Extraño eso que queda

20294080_1407807599304978_245332553541156702_n

© Yan Sarkisyan

Extraño eso que queda

Cuando venís de la guerra

-O de otra vida ahí fuera-

Y te rendís con los pies desnudos

Al primer beso que nos encuentra.

Dejás tu nombre mudo sobre la silla

Y el resto del día se va descascarando

Sobre el suelo tibio.

Te presentás desnudo y silencioso;

Mientras yo, haciendo menos ruido

Dejo caer los temores

Y cierro cualquier otro sentido

Que pueda llevarme lejos

Del momento en el que somos nosotros.

Otro día me preguntaré

Qué música sonaba de fondo,

Qué llevabas puesto,

Sigue leyendo

Donde quedó el alma

19895055_10211461168418369_5765951572083694261_n

Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin

 

Renuncio

© Sergi Escribano

19780559_1386748754744196_1565356985844594227_o

© Sergi Escribano

Renuncio.
Me guardo.
Me resguardo.
Te pienso.
Borro el pensamiento.
Agarro las acuarelas.
Una franja verde. Otra azul.
Llora el lienzo.
Llora el abedul
y la albahaca triste se seca.
Escribo con furia.
Las lágrimas se reprimen.
Ya no más.
Me acuesto en posición fetal.
Sufro un minuto.
Al siguiente todo sigue igual.
El pasillo yace vacío.
Los libros gritan ausencias.
Acaricio el campo desierto
de mi abdomen.
Subo a los pechos
y dejo mi mano en mi corazón.
Mío es este momento
y son los gorriones
que me ven desde el balcón.
Una bocina aúlla a lo lejos.
Soy yo
con un grito desesperado.
Quiero despertarte
y que me mires.
Y en ese último esfuerzo
hacia tu memoria
me duermo.
Al despertar
todo sigue igual.
La casa, los libros,
la albahca,
el deseo extinguido.
La boca seca
el animal enjaulado
te borro
volvés,
te borro,
vuelvo.

Patricia Lohin

La esperanza que miente

19748672_1386022974816774_417982097250044228_n

© Boris Nazarenko

Las sombras grises tiñen la ciudad.

Es como un día de invierno leve. El frío no alcanza a calar los huesos, las ramas de los árboles se extienden rígidas hacia arriba mientras las bufandas de los caminantes reprimen alientos cargados de virus estacionales.

El silencio de la mensajería instantánea se hace presente. Primer día sin vos.

En otra ciudad los amantes coinciden en tiempo y horarios. Dos cuerpos macizos dispuestos a darse placer mundano. El le pregunta a ella en qué piensa. Ella miente. Mentiras piadosas. Cortas caricias. El placer, breve e intangible,  se fuga desde la habitación del hotel al abrir la puerta. Más silencios. Tal vez en unas semanas vuelvan a verse.

Paso la mañana pensando en otra cosa. Digamos en tus ojos. No te escribo. Sé que de hacerlo continuaría el círculo vicioso en donde yo sueño, vos recibís; yo acciono, vos mirás; yo me expreso, vos contestás; yo propongo, vos evadís.

En la esquina una pareja se despide hasta más tarde. Ella dice que lo ama y él asiente. Marchan caminando en distintas direcciones por la misma calle. Ella lo extraña. El se siente libre.

Apago el celular. No quiero saber que no me escribís. Quiero imaginar que lo hacés y no estoy. Aunque sepa que es mentira.

Si estuviéramos jugando al ajedrez, yo avanzaría con la reina, dispuesta a morir aún en manos de un peón. Pero sé que vos retrocederías.

En una cocina él le grita a ella: “No se puede vivir así.” Y se marcha, aunque los dos saben que volverá, tal vez más tarde. Hoy no pueden hacer otra cosa más que culparse. La culpa que chorrea las paredes color durazno y condensa la humedad en los azulejos del baño. Me miro en el espejo. Tal vez ella fui yo.

Mañana volveré al último lugar en donde estuvimos juntos. Ni estamos ni volveremos, al fin lo tengo tan claro.  En un acto de cordura, dejaré al fondo del río la caja con nuestra historia, para que la devore el agua bendita con tanto roce, y al fin termine en el mar donde mojamos los pies todos los veranos. Pero que la esencia le llegue a otros. Que sea un regalo divino o una maldición. Que otros decidan, se empapen, huyan o afronten.

Viene una pareja cómplice, los atiendo. Ellos se miran y sonríen. Al fin dos que están del mismo lado. Extraño eso que nunca he vivido. Hacen un juego con las palabras, danzan, se conquistan, se separan y se vuelven a buscar. Todo esto en cinco minutos. De fondo  el Nano canta Ja tens l’amor. Todo es perfecto.

Llega la tarde y yo invicta. Creo que al fin sé quienes somos. Me siento envalentonada por las horas previas. Sos una musa para mis letras, algo en mi cabeza, sueños que no van a cumplirse, una falda blanca que se arrastra en el lodo, la “esperanza que miente”, una casa vacía, las manos secas, la relación unilateral, la cobardía. Somos parte de esos amantes de la ciudad vecina que están juntos porque sí, caminando en distintas direcciones de la misma calle, volviendo a abrir la misma puerta porque no hay nada que hacer. No somos.

Sigue leyendo

Mientras tanto

¿Y mientras tanto? – me preguntaste.

Mientras tanto estamos muertos y en el limbo – contesté.

Y extendí mi mano queriendo tocarte…

 

Mis pies sobre el puente peatonal

El puente sobre el río

La roca debajo del agua

Tu boca en la mía

El fango debajo de la piedra

Las hojas sobre el filo del agua

Tu mano derecha en mi mano izquierda

El viento dentro de mi pelo

Un remolino existencial en tu cabeza

Tu mano izquierda en mi sexo

El sol en el cielo y las nubes sobre el agua

Tus ojos en los míos

La humedad en tu mano izquierda

Mi pecho sobre el tuyo

Y tú nombre en mi garganta

El verano en el aire

La aldea en el llano

La miel en tu lengua

Y el clímax llegando.

¿Y mientras tanto?

Mientras tanto la vida.

Patricia Lohin

Avioncitos de papel

d650481a943c721382d77e5df93efdfe-sd

Harris Rinaldi – Cheap flight

“No estás escribiendo”, me dijo.

Fue como si me dijera: no estás amando. Entre escribir y amar no hay brecha, ni separación. Es lo mismo. Escribir es como sangrar por los dedos, es reconocerse en el espejo y cantarse las cuatro o cinco verdades que uno tenga para decirse; es desnudarse en medio de la calle a la hora en que los padres llevan a sus chicos a la escuela; es sacar los monstruos de adentro del placar a que bailen zumba en la cocina. Escribir es reconocer que tenés un amor encarnado y que no sale con quitamanchas ni con viruta. Es como traer la autógena y darle permiso a alguien para que abra tu pecho, así el corazón puede volar de una vez por todas.  Volar hacia vos.

Escribir a veces nos lleva a lugares donde no estuvimos, o donde sí pero no en la forma en que sucedió. Es como soñar despiertos, es reconocer que añoramos algunos paisajes: el río, el aroma, el piso de madera, la cocina, las sábanas, el gesto, tu sonrisa, mi cobijo.

Sigue leyendo

Sin mucha alharaca

19554896_1380038448748560_4204207533661136403_n

© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

Sigue leyendo