Casa Silvia

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Salgo a la calle con un vestido, música y el resto de mi humanidad metida en una bolsa ecológica de Casa Silvia en la mano. No es que toda una vida quepa ahí dentro, es lo que ha sobrado luego de la última sudestada. Los escombros de los escombros, el barro del barro, la desesperanza de la desesperanza, la piel agrietada y los ojos mitad resecos mitad inundados.
A los pocos metros la boca se subleva y comienza a hacerse mar. Algo nace desde la garganta e inunda la cavidad bucal con un sabor salado. La lengua se hincha, intentando hacerle frente a tanto agua. La boca hace agua, los ojos hacen agua. Nadie lo nota, somos ciegos caminando en distintas direcciones, ignorándonos ampliamente. Me pregunto qué hay para hacer en esta maldita ciudad a parte de seguir viviendo de esta forma absurda. El tema musical para la ocasión empieza a convertirse en un ruido molesto que parece sonar desde el fondo de un túnel. Pienso en escapar. Al llegar a la plaza busco al conductor anónimo que todas las mañanas pasa una franela inmaculada por su auto color ni crema ni blanco ni leche. No está, vos tampoco estás, pero recuerdo tu voz preguntándome si uno para alguna vez de llorar, y yo mintiendo, porque quiero que aproveches la esperanza que me sobra y no pienso usar. Me pregunto a dónde podría llegar con lo que llevo encima, apenas si unos billetes de cinco a punto de morir, un cuaderno con garabatos, unos anteojos con los que ya no leo ni de cerca ni de lejos. A dónde huir, si en cualquier destino posible también me tocaría demostrar que valgo la pena en un cinco por ciento, que dentro del orden duerme un desorden infernal teniendo pesadillas todas las noches, que la seguridad no es más que una fachada mal armada, una mampostería que se está cayendo; que soy un fraude y que la ciudad sigue siendo ese lugar ajeno que lejos de cobijar, te espera a la vuelta de la esquina para abrazarte con desesperanza y recordarte que estamos absurdamente solos, con lo que sobrevivió a la sudestada metido dentro de una bolsa ecológica de Casa Silvia.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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