Ventanas azules

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Los enamorados son suicidas que abren la ventana antes de saltar.
No la atraviesan, ni rompen los vidrios, no se cortan, no abren sus heridas de más.
No piensan, porque ya tienen todo previamente calculado. 
No avisan, saltan.
No esperan el viento de cola, saben que van a volar.
No les importa si se estrellan.
Del caos nace lo esplendoroso.
Abren la ventana, inspiran una última bocanada de aire: el aire que se transforma en una soda burbujeante que recorre el cuerpo.
Abren los brazos para recibir todo el viento en la cara.
Abren los ojos para maravillarse de su propia valentía.
Se tiran de la ventana del edificio más alto, porque desde allí ven las otras azoteas.
Azoteas donde duermen medias solitarias que se han caído del canasto de la ropa. 


Los enamorados viven extasiados, escriben delirios anónimos, cantan incongruencias, rasgan las cuerdas de la guitarra con acordes psicodélicos, tiemblan.
Viven tirándose de ventanas azules, siempre sobre las siete de la tarde.
Cada tanto, a alguno de ellos, alguien los espera.
Cada tanto, a otros, le toca volver a subir las escaleras.

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2 comentarios en “Ventanas azules

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