Francesca: encontrando el lugar para volver a bailar.

 

“It doesn’t matter where you are
I can see how fair you are
I close my eyes and there you are
Always”

I see your face before me – Fragmento

 

 

Robert Kincaid nunca trabajó en National Geographic Magazines. Y Francesca posiblemente nunca existió… o sí. El hecho es que Los puentes de Madison, escrito por Robert James Waller, es a mi parecer un excelente libro, de la misma manera que la película.

Como siempre, en el libro encontramos detalles que por tiempo, practicidad y otras cuestiones estéticas, son imposibles de reflejar en una película.

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La película data del año 1995, y yo la he visto desde que he podido a razón de una o dos veces por año. Tal vez, me desvela la decisión que hubiese tomado al finalizar los cuatro días, tal vez ni siquiera hubiese tenido que decidir nada porque no me hubiese subido a la camioneta la primera vez. Creo que en realidad, a parte de ser casi un acto masoquista -por las lágrimas que brotan cuando termina la misma-, la sigo mirando para ver en qué cuadro estoy dentro de ella.

A medida que pasan los años y voy creciendo, voy teniendo otras vistas respecto a la situación que se presenta en la película.

Hoy, ciertamente, deseo que la mayoría de las personas puedan tener su gran amor, dure cuatro días, cuatro años o cuatro décadas.

P:D:: Creo que ya he rendido homenaje a esta película en este blog. A los que sienten la reiteración mil disculpas. No lo puedo evitar.

 

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“Vivo con el corazón cubierto de polvo. Esa es la mejor manera en que puedo expresarlo.

Hubo mujeres antes de ti, algunas, pero después de ti ninguna. No hice ningén voto de celibato; sencillamente no me interesan”.

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El velo pintado

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Recién termino de ver por segunda vez The painted Veil o Al otro lado del mundo en Argentina.

No puedo evitar ver varias veces una película cuando me gusta. Esta en particular tuvo un reposo de varias semanas, por lo que la segunda vuelta, por así decirlo, tuvo un tiempo para leudar.

La disfruté mucho más que la primera vez.

“Basada en la novela clásica de Somerset Maugham, Al otro lado del mundo es una historia de amor ambientada en los años veinte y narra la historia de un joven matrimonio inglés, Walter, un doctor de clase media y Kitty una mujer de clase alta, quienes contraen matrimonio por razones equivocadas y se reinstalan en Shanghai, donde ella se enamora de otra persona. Cuando él descubre su infidelidad, en un acto de venganza, él acepta un trabajo en un poblado remoto en una China asolada por una mortífera epidemia y lleva a su esposa consigo. Este viaje trae significado a su relación y le da propósito en una de los más remotos y bellos lugares sobre la Tierra”.

Bueno, esta es la descripción de las páginas que se dedican a publicitar la película.

Si buscan críticas encontrarán de todo. Pero bien sabido es que no hay mejor crítica que verla uno mismo.

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Miel miel…

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Hoy es domingo y no hay nada mejor para el ocio que revolver películas viejas.

Tuve que limpiar un poco la video ya que estaba en vhs!

No alcanza a entrar en las grandes películas, ni por lo conmovedora ni por las actuaciones. Pero tiene la cuota de romance, belleza y dramatismo necesaria como para pasar un buen rato.

Up close and Personal es una película del año 1996 (ayer nomás), protagonizada por Michelle Pfeiffer y Robert Redford. Rostros bellos, miradas brillantes, música a tono. Algunas reseñas del mundo de la televisión y el periodismo recrean la película.

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Dirigida por Jon Avnet (director de la espectacular Tomates verdes fritos).

Lo mejor: los protagonistas en la playa con este tema de Celine Dione: Because you loved me:

“You were my strength when I was weak
You were my voice when I couldn’t speak
You were my eyes when I couldn’t see
You saw the best there was in me
Lifted me up when I couldn’t reach
You gave me faith ‘coz you believed
I’m everything I am
Because you loved me”

Puro caramelo.

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Black Book

 

 

 

Nunca me termina de asombrar la cantidad de guiones y películas que siguen saliendo de la segunda guerra mundial, del genocidio nazi, de Hitler. En fin, el material es muy extenso, y a medida que pasa el tiempo vamos tejiendo límites no tan rígidos.

Black Book es una película que anuncia una base en historia real.

Podemos ver en ella la vida de una mujer judía desde otro punto totalmente distinto: como una heroína que clama sed de venganza se va desplazando desde la clandestinidad hasta sumarse en las filas de la resistencia y pasar a ser infiltrada para vengarse de los asesinos de su familia.

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Paris Je t’aime

Te amo, dicho en 18 historias distintas, todas en las calles de París.

No es solo una película de amor de carácter romántico, sino de también de desamor, de soledades, de encuentros.

Para los que no tienen paciencia nada más recomendable que varias historias cortas y agrupadas dentro de una película.

Para los nostálgicos, las calles empedradas y un sonido familiar de fondo nos recuerda que no estamos tan lejos de París.

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Para el universo, cuatro días no es distinto de cuatro mil millones de años luz.

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Más de cuatro años duraron mis charlas de diván. La pregunta recurrente para no perder el rumbo, estaba dirigida a los gustos personales, a los sueños, películas, libros, música.

Cada tanto recuerdo haber dicho que mirar Los Puentes de Madison. Creo que la primera vez la alquilé y la miré en formato de VHS. La volví a mirar al día siguiente antes de devolverla. He tenido varias copias y hoy el DVD original luce en mi pequeña colección. De más está decir que lloré hasta que me dolieron las entrañas. Soy mujer, soy sentimental, soy soñadora, no me juzguéis!

En esas sesiones con la voz de conciente sentada en una silla, recuerdo haber planteado la duda de qué hubiese hecho: me hubiese ido con mi amor de cuatro días? Yo creía que no, aunque en ese tema discrepábamos con el profesional.

La sensación que siempre tuve con esta historia (de la cual tengo el libro, por su puesto), es que hay cosas que vienen muy pocas veces en la vida, y para algunas personas nunca, seguramente porque no estuvieron atentos o no se animaron.

En esta vida que llevamos hoy, donde parece que todo es tan naif, tan liviano, con tan poco compromiso, por ahí nos olvidamos que el amor del bueno puede ser posible. Digo amor del bueno al que nos da los votos sin imponerlos, y los tomamos porque no necesitamos otra cosa.

Tener cuatro días de aventura es fácil y accesible.

Que esos cuatro días perduren es casi una utopía.

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Querida Francesca:

Espero que te encuentres bien. No sé cuándo recibirás esta carta. Algún tiempo después de mi partida. Tengo sesenta y cinco años, y hoy hace trece que nos conocimos, cuando entré en tu sendero para pedir indicaciones.

Espero que este paquete no perturbe tu vida en modo alguno. No podría soportar pensar que las cámaras queden en estuches gastados en algún negocio de segunda mano, o en poder de un desconocido. Estarán bastante estropeadas cuando te lleguen. Pero no tengo a quién dejárselas, y te ruego que me perdones por ponerte en riesgo enviándotelas,

Entre 1965 y 1975 estuve casi todo el tiempo viajando. Para alejar la tentación de llamarte o ir a verte, una tentación que tengo virtualmente en todos mis momentos de vigilia. Acepté todas las misiones que pude fuera del país. A veces muchas veces me dije: “Al diablo, me voy a Winterset, y me llevo a Francesca conmigo, a cualquier costo.”

Pero recuerdo tus palabras, y respeto tus sentimientos. Tal vez tengas razón: no lo sé. Lo que sé es que salir de tu sendero esa calurosa mañana de un viernes fue lo más duro que me tocó hacer en la vida. En realidad dudo de que muchos hombres hayan hecho jamás algo tan difícil.

(…)

Vivo con el corazón cubierto de polvo. Esa es la mejor manera en que puedo expresarlo. Hubo mujeres antes de ti, algunas, pero después de ti ninguna.

No hice ningún voto de celibato; sencillamente no me interesan.

Una vez vi un ganso en Canadá, a quién unos cazadores le habían matado la pareja. Sabes que se aparean para toda la vida. El ganso anduvo en círculos alrededor del estanque durante muchos días después de lo sucedido. Cuando lo vi por última vez nadaba solo en medio del arroz silvestre, siempre buscando. Supongo que la analogía es demasiado obvia para el gusto literario, pero es así como me siento.

En mi imaginación, en mañanas neblinosas o en tardes en que el sol se pone sobre las aguas al noroeste, trato de pensar qué puede ser de tu vida y qué estarás haciendo mientras pienso en ti. Nada complicado… salir al jardín, sentarte en la hamaca del porche, estar de pie ante la pileta de la cocina. Cosas así.

Recuerdo todo. Tu olor, tu sabor de verano. La sensación de tu piel contra la mía, tus susurros cuando te amaba.

(…)

No me gusta tenerme lástima. No soy de esa clase de hombre. Y la mayor parte del tiemp no me siento así. En cambio me siento agradecido por haberte encontrado. Podríamos haber pasado uno junto al otro sin percibirnos, como dos porciones de polvo cósmico.

Dios o el universo, o lo que uno elija para nombrar los grandes sistemas de equilibrio y orden, no reconoce el tiempo terrestre. Para el universo, cuatro días no es distinto de cuatro mil millones de años luz. Yo trato de tenerlo siempre presente.

Pero, al fin y al cabo, no soy más que un hombre.

Y todas las elucubraciones filosóficas que puedo conjurar, no me salvan del desearte, todos los días, a cada momento ni del despiadado gemido del tiempo, el tiempo que nunca puedo pasar contigo, dentro de mi cabeza.

Te amo profundamente, totalmente. Y será siempre así.

El último Cowboy.

Robert.

Extraída de “Los puentes de Madison”. Robert James Waller

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