Exilio

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© Andrei Baciu

24 de febrero

Mi querido compañero epistolar:

Las mañanas no son las mismas. Huelo el otoño. En serio… hay personas que huelen la lluvia antes de que los moje la primera gota. Conocí a uno de ellos.

Pero bueno, yo huelo al otoño, que llega despacio, pero estaría viniendo. Entiendo que este cumpleaños – el mío – tampoco estarás, pero como he sobrevivido a los otros sin tu presencia, estipulo que puedo vivir unos cuantos más sin que estés.

¿Te acordás de esa frase de volver a los lugares donde uno amó la vida? Siempre me pareció una frase de esas que dicen los que viven del pasado.

No estoy segura de querer estar volviendo a ningún lado. Porque entiendo que aunque sean repetidos el lugar, la persona, el horario… ya nada es igual. Nosotros somos distintos. Mejor o peor no son adjetivos calificativos para estas cuestiones. No hay un beso igual a otro, ni una mirada, ni siquiera el amor sigue siendo igual.

Volver tal vez no sea mi palabra. Seguramente huyó del diccionario, como huye mi persona intermitentemente de la vida y del amor.

Esta semana he aprendido que a los lugares donde la vida no te amó no hay que volver.

Posiblemente puse mi cuota de no entrega, aunque en este afán desenfrenado mío personal de creer que el mundo es mundo porque el cambio es constante, tan constante como las vueltas que damos alrededor del sol, tan constante como la sucesión de días, incidentes, accidentes, coincidencias y vivires; me ganó la utopía, me ganaron las ganas, volví y al final me encontró la decepción.

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¿Será que la tierra es plana?

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© Maria Gutu
Mi querido compañero epistolar:
Año 2018. Y aún estamos boyando en esta circunferencia. Me recuerda a la figura de dos que se alejan pero que en realidad vuelven a encontrarse porque la tierra es redonda, muy a pesar de lo que dice una nueva asociación que promulga que la tierra es plana. Mucha gente que no tiene nada que hacer.
Pasan los años y pasamos nosotros, recorriendo rutas y aún sin encontrarnos. Imagino tu mirada atenta a qué voy a escribir, por dónde saltará mi bipolaridad hoy. Si tengo un día candente, o un día choto, un día solitario o un día de jazz. El verano me consume. Eso lo sabés desde siempre. Aunque este verano tiene más aire a playa que otros.
Mojo los pies en el mar y creo sentir el olor de las algas de nuestras playas del sur. Estoy harta de mirar al pasado, pero a veces es inevitable, porque de ese lugar es que venimos, y en ese lugar es que estuvimos con miles de sueños que fueron mojados por la espuma de las olas. Hoy creo que viven naufragando en el Atlántico. Me gusta pensar que las corrientes marinas los llevan y los traen, y que en algún momento volverán a la orilla, como una botella translúcida en la que dejamos escritos nuestros nombres.
Lo que no sé y nadie me responde es si estaremos en la orilla para encontrar y destapar juntos esa botella.
El invierno hoy es un lugar muy lejano. Miro por la ventana y las hojas de los árboles lucen verdes y aguerridas, prendidas con desesperación a las ramas de los árboles. Falta para despojarse, falta para otra oportunidad, falta para estirar la mano y para decidir. Pienso en el destino como un camión de los nuevos, esos que vienen de frente y no se pueden esquivar.
Si así fuera, dudo que el invierno traiga otra cosa que frío o desencuentro.
Lo siento darling, el calor no me deja pensar con coherencia ni con esperanza.
Ayer, de refilón, antes de salir de mi casa hacia el mar, me miré en el espejo. Vi el largo del brazo reflejado en mi pupila, y en el medio el codo, arrugado. Un simple detalle. Igual de alarmante que la falta de tersura que habita mi cuello. La piel parece hacerse cada vez más holgada. Y nosotros, dentro de ese saco, que muchas veces sentimos como irreconocible. ¿Somos nosotros los que lo habitamos? ¿Cómo pueden congeniar este espíritu jóven y con tantas ganas de todo con una piel que ya no hace juego?
Me siento una adolescente cautiva en un cuerpo de una mujer adulta. Me río como niña, y aún lloro como a los veinte. Quiero tirarme desde lugares insospechados, navegar, volar, delirar, hacer el amor a cualquier hora, comer cosas con azúcar, manzanas crocantes envueltas en pochoclo -mentira, las detesto pero quedaba lindo así escrito-, y quiero bailar. Todo eso mientras te espero, o hago que te espero, o sueño que te espero.
El tiempo está resultando ser eso que acontece, que no puede capturarse, envasarse, atesorarse.

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Fuimos lo que fuimos

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© Irene Cabré

Carta de amor o desamor, ponéle el título que quieras.

Al sur del planeta, Junio de 2017

“Darling:

Escribo casi con enojo. Es curioso que lo único que me subleve –“VOS” con esas tres letras- sea una constante en mis últimos años. El resto es la vida.

Hay un movimiento cíclico que me lleva al mismo lugar: nos escribimos, te extraño, te escribo más, un remolino interior y mi cuerpo que responde.

“Sería fantastic” que estuvieras acá, para recibir los golpes de mi mirada -que de neutral no tiene nada-, para escuchar mis silencios demoledores, para que sientas presencialmente lo que es que te maten con el diferencial. Pero no ese diferencial de quien te ignora porque no le importa nada, el otro, el de la que te ignora porque le importa todo.

Siento mi cuerpo tan convulsionado que está listo para la lucha. Tengo violencia interior –en realidad es pasión- y te puedo asegurar que hoy sos la única persona que la provoca.

Volví a casa al mediodía, dispuesta a continuar un día casi agradable, lleno de rutinas que no son aburridas y me confortan por el momento. Vos y yo sabemos cómo vivir la vida: ocupándonos.

El caso es que mientras hacía un par de cosas, todo lo que yo tapo con extrema cautela durante días, meses y horas, sale como un volcán en erupción, sin previo aviso, sin nada que anticipe que la lava va a arrasar con todo.

“Todo” es la supuesta seguridad de que uno ya tiene los sentimientos bajo control. “Todo” es el puto control que uno cree tener. “Todo” es el pensamiento. La lava es el sentimiento.

El volcán es el sexo, hermosa y magnífica manifestación que encontramos en común para mucho de lo que sentimos. Terminé enojada y autosatisfaciéndome, furiosa combinación. Pensando en vos claro. Teniendo tu voz clara y al instante dentro de mi cabeza, como si ayer mismo la hubiera escuchado. Casi lloro mientras temblaba. Y lloré. ¿Por qué mentir?  Y me encontré una vez más, amando mediante una manifestación física que va más allá, atravesando kilómetros, fundiendo sustancias que ni sabemos que existen, salvo en nuestras mentes. Entonces volví a permitirme sentir y a estar en ese lugar tan nuestro, tan íntimo; que aún sin el tacto ni la saliva o la respiración, aún sin el murmullo, existe. He tenido muchos de esos momentos sin compartir, pero hoy quería que lo supieras.

Me gusta cuando me mandás esas fábulas de dioses y otras yerbas, porque a veces me proyecto en esos lugares y me la creo, de que estamos en otra dimensión.

Pero siempre sale la mujer práctica que hay en mí. La que dice voy a correr 30 km y lo hace. La que le preguntás cómo llegar y te da la dirección. La que pregunta cuándo y necesita la respuesta. En ese punto es que somos el día y la noche. Como en el hechizo del lobo y el halcón, que no se encuentran nunca porque uno vive de noche y el otro de día. Por favor busquemos al brujo que puede desarmar semejante cosa.

Ya está, me entrego, en realidad nunca dejé de entregarme, pero hoy me entrego más. Pongo la cabeza y que alguien la corte please.

Que sea lo que tenga que ser. No quiero levantarme más pensando que no tengo que pensarte. No quiero tener que pensar que no tengo que sentir tal cosa. No quiero tapar más nada. Ya perdí la cuenta del tiempo que hace que espero y lucho. Creo que luchar para no sentir es peor que obligarse a sentir algo por alguien.

Y esa nueva filosofía de dejar ir…. Es una cagada. Se puede dejar ir lo que no importa, lo que da lo mismo, lo que no aporta. De los diez millones de veces que intento dejarte ir –por repetir esa frase tan absurda- volvés recargado, con más fuerza. No malinterpretes, no volvés vos porque me escribiste, sino vos en mi interior. Es como tapar una mancha de humedad en la pared con pintura al agua.

No tengo miedo a que nunca nos encontremos. Tampoco tengo miedo a morirme. Si me muero ahora todavía pueden decir “qué joven, qué linda, qué buena” y encima no te vas a enterar. ¿Te diste cuenta de que si nos morimos no nos vamos a enterar? O sea, es una boludez atómica lo que te estoy planteando, porque no somos nada, nada nos une y a la vez somos todo y para mí sos tan importante que no tenés ni idea, y mañana puede que ya no estés más en ningún lugar terrenal, y no pasa nada no? Claro, todo pasa. Dejemos el drama para Cumbres borrascosas.

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Moviendo el corazón

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Red Sofa II Karin Broos

 

Enviar una carta es una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el corazón. Petronio

Querido:

Las mejores cartas que he escrito en mi vida, con las mejores palabras y los más profundos latidos, fueron para vos, y hace ya un tiempo largo.

En el intervalo hemos muerto, y me ha llevado todo este tiempo volver a desenfundar la Lettera y volver a tipear.

Cuando uno ya no está enamorado, cualquier palabra que dispare será sin consecuencias serias, pasará desapercibida, no creará sentimientos, sensaciones ni daños colaterales. Será una palabra que vivirá en el limbo, sola, desolada, gris, sin latido, inerte, sin posibilidad de irse o moverse. Será como yo hoy: no estará viva pero tampoco muerta.

Creo que ya lo sabés, en esta vida a la larga te acostumbrás a todo: al desamor, al rechazo, al destiempo.

Es un suplicio no estar enamorado y lo estoy padeciendo. En las calles gritan “apasiónense”, como si fuera algo que se consigue comprando una bebida energizante.

Me estoy secando día a día, mi sangre se espesa, no hay nada que erice mi piel, incluso he dejado de escuchar cierta música porque ya no me provoca nada.

Escribo para no morir.

Escribo para que mis dedos sangren al menos, y así sentir a través de éstos. Escribo para escarbar dentro de mis entrañas y encontrar alguna señal de vida humana o lo que fuera que se mueva. ¿Alguna célula tal vez?

Quisiera culparte, tanto como odiarte, aunque sabés que soy de la especie que no aprendió a odiar, sino más bien a odiarse en igual proporción que a culparse. Ni siquiera puedo quererte. Me lo he prohibido enfáticamente, como un acto de auto salvación: como esos suicidas que se tiran de un séptimo piso pero aún así ponen sus brazos delante para amortiguar el golpe. Plan B, voy a incendiar mi edificio pero igual activaré la alarma de incendios.

Sin embargo cuanto te pienso creo que existo. Qué ironía.

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Banquetes clandestinos

Letters 18 Carin Rehbinder

 

Una cosa lleva a la otra, y la otra a la otra. Siempre es asi, incluso cuando nos encontramos chupando un clavo o asombrados porque terminamos sentados de cola en el asfalto.

Bueno, yo terminé sentada, no en el piso, pero si repasando lo que me desvela desde que aprendí a leer y alimenté mi mente con cuentos como La Cenicienta y luego con libros de colección, entre ellos mi querido Papaíto piernas largas, todos de finales felices. Sepan entender, eran principios de los 80.

La falta de olores en la cocina y de arrumacos en el pasillo, hacía que de niñas, tuviéramos carnet de biblioteca, privilegio comparable al de tener uno de conducir hoy en dia. Y de la biblioteca, a la habitación, juntando las rodillas, y sintiendo en la punta de los dedos como corren las hojas amarillentas y ásperas del libro usado.

No lo voy a negar, los libros crecieron junto con nosotras, que si bien no leíamos ni a Cortázar ni a Borges, nos regodeábamos con historias de amor que iban incrementando ya en pasiones desatadas.

Es asi como el camino que hacíamos hacia la escuela, lo utilizábamos para recrear nuestro futuro, que no era más que un rejunte de un capitulo de un libro mas tres de otro. Mientras cruzábamos las vías del tren, recitando nuestro nombre de atrás para adelante, nos acercábamos paso a paso al destinatario de turno de nuestras ilusiones, quien obviamente ya estaba en el aula.

Pero volvamos a donde estaba sentada: arriba del romance, los tiempos del romance, y ustedes saben:  las cartas, el cortejo, la primera cita, la flor arrancada al pasar por alguna vereda…

Existe o solo es el fruto de mi mente quemada con tantos cuentos de amor y finales felices?

Y si empezamos con un instructivo para escribir cartas de amor?

Tiempo de espera  – Carin Rehbinder

 

“Para escribir cartas de amor

no es necesaria

la cautela

ni el orden

ni encontrar la perfecta esquela

tan sólo encender la lámpara

como se enciende el cuerpo del amor.

Untarse toda,

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Mathilde y la necesidad fatal de amarla.

Boulevard Hotel Brent Heighton

Hace un tiempo escuche en una película o serie televisiva, no lo recuerdo, una definición alternativa de porque el hombre y la mujer insisten en estar en pareja.

Un compañero no es más que un testigo de nuestra vida. Necesitamos imperiosamente que alguien sea testigo de nuestros éxitos y fracasos, de nuestras sonrisas, de nuestro llanto.

Entonces recordé el caso de varias parejas que viven juntas desde hace muchos años, en como uno y otro, intermitentemente, son guardianes de las historias del otro.

La verdad es que es más complejo, no se puede hablar de testigo sin hablar de amor, ni de pasión, de respeto, y la suma de un millón de ingredientes microscópicos que hace que dos personas sientan que están destinadas a compartir sus vidas.

Y como una cosa me lleva a la otra y enero me ha agarrado un poco dispersa, volví a mi expedición en la búsqueda de “la carta de amor” o del tesoro perdido.

En vano revise mis cajones, aunque luego recordé que soy mala guardando cosas, y que es posible que en alguna década anterior a mi actual existencia, naufragara algún papel cuyas intenciones fueran las de vivir como carta de amor.

Sigo insistiendo con que el ingrediente fundamental para la carta, el infalible, es la imposibilidad. La imposibilidad de concreción del amor, de lejanía con la persona supuestamente amada –muchas cartas se escriben en periodos en que la pareja en cuestión está separada físicamente, las trabas sociales, las diferencias, incluso hasta diferencias en los tiempos, en las etapas en que alguno de los dos vive. Porque no recordar las cartas de amor en la película “La casa del Lago”, en donde como en un cuento fantástico los protagonistas viven en años diferentes y se comunican.

Si hay algo que debo reconocer que trae este nuevo siglo consigo es la diversidad, lo que nos acerca, el derrumbe de barreras que antes eran imposibles de sortear o pensar siquiera en superarlas. Ya cada vez son menores las situaciones en que el color de la piel, el estatus social como se lo llamaba antes, la raza, y otras creencias arraigadas son traspiés para que una relación no se inicie. Ni siquiera ya es un obstáculo vivir en dos continentes distintos, gracias a que hoy podemos comunicarnos ahorita mismo, sin esperar cartas navegando por el Atlántico.

Las distancias de acortaron, muchas murallas fueron derribadas en pos de que la verdad nos hace libres y los sentimientos merecen ser expresados. Pero a pesar de esto, seguimos teniendo los mismos problemas. Fracasamos, le erramos, confundimos amor con necesidad, ilusión con realidad, insistimos con cambiar al otro, y nos hemos olvidado de las dulces mieles que adornaron aquellos tiempos, cuando estábamos enamorados y era posible que escribiéramos una carta de amor con todas las letras.

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Por favor que vuelva la fantasía

Mi ángel ¿Hay vida del otro lado de los labios?  – Juan Lecuona

Alvaro Castigno – Galería de Arte

Mi querido señor:

Hace rato que no le escribo. Entre algunos pormenores que he tenido este último tiempo y acontecimientos fuera de agenda ha ocurrido algo más grave aún. Me he olvidado de su rostro.

Al principio me pareció curioso, luego  preocupante,  ya que por más que yo cerrara fuerte mis ojos y tratara de traer su imagen hasta mí, eso era imposible. Me aparecían otros rostros conocidos a los cuales el título de señor no les cabe ni por asomo.

Sí, estoy mintiendo. Es cierto que en algún momento les he dedicado parte de mi parafernalia a esos rostros. Pero vió usted como es el tema del tiempo y la erosión. Entre la lluvia, el viento, los huracanes y en algunos casos hasta con demasiados días consecutivos soleados y sin siquiera brisa, todo se descubrió, o deslució, o destiñió. Aún no tengo la frase correcta para semejante cosa. O es que un hombre no es siempre lo que es?

Alguna vez escuchó esa frase de moda de un cantante que dice algo así como que me gustas como eres cuando estás conmigo?

Pues bien, creo que con ese matete de que alguno se convirtió en otra cosa para estar conmigo y yo colaboré adoptando casi la misma postura, pues que nos hemos quedado solos!

Mire usted, se levanta un día y de pronto ya no sabe nada de nada, ni quién era usted antes, ni quien era la persona que está ahora al lado suyo.

Sí, ya sé. Que todo cambia, que todo evoluciona, como los jeans, ya no se usan más pata de elefante. … pero a veces todo vuelve, como usted.

Realmente quiere volver? A mi me gustaría francamente que volviera, total es nuestro secreto y nadie nos ve.

La única duda que me cabe en todo esto es de qué manera volverá usted a mí y cómo estaré yo para recibirlo.

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