las sábanas y dejarlas tan arrugadas que ni con el programa especial del lavarropas automático se alisen. El todo, el descontrol, la entrega absoluta. El miedo que se fue por el inodoro. Extender sesenta minutos como si fuera un chicle y convertirlos en un siglo. Amarse hasta que te de mucho sueño, no des más, estés famélico y harto.

Y ahí, con ese hartazgo, al día siguiente o a la semana volvés a tu casa, te alimentás, te mirás al espejo, y aunque tengas unas ojeras de la puta madre confirmás que no le entregaste tu vida a nadie, que tu sangre sigue siendo del tipo A positivo, que no tenés que ir a que te exorcicen ni al psiquiatra para que se te pase esta locura, que seguís siendo único, irrepetible, seguro e independiente…  solo que estás asquerosamente enamorado. Hasta el caracú.

Y en ese momento de certeza absoluta, tenés dos opciones: sacar el matamoscas y mosquitos y aniquilar “de una” la dieta restrictiva de emociones,  la represión brutal de los gestos, la censura de las palabras, de las miradas y de lo espontáneo; o … morirte de amor, esperar a que se te pase y seguir caminando por la vereda donde no da el sol.

Patricia Lohin

 

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