“La memoria es lo que resiste al tiempo”.

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Roland Okoń Photography

Mi querido compañero epistolar:

El tema central por estos días es el frío. Alguien me dijo hace poco que hablar sobre el clima rompe el hielo, y que hablar del clima en un ascensor es muy raro; aunque sospecho que también lo hacen. Me imagino a Dora del 4ºC hablando con Luciano de mantenimiento sobre el frío y sus vericuetos.

Estamos a cuatro días de romper un nuevo récord. En alguna charla intrascendente de principio de año leí que posiblemente vinieras para el 9 de julio. O yo tenía que ir a algún lado a mitad de camino. ¡Qué buenos somos para romper promesas, proyectos y planes! Deberíamos tener un diez felicitado en el boletín. Lejos de parecerme una catástrofe, y de sumarme a esas frases de rotisería del tipo: “si no pasa por algo es”, he aprendido a tomarme las cosas con calma, sin drama, sin apuro, sin insistencia, sin culpar al destino.

¿O será que ya no hay retorno?  Es posible, pero no me estaría sirviendo para mis escritos afirmarlo. Digamos algo que se parezca a la verdad: somos aquel libro abandonado en el fondo de la biblioteca, que ya no huele como antes y cuya hoja 33 aún tiene una frase subrayada: “Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”.(1)

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Con alas y halos

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© Eleni Mahera

Hay personas que llegan a tu vida por un rato o para toda la vida. Dentro de los que llegan para toda la vida, muchos no estarán con vos los 365 días del año. Vendrán cada tanto, te abrazarán fuerte -muy fuerte-, podrás estar con ellos luego de mucho tiempo y sentirte como en tu casa, no hay hielo que romper porque todo fluye, hablás boludeces hasta la madrugada y te reís de los mismos disparates. Otras, aunque no están cerca físicamente, trascienden en el tiempo. Con ellos tenés escondites que con otras personas no. Escondites donde no llevás máscaras, no tenés que aparentar, ni cuidarte con lo que decís o expresás, el miedo es un exiliado que se fue a otros universos. Casi siempre una de las primeras oraciones que uno intercambia con ellos es “extrañaba tanto ser yo mismo, ser yo mismo con vos”.

Son más indispensables que los ángeles de la guarda, más imprescindibles que el amor de tu vida, más necesarios que la luz, el aire o el agua. Vienen a rescatarnos cuando nos perdemos, a cuidarnos sin pedirnos nada a cambio. Tienen alas y halos. Nos recuerdan cuando nos estamos traicionando, cuando nos apartamos mucho de nuestra esencia. Nos llaman con un susurro si nos vamos muy lejos de casa, para que volvamos a ser. Vienen a decirte que no te conformes. Son el asilo de nuestras almas.

Hay días como hoy, en los que me levanto con una de esas voces que me dice algo, y de pronto todo es tan claro que no hay vuelta atrás. “Darling” es una de esas personas.

Darling:

Acabo de leer por ahí algo que dice que “Optimismo es un amor a distancia.”

Tenemos tantas preguntas abiertas y no caben en un libro, creo que no caben ni siquiera en una biblioteca. Ayer mismo me debatía entre varios conceptos del tiempo. Hoy me debato entre varios conceptos sobre el término distancia. Las distancias que nos ponen y que ponemos para no desnudarnos.

Fuimos y somos –vaya si fuimos- un hermoso ejemplo de que la distancia no existe. De que se puede abolir incluso si no hay Wi-fi, si se cae el sistema de Whatsapp o si Facebook es vendido a los talibanes.

Fuimos antes que todo eso, y no sólo sobrevivimos, estamos más que vivos. Podríamos protagonizar una saga completa de alguna serie de culto. Somos invencibles, eternos diría Serrano. Cualquier territorio es conquistable, cualquier revolución posible. Que levanten la mano cuántos soñaron una misma noche uno con el otro y amanecieron abrazando una almohada. ¿Usted señor? ¿Y a quién le vendió sus sueños?

Los recursos son infinitos y caen multiplicados desde el cielo, sólo para nosotros; aunque hoy no los usemos. En nuestros años más intensos fuimos dos que rompieron todos los patrones, reglas e ítems pelotudos preestablecidos. Barrimos con todos los límites, incluso corrimos de lugar la línea del horizonte, lo hicimos ondulado y eléctrico, como si fuese un electrocardiograma; planchamos el mar para dormir sobre él tapándonos con el firmamento. Fueron mil y una noches, mil y una vidas en una noche.

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Azúcar a punto caramelo

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“Hay historias terminadas que ciertamente no se terminan nunca y la noche las cobija. Las hace parecer ciertas. Posibles otra vez.” Lorena Pronsky

Darling:

Qué peligrosas son algunas noches solitarias con olor a azúcar a punto caramelo para el flan. Suena la playlist que armé para nosotros: el Nano canta para Piel de manzana.  Me cobijo en el tema como si fuera una manta norteña tejida en telar: pesada y colorida, con olor a tu perfume mezclado con el mío.

Entre la música, el aroma de la cocina y tu recuerdo me siento como en casa, estando en mi casa. Una casa de naipes a punto de derrumbarse, armada a pura fantasía. Cierro bien las puertas y ventanas.  Quiero evitar cualquier corriente de aire y habitarla un rato más. Que dure, que no se desvanezca, que luche por mantenerse en pie. Alguien que luche ya que nosotros nos hemos rendido.

Un aire tibio baja desde el cielorraso hasta el sillón donde estoy acostada. Creo escuchar tu voz leyendo el último escrito que me mandaste. Qué manera que tenés de habitarme con tus palabras.

Tu voz me acompaña mientras me bajo del auto y entro a la biblioteca. Llueve torrencialmente, y la galería repleta de plantas y enredaderas es una sinfonía llena de gotas que crean toda clase de notas musicales. Busco un libro para vos, algo enroscado y lleno de cuestiones filosóficas, que leerías en el recreo repleto de ausencias. Un Principito dibujado en la pared se ríe de nosotros. El libro que llevo en la mochila habla de dos que intercambiando nombres llegan a un lugar que nunca compartieron con nadie más. ¿Te suena? Tan nosotros…

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Amor en segundo plano

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Sharon Sprung

15 de marzo de 2018

Darling:

Los almendros comienzan a florecer en la otra punta del planeta, donde la primavera está a punto de comenzar.

Por estos lares entra el sol tibio por los ventanales y escucho a mi vecino gritarle mucho a su perro. Siento ira contenida dentro de sus gritos. Temo por el can. Mataría a mi vecino antes de que mate al perro, pero eso es ilegal. La vida se está tornando en un asunto sumamente ilegal.

No escucho al perro llorar, siento alivio, también me siento cobarde. Me dan ganas de meter la cabeza bajo la almohada y no escucharlo más, ni al perro ladrar ni a mi vecino gritar.

Por mi negocio los parroquianos se acercan al mostrador con problemáticas nimias, tales como la vestimenta, la bolsa de tela para los mandados o el tamaño del mantel para que quepa sobre la mesa del comedor.

¿Qué hacer? ¿Cómo hago para no seguir huyendo de esta vida? ¿O realmente ya es hora de que huya? Aceptar o morir. Cambiar o morir. Seguir o morir.

Siento que huyo o me resguardo, da lo mismo. Estoy encarcelada dentro de mis propios miedos, miedos que niego, aunque me encanta vociferar que no le tengo miedo a nada. Hay una dicotomía enorme entre lo que se ve que soy y quién soy. Qué novedad!

 

Suena una canción. Y vos volvés con ella. El eterno resplandor de una mente abarrotada de recuerdos.  Me encanta el estribillo del tema. Quiero escucharlo una y otra vez, y abrazarte fuerte mientras suena y pasamos de largo las otras notas musicales. Hay temas que si no fueran por el estribillo no serían nada. ¿Seremos nosotros un estribillo? ¿O somos la nada que queda de la canción sin éste?

Me niego a ser miserable, aunque la miseria se instala cuando yo te pido, y vos me pedís, yo te niego y vos me negás, ensanchando aún más la distancia física que nos separa. Casi ya es como un capricho, y así podremos seguir hasta los siglos de los siglos.

Es amor en segundo plano. Y nada más.

Patricia Lohin

Ausencias

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© Adriana Lestido

1 de marzo

Mi querido compañero epistolar:

Ya arrancó marzo y estoy tan cansada. Me siento derrotada. Las ganas se han ido por el water como dice el Nano.

Busco los quiero y me encuentro con los tengo. La derrota es una de esas tormentas de verano que trae lluvia y deja un cien por ciento de humedad que aplasta la cabeza y el corazón. Estoy cagada. Emocionalmente no disponible. ¿Existe tal cosa como no estar disponible emocionalmente?

Pasa la gente por mi vida como en una estación de tren. Los veo caminar, amar, reír, despotricar. Los observo accionar mientras yo estoy parada, inerte, estupefacta ante la parálisis de mi propia vida.

La vida está en otra parte parafraseando a Serrano. Aún no sé dónde.

Crisis le llamarán, sombras chinas, mi propia sombra reflejada en una pared mal pintada que distorsiona mi realidad.

Quisiera descubrir nuevamente el placer de lo pequeño, instalarme en el tope del faro y divisar lo completo y perfecto que es todo, incluso hasta mi supuesta muerte cotidiana de hoy.

Volver a leer un libro con pasión, sacar mi cabeza por la ventanilla y aullar al viento, trotar y sentir cómo crecen alas en mis zapatillas, meterme en el mar vestida en pleno mayo, que me brillen los ojos de alegría.

Me siento como una rosa exuberante y roja que ha perdido la intensidad de la fragancia. Mueren sus pétalos que se convierten en planos dentro de un libro cualquiera.

Me pregunto si hice mal en tirar el pétalo de la rosa que me regalaste, o los recortes con tu letra manuscrita, o la fantasía de encontrarte.

En realidad me pregunto qué hice mal, todo el tiempo. Es una pregunta reiterativa, que asedia y me quita horas de sueño por las noches.

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Exilio

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© Andrei Baciu

24 de febrero

Mi querido compañero epistolar:

Las mañanas no son las mismas. Huelo el otoño. En serio… hay personas que huelen la lluvia antes de que los moje la primera gota. Conocí a uno de ellos.

Pero bueno, yo huelo al otoño, que llega despacio, pero estaría viniendo. Entiendo que este cumpleaños – el mío – tampoco estarás, pero como he sobrevivido a los otros sin tu presencia, estipulo que puedo vivir unos cuantos más sin que estés.

¿Te acordás de esa frase de volver a los lugares donde uno amó la vida? Siempre me pareció una frase de esas que dicen los que viven del pasado.

No estoy segura de querer estar volviendo a ningún lado. Porque entiendo que aunque sean repetidos el lugar, la persona, el horario… ya nada es igual. Nosotros somos distintos. Mejor o peor no son adjetivos calificativos para estas cuestiones. No hay un beso igual a otro, ni una mirada, ni siquiera el amor sigue siendo igual.

Volver tal vez no sea mi palabra. Seguramente huyó del diccionario, como huye mi persona intermitentemente de la vida y del amor.

Esta semana he aprendido que a los lugares donde la vida no te amó no hay que volver.

Posiblemente puse mi cuota de no entrega, aunque en este afán desenfrenado mío personal de creer que el mundo es mundo porque el cambio es constante, tan constante como las vueltas que damos alrededor del sol, tan constante como la sucesión de días, incidentes, accidentes, coincidencias y vivires; me ganó la utopía, me ganaron las ganas, volví y al final me encontró la decepción.

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¿Será que la tierra es plana?

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© Maria Gutu
Mi querido compañero epistolar:
Año 2018. Y aún estamos boyando en esta circunferencia. Me recuerda a la figura de dos que se alejan pero que en realidad vuelven a encontrarse porque la tierra es redonda, muy a pesar de lo que dice una nueva asociación que promulga que la tierra es plana. Mucha gente que no tiene nada que hacer.
Pasan los años y pasamos nosotros, recorriendo rutas y aún sin encontrarnos. Imagino tu mirada atenta a qué voy a escribir, por dónde saltará mi bipolaridad hoy. Si tengo un día candente, o un día choto, un día solitario o un día de jazz. El verano me consume. Eso lo sabés desde siempre. Aunque este verano tiene más aire a playa que otros.
Mojo los pies en el mar y creo sentir el olor de las algas de nuestras playas del sur. Estoy harta de mirar al pasado, pero a veces es inevitable, porque de ese lugar es que venimos, y en ese lugar es que estuvimos con miles de sueños que fueron mojados por la espuma de las olas. Hoy creo que viven naufragando en el Atlántico. Me gusta pensar que las corrientes marinas los llevan y los traen, y que en algún momento volverán a la orilla, como una botella translúcida en la que dejamos escritos nuestros nombres.
Lo que no sé y nadie me responde es si estaremos en la orilla para encontrar y destapar juntos esa botella.
El invierno hoy es un lugar muy lejano. Miro por la ventana y las hojas de los árboles lucen verdes y aguerridas, prendidas con desesperación a las ramas de los árboles. Falta para despojarse, falta para otra oportunidad, falta para estirar la mano y para decidir. Pienso en el destino como un camión de los nuevos, esos que vienen de frente y no se pueden esquivar.
Si así fuera, dudo que el invierno traiga otra cosa que frío o desencuentro.
Lo siento darling, el calor no me deja pensar con coherencia ni con esperanza.
Ayer, de refilón, antes de salir de mi casa hacia el mar, me miré en el espejo. Vi el largo del brazo reflejado en mi pupila, y en el medio el codo, arrugado. Un simple detalle. Igual de alarmante que la falta de tersura que habita mi cuello. La piel parece hacerse cada vez más holgada. Y nosotros, dentro de ese saco, que muchas veces sentimos como irreconocible. ¿Somos nosotros los que lo habitamos? ¿Cómo pueden congeniar este espíritu jóven y con tantas ganas de todo con una piel que ya no hace juego?
Me siento una adolescente cautiva en un cuerpo de una mujer adulta. Me río como niña, y aún lloro como a los veinte. Quiero tirarme desde lugares insospechados, navegar, volar, delirar, hacer el amor a cualquier hora, comer cosas con azúcar, manzanas crocantes envueltas en pochoclo -mentira, las detesto pero quedaba lindo así escrito-, y quiero bailar. Todo eso mientras te espero, o hago que te espero, o sueño que te espero.
El tiempo está resultando ser eso que acontece, que no puede capturarse, envasarse, atesorarse.

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