Cansada de mí…. pensando en vos.

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Dark Photographs/Tumblr

Día 1

Te veo.

El sol de la incipiente  primavera

Acaricia mi piel y los tejados brillan.

Tus palabras vuelan

Como esas raras especies de aves exóticas.

Parezco distraída y distante

Pero en realidad estoy a tres mil revoluciones.

Quiero quedarme para siempre

En ese lugar en donde mi risa

Se junta con tu brillo.

Día 2

Tiempo de descuento

Tengo material de sobra

Para vivir dos vidas más con tu recuerdo.

Te sueño, te pienso y me alimento

Con cada centímetro de tu figura.

El sol hoy brilla más que ayer.

Día 3

Abstinencia.

Sé que no voy a saber de vos por mucho tiempo.

Es casi un decreto del destino.

Quiero contarte que siento y temo

Todo en medidas desproporcionadas.

Hoy el viento hace volar las hojas

Que he escrito a máquina.

Día 4

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Qué pasaría si…

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© Olga Ageeva

Palpitan otros corazones a tu lado, mientras vos sentís tus manos ausentes de coraje cerrarse en puño, al mismo tiempo que dentro de tus venas algo corre raudamente tratando de gritarte que ya es muy tarde o muy temprano, que el momento ha llegado o se ha ido, que nunca llega la hora del grito ahogado tratando de decir la verdad, que esa bocanada de aire que buscás a la noche luego de una pesadilla es el aliento de él, que su mirada sobre tus ojos es lo que añorás, pero que te morís de miedo; y dosificás la nada, cortás las horas en pedacitos y los guardás en una cajita, sumando y sumando días sin que pase nada.

Entonces, confirmada la decepción de tu inacción cobarde, inclinás y escondés la cabeza entre las rodillas, como cuando eras chica, y llorás con hipo, hinchás tus ojos, bebés la sal de tus lágrimas, crees morir pero no pasa nada.

Mientras escribo esto, en una tarde nublada y destemplada donde conozco ya demasiado sobre la vida de las hormigas que se trepan al jazmín descaradamente,  siento que es el momento de decirle qué sueño, y de contarle que en su casa fui más feliz que en cualquier otro lugar del planeta, que ese mini cosmos es un paraíso lleno de colores para mí y adoro cada recoveco que esa estancia, que las horas no pasan, o sí y muy rápido, que sé lo que deseo pero no me animo a plasmarlo en un lienzo por temor a errar con los colores.

Qué pasaría si hecho a perder el paisaje y los árboles de ahora en más nunca vuelven a tener un otoño o se esfuman los círculos de luz que se forman alrededor de la luna debido a no sé que fenómenos meteorológicos? O si la primavera no llegara nunca más y en la huerta donde se usualmente despiertan las hierbas a la nueva vida, sólo quedara tierra reseca y resquebrajada?

Qué pasaría si me bebo todo el coraje y voy a golpear suavemente su puerta… y si él está… comenzar a balbucear, o lo que es peor: olvidar el idioma y quedarme muda y rígida como una estatua de sal, y morir allí parada.

Qué pasaría si me animo y le cuento que vi las señales y que todas me llevaron hasta allí, pero escucho que estaba equivocada… qué pasaría si el pasaje en tren que lleva en su bolsillo izquierdo lo lleva muy lejos de mí.

A veces me pregunto qué pasaría si…

La próxima tempestad

 

20882533_1424043167681421_6313797446644226776_n© Victoria Ivleva

“Le gustaban los amores “imposibles”; le dejaban “el gusto exquisito del fracaso.” – Elena Garro

Sé que no vas a venir, y eso al fin trae calma a mi vida.

Sé que no estaré, y eso trae esperanza a mi vida.

Es hora de partir, de abandonar los sueños absurdos que penden de hilos que están siempre cortándose y anudándose, es hora de mudarlos a otras camas, cambiar las sábanas, comprar cobertores de colores, recibir la primavera, ver brotar las plantas, dejar que los ojos se aclaren con el sol del nuevo día y  amarse inconmensurablemente.

Esto es dejar ir, soltar, fluir y la mar en coche. Es dejar de poner excusas a lo que llamamos destino, es agarrar la paleta y pintar con los colores que se nos dé la gana, es exigir amor porque amamos y cerrar la puerta a lo que no vale, ni apuesta, ni siquiera pierde porque nunca juega. Me arriesgo a este vacío aunque deje de escribir… aunque la fantasía errática censure mis palabras y no encuentre rimas para los nuevos sueños. Arriesgaré la lejanía de las letras y soportaré la penumbra que precede a lo que vendrá.

Adentro suena Gladys Knight. Afuera suenan las risas de los preadolescentes, que corren de esquina a esquina.

Saber que al fin no vendrás trae paz interior y exterior a mi planeta personal. Es dejar de suponer, de idealizar, de armar en mi cabeza el primer saludo, el primer paso o el primer beso. Todo eso implica una enormidad de tiempo libre que ni sabía que tenía. Y es todo mío.  Hay otra vida fuera de la tuya y es la mía.

Debo reconocer que gracias a esa fantasía, hoy ya exigua, de nuestro posible encuentro, cambié un poco mi vestuario e incorporé algunos vestidos que sabría te gustarían. Recuerdo haber tocado la tela de cada uno de éstos imaginando si te gustarían al tacto, aunque duraran poco sobre mi piel. Tal vez nunca había estado más hermosa que ese verano que nos íbamos a ver. Me levantaba con el brillo en los ojos y la piel perfumada. Buscaba lugares con playas íntimas y cabañas luminosas. Luego de unos años de duelo, dos otoños y un corto invierno,  al fin esta primavera los usaré todos para mí, con el mismo brillo en los ojos y la actitud de quien renace a la vida.

Alguien a quien no conozco escribió “habrá otros veranos para amarnos”. Yo digo que no. Una mujer siempre sabe la verdad, otro tema es que quiera verla. Hoy puedo.

Fracaso, espera, imposible, resignación, desdicha, cobardía… son palabras que no figuran en mi actual diccionario.

No soy buena para enamorarme, aunque, ¿qué es ser bueno para enamorarse?

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Extraño eso que queda

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© Yan Sarkisyan

Extraño eso que queda

Cuando venís de la guerra

-O de otra vida ahí fuera-

Y te rendís con los pies desnudos

Al primer beso que nos encuentra.

Dejás tu nombre mudo sobre la silla

Y el resto del día se va descascarando

Sobre el suelo tibio.

Te presentás desnudo y silencioso;

Mientras yo, haciendo menos ruido

Dejo caer los temores

Y cierro cualquier otro sentido

Que pueda llevarme lejos

Del momento en el que somos nosotros.

Otro día me preguntaré

Qué música sonaba de fondo,

Qué llevabas puesto,

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Donde quedó el alma

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Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin

 

Renuncio

© Sergi Escribano

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© Sergi Escribano

Renuncio.
Me guardo.
Me resguardo.
Te pienso.
Borro el pensamiento.
Agarro las acuarelas.
Una franja verde. Otra azul.
Llora el lienzo.
Llora el abedul
y la albahaca triste se seca.
Escribo con furia.
Las lágrimas se reprimen.
Ya no más.
Me acuesto en posición fetal.
Sufro un minuto.
Al siguiente todo sigue igual.
El pasillo yace vacío.
Los libros gritan ausencias.
Acaricio el campo desierto
de mi abdomen.
Subo a los pechos
y dejo mi mano en mi corazón.
Mío es este momento
y son los gorriones
que me ven desde el balcón.
Una bocina aúlla a lo lejos.
Soy yo
con un grito desesperado.
Quiero despertarte
y que me mires.
Y en ese último esfuerzo
hacia tu memoria
me duermo.
Al despertar
todo sigue igual.
La casa, los libros,
la albahca,
el deseo extinguido.
La boca seca
el animal enjaulado
te borro
volvés,
te borro,
vuelvo.

Patricia Lohin

La esperanza que miente

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© Boris Nazarenko

Las sombras grises tiñen la ciudad.

Es como un día de invierno leve. El frío no alcanza a calar los huesos, las ramas de los árboles se extienden rígidas hacia arriba mientras las bufandas de los caminantes reprimen alientos cargados de virus estacionales.

El silencio de la mensajería instantánea se hace presente. Primer día sin vos.

En otra ciudad los amantes coinciden en tiempo y horarios. Dos cuerpos macizos dispuestos a darse placer mundano. El le pregunta a ella en qué piensa. Ella miente. Mentiras piadosas. Cortas caricias. El placer, breve e intangible,  se fuga desde la habitación del hotel al abrir la puerta. Más silencios. Tal vez en unas semanas vuelvan a verse.

Paso la mañana pensando en otra cosa. Digamos en tus ojos. No te escribo. Sé que de hacerlo continuaría el círculo vicioso en donde yo sueño, vos recibís; yo acciono, vos mirás; yo me expreso, vos contestás; yo propongo, vos evadís.

En la esquina una pareja se despide hasta más tarde. Ella dice que lo ama y él asiente. Marchan caminando en distintas direcciones por la misma calle. Ella lo extraña. El se siente libre.

Apago el celular. No quiero saber que no me escribís. Quiero imaginar que lo hacés y no estoy. Aunque sepa que es mentira.

Si estuviéramos jugando al ajedrez, yo avanzaría con la reina, dispuesta a morir aún en manos de un peón. Pero sé que vos retrocederías.

En una cocina él le grita a ella: “No se puede vivir así.” Y se marcha, aunque los dos saben que volverá, tal vez más tarde. Hoy no pueden hacer otra cosa más que culparse. La culpa que chorrea las paredes color durazno y condensa la humedad en los azulejos del baño. Me miro en el espejo. Tal vez ella fui yo.

Mañana volveré al último lugar en donde estuvimos juntos. Ni estamos ni volveremos, al fin lo tengo tan claro.  En un acto de cordura, dejaré al fondo del río la caja con nuestra historia, para que la devore el agua bendita con tanto roce, y al fin termine en el mar donde mojamos los pies todos los veranos. Pero que la esencia le llegue a otros. Que sea un regalo divino o una maldición. Que otros decidan, se empapen, huyan o afronten.

Viene una pareja cómplice, los atiendo. Ellos se miran y sonríen. Al fin dos que están del mismo lado. Extraño eso que nunca he vivido. Hacen un juego con las palabras, danzan, se conquistan, se separan y se vuelven a buscar. Todo esto en cinco minutos. De fondo  el Nano canta Ja tens l’amor. Todo es perfecto.

Llega la tarde y yo invicta. Creo que al fin sé quienes somos. Me siento envalentonada por las horas previas. Sos una musa para mis letras, algo en mi cabeza, sueños que no van a cumplirse, una falda blanca que se arrastra en el lodo, la “esperanza que miente”, una casa vacía, las manos secas, la relación unilateral, la cobardía. Somos parte de esos amantes de la ciudad vecina que están juntos porque sí, caminando en distintas direcciones de la misma calle, volviendo a abrir la misma puerta porque no hay nada que hacer. No somos.

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