Encontrando el camino de vuelta

Across The Golden River – Megan Aroon Duncanson

 

Dicen que para volver a encontrar el camino de vuelta al río, nada mejor que beber un sorbo de agua de ese mismo río todos los días. Este elixir debe ser proporcionado por otra persona, de preferencia hermano de pesca. Es la única que podría entender que en realidad no se ha perdido el camino de regreso, sino que temporalmente no se puede volver a transitar.

Pichín Rubio asegura que en la vida, es más importante ser buen tipo que buen pescador. Y luego agrega que él quiere ser “muy pescador” antes que buen pescador. Aquí es donde me doy cuenta que estoy frente a un “muy pescador” de toda la vida.

El objetivo es de género femenino y con grandes capacidades de adaptación, por eso es que la encontramos tanto en el río como en el mar. Si las lisas son una especie codiciada, los liseros son definitivamente sus más fieles seguidores. Tal es asi que Pichín comenzó sus días de lisero en el Rio Quequén. Por ese entonces los pescadores eran selectos, y cada uno tenía su propio lugar de pesca. Estaban las piedritas de “tal” o de “cual”. No hablamos de egoísmo ni de plantar banderas, tan sólo de lugares propios y con secretos ocultos.

En las piedras de Pichín está el punto justo donde sólo él puede dar en el blanco: río bajo, zanjón, cruzar de panza sobre el lodo, tirar exactamente a quince metros, justo después de una cordillera de piedras. Allí ocho, diez, doce lisas, o veinte y buena pesca.

Pero el río no siempre obedece al mandato de los liseros, y hay épocas en que se encapricha y ensucia. En uno de esos días comenzó la excursión lisera al mar. Como pescador es casi sinónimo de amigo, un lisero de mar los llevó hacia el objetivo.

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De cómo mis días amanecieron al lado de una caña.

 

Hay veces que el azar viene de una manera que por más que lo revisemos una y otra vez no podemos entenderlo.

Mi viaje con la caña fue totalmente azaroso. Debo comentarles que no soy pescadora más que de palabras, y el entorno en el cual viví durante casi cuarenta años no podría haber estado más lejos de cualquier reel.

Lo mágico, es que uno se acerca por curiosidad a algunas cuestiones y termina atrapado y enroscado, haciendo cosas imprevisibles.

Mis primeras excursiones de pesca fueron simplemente de acompañante, con reposera, música, libro y tal vez algún anotador. Cuando terminé de sobre extasiada de hermosos atardeceres en un lago, o de leer varias novelas, me fui acercando a la cuestión por mera curiosidad y aburrimiento.

Pero antes que nada la fatídica pregunta: como un mortal puede pasar horas con los pies arraigados en el agua y mirando con la vista perdida entre el horizonte y la tanza?

Es casi imposible contestar semejante pregunta si no se vive esa pérdida temporal. Solo puedo afirmar que luego del entrenamiento de rigor, de enredar mucho, de cortar, de querer tirar la caña lejos, viene la calma y el silencio.

El pescador tiene una comunión con el entorno, y muchas veces por lo que he escuchado de ellos, no solo es una pasión, es un cable a tierra, es un dialogo infinito con el silencio, es tener todos los sentidos alertas y a la vez adormecidos.

Acompañar a un pescador, es como dice Arjona, acompañarlo a estar solo. Es no invadir lo que parece un nivel armonioso que une al espejo acuoso donde se encuentren.

La cosa fue que tuve un breve romance con la caña, el sol, el agua y los anzuelos. Y tal vez la historia hubiera quedado allí, de no ser que gracias a esa aventura, hoy puedo escribir algunas anécdotas de pescadores.

Así es, la vida tiene esas sorpresas, y es así que un día tiré y en mi anzuelo quedó enganchado un hermoso pez dorado, que me permitió hacer lo que me gusta pidiendo prestadas algunas historias de pescadores.

 

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