Por la ruta de los acantilados


El viaje en realidad comenzó antes. Cuando fui a buscar mi carnet de conducir y no lo encontré. Pensé que estaba dentro de mi auto casi cero chocado que postraba tranquilamente en el garaje a la espera de los repuestos. Con un poco de desesperación me encontré a mi misma revolviendo todo y encontrando el carnet y la cédula verde en el escondite que tengo para las cosas que no quiero que se encuentren fácilmente. Hay memoria, que frágil que es. En fin.

Nos levantamos de madrugada. La jornada lo requería .Teníamos frente a nosotros tres días y muchos kilómetros, o no tantos y muchas paradas. Pasajeros: dos.

Tras un breve paso por Río Colorado, asado y charla con amiga de por medio, dejamos el portal de Pichi Mahuida para llegar a Las Grutas al anochecer.

La primera noche fue visita y recorrido de rigor por la que no hace tantos años era una villa balnearia, sin casino, con muchas calles de tierra, la capilla, plazoleta con artesanos y marisquerías en la costanera. Hoy es un lugar recomendable de veraneo, con todos los servicios: albergues, comida, excursiones y demás. También se puede dejar a los chicos esperando afuera del casino sin que los rapte nadie, como pudimos constatar personalmente.

El día siguiente comenzó a ponerse en marcha la hoja de ruta que me había trazado. Piedras Coloradas, El Sótano y el imponente Fortín Argentino. Casi 50 kilómetros desde la ciudad, camino lindero a la costa. El mar turquesa y con pocas olas era la mejor brújula. Unos kilómetros antes tuvimos que dejar el camino que se interrumpía por los acantilados y continuar por la playa.

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