La escena del crimen

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© Renée Revah

La tarde huele a vacío.

Muere la intimidad

Enredada entre sábanas frías.

La cama apenas destendida

Es un campo de batalla sin guerreros.  

Un lecho donde acostarse

Como quien espera a que pase la vida.

Sin balas, municiones, candor,

Fuego, rebelión, ni revoluciones.

La cena fría sobre la mesa,

El vino barato y tibio sin terminar.

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Acto fallido

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© Guillaume Lévis

“El doctor Max ha dicho que me quería cerca y ha mantenido su palabra. De hecho, mi despacho está enfrente del suyo, separado sólo por el pasillo. Es una habitación minúscula, que antes era el aseo privado del doctor Max; han quitado la taza del retrete y el lavabo, y ahora estoy yo, con una silla, una mesa, un cenicero y un perchero junto a la ventana.”  Fragmento de “El Patrón de Goffredo Parise.

Por una fracción de segundo siento una leve sensación de ahogo. Seguramente es la combinación de la oscuridad reinante en la estancia más la pintura marrón con que están pintadas las paredes.
El pequeño ventiluz no me deja adivinar siquiera la presencia del incipiente otoño. Apenas si se filtran por éste el ruido de los transeúntes, el murmullo de las señoras que circulan con la bolsa del mercado, el rasgar de una escoba sobre la acera, y el ladrido de los canes que corretean por la cuadra detrás de los pocos vehículos que circulan.
La silla hace un largo chasquido, es su forma de quejarse ante mi presencia sobre ésta. Soplo por encima del escritorio y veo dispersarse en el aire miles de partículas de polvo que de pronto quedan estáticas en el aire, como si alguien estuviera sosteniéndolas. Dejo caer la cabeza sobre mis brazos apoyados sobre el escritorio y ya no escucho nada. La ciudad está muerta, y de alguna manera yo también.

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Mientras tanto

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Keffer

¿Y mientras tanto? – me preguntaste.

Mientras tanto estamos muertos y en el limbo – contesté.

Y extendí mi mano queriendo tocarte…

 

Mis pies sobre el puente peatonal

El puente sobre el río

La roca debajo del agua

Tu boca en la mía

El fango debajo de la piedra

Las hojas sobre el filo del agua

Tu mano derecha en mi mano izquierda

El viento dentro de mi pelo

Un remolino existencial en tu cabeza

Tu mano izquierda en mi sexo

El sol en el cielo y las nubes sobre el agua

Tus ojos en los míos

La humedad en tu mano izquierda

Mi pecho sobre el tuyo

Y tú nombre en mi garganta

El verano en el aire

La aldea en el llano

La miel en tu lengua

Y el clímax llegando.

¿Y mientras tanto?

Mientras tanto la vida.

Patricia Lohin

Ausencias

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Antonio Berni

Las últimas luces del otoño

Se filtran por los amplios ventanales,

La ciudad yace desierta y muda

Mientras las hojas se desprenden y parten rumbo

Hacia oscuras alcantarillas.

Lloran los dioses,

Arrinconados entre el desazón

De las ciudades que no recorreremos

Y la muerta esperanza de los dedos que no se tocan.

El sauce se inclina hacia el río

Queriendo beber del elixir con el que

Otrora bañamos nuestros pies,

En ese lugar donde vertimos

Nuestras carcajadas sonoras y eternas.

Los bares cierran tristes sus puertas,

Al no vernos llegar tomados de la mano

Dispuestos a estar horas y horas

Sembrando filosofías disparatadas,

Pintando nuevos cuadros de Berni,

Mezclando en el lienzo los colores de tus pupilas

Con los de mis labios generosos.

A la vuelta, una librería anuncia

El estatuto de los amores inconclusos

Mientras que el carnaval se declara

Obsoleto y parte rumbo

A otras ciudades

De calles angostas y caderas más generosas.

Vierte el sauce lágrimas en el río

Mientras se secan sus raíces

Y nosotros…. nosotros

Navegamos una vez y otra vez

Contra la corriente de los sueños.

Mientras tus manos tocan la piel opaca

De la ausencia predestinada

Y yo me hundo en la soledad de unos labios desconocidos,

En algún lugar los dioses renuncian a su tarea

Convirtiéndose en simples peones

Que saltan de uno en uno

Los días y los meses.

Volveremos a vernos

Alguno de estos días,

Cada uno frente a un espejo distinto

Que nos reflejará en el marrón de nuestros ojos

Los granos de arena que terminaron de escurrirse

Para decantar íntegros en la base del reloj.

Pero los dioses ya no estarán

Para darlo vuelta.

Patricia Lohin

Hoy

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Foto: Tumblr

Quiero eso y nada más.

Imperiosamente.

Ahora. Es decir hoy.

Ese hoy que se escapa.

Que va siempre un paso adelante o dos,

¿O tal vez serán tres o cuatro pasos detrás?

Vos sos -sin piedad- mi pasado,

Capturado en una fragancia gastada

Con reminiscencia a vainilla o pachuli,

En un pañuelo bordadito

Con detalles de crochet en los bordes.

Intento escalar

El montículo de polvo de moléculas

-atómicas, interestelares y anómalas-

Que nos separan mil de millones de años luz.

Alguien me mira y ha detenido el reloj.

¡Qué descarado!

Ha tocado mi tiempo y sin pedirme permiso.

 Lo espío y cuando se adormece lo adelanto,

Y cuando despierta no estoy más.

Porque cuando den las diez, o cuando den y cuarto

De un día festivo de noviembre,

Cuando el sol entre justo por esa hendija

Que solo permite la antesala del verano,

Ahí estaremos uno frente al otro,

Chocando las frentes y las caricias,

Será hoy.

Y me recogerás

Como quien levanta una hoja de otoño

Y quiere darle vida.

Patricia Lohin

Recurrencias

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Anna Madia

Aún no acabo de descubrir cómo llegué a este lugar.

Supongamos que nací aquí, del todo huérfana, detalle que hace que quieras huir a cualquier otro lugar.  Pero ¿a dónde?

Miro y está tan obscuro acá, que no sabría qué camino tomar. Es que ¿hay más caminos?

Tal vez este lugar tan sólo sea el fragmento de algo, un “algo” insospechado del cual no se sabe nada. Esta ignorancia no hace más que asesinar la supuesta elucubración que se pueda hacer sobre nacimientos, cuestiones parentales, árboles genealógicos, raíces de los mismos y posibilidades de amistades que superen cualquier estimación temporal.

Caí acá, hace tres décimas de segundos o hace mil millones de años. Es igual. No hay viento ni cuerdas de relojes. Intuyo que es un lugar alargado, como si fuera una ruta o una vía del tren. Si hay un horizonte no lo veo.

Hay tan poco para ver, que no se me ocurre otra cosa más que pensar. La obscuridad es tan íntegra que hace bien su papel: no se divisan bordes, ni caminos, ni horizontes. El lugar parece un escenario sin público ni aplausos, la adrenalina de no saber si ante un paso caeré, está comenzando a afectarme tanto, que sólo atino a girar sobre las huellas de mis pies. Debajo hay algo que parece tierra seca mezclada con trozos de vidrio, que en otra época fueron parte de un alumbrado público.

En el aire vuelan chispas desprendidas por colillas de cigarrillos que ahora mueren en el suelo, lo más parecido a una estrella fugaz tal vez sea una de esas chispas. Escucho cánticos ahogados que suenan a coros góticos y disonantes. Hay otra gente que fuma, canta y muere. Hace mucho frío para ser el infierno, y aún está templado para llamarse invierno.

El aire huele a humo, tal vez sean los vicios encendidos o el hálito que despiden las almas errantes.  Me invade el sueño junto con la certeza de que esa noche no terminará jamás. Cae otra chispa a mis pies, e ilumina un par de segundos que se extienden medio metro alrededor de mi presencia.

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Río Hondo

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Imagen: Pinterest

12 de diciembre. Amanece.

Llora el cielo con intermitencias y ráfagas fisgonas de luz solar.

De a ratos moja y de a ratos seca a las angostas calles de pedregullo y tierra.

Desde las cumbres bajan los pueblerinos con cargamentos de adornos florales y frutales que liberarán en el Río Hondo en los primeros minutos del décimo tercer día de diciembre.

En la orilla, las mujeres intentan barrer el suelo de arcilla donde ubicarán sus puestos. Ya adornadas desde temprano con escotes y volados, brillos con sabor a cereza en los labios, loción de verbena en el cuello y hermosas trenzas enredadas en lo alto de sus cabezas.

Tienden almidonados manteles naranjas y amarillos sobre largos tablones de madera, donde retozarán cuencos abundantes de frutas y verduras de estación, mezclados con estampitas y rosarios en honor a la Virgen Niña del Río Hondo.

Reza casi como en un canto a los visitantes y vecinos la comadrona del pueblo, mientras se hamaca detrás de su puesto de albahaca y frutillas:

“Pide un deseo, tú niña y tú también que ya no eres niña ni volverás a ser joven. Pídelo con el corazón abierto y la virtud de los ojos que aún han visto muy poco al otro lado de la orilla. Cuenta los días de tu espera con inmensa fe, reza, frota por día una cuenta de tu rosario de piedra coral, que al terminar los cincuenta y nueve días y los cincuenta y nueve rezos, agradecerás sin pedir más y volverás a empezar la cuenta.”

Bajo el arco de enredaderas que marca el comienzo del sendero,  que guía hacia el sector de la orilla del río desde donde partirán las ofrendas, Pedro –mecánico de herencia y encantador de abejas por pasión- relata entusiasmado a una pareja de forasteros, que a falta de manantiales y nacientes, a falta de Minerva y Coventina, sobra río Hondo y Virgencita para arrastrar penas, lágrimas y peticiones, que volverán condensadas al cielo en la tercer luna llena del próximo año nuevo.

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