Incentivo docente

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© Mauro Macchioni

 

Te estaría necesitando –como odio la palabra necesitar- como incentivo docente. Esa cuota extra que se pagaba en la boleta de impuestos inmobiliarios y que a algunos les servía para algo; poco, chico y  diminuto, pero algo.

A mi me serviría hoy tal cuota. Tal ves para comprar un chocolate aireado que endulce un poco el paladar ante tanta miseria “infraurbana”.

Necesito tu incentivo. Lo niego y a cambio me disfrazo de payaso, de bailarina, de entretenimiento. Me río con tus chistes y asiento cuando es algo serio. Por aquí no pasa nada. Sólo soy una máquina expendedora de “oíres”.

¿Durante cuánto tiempo estará bueno -digo yo- seguir haciendo ésto?

Si a mí si me pasa de todo y vos no preguntás.

Soy  una tormenta enfrascada, que no encuentra la salida, y por ende no tiene resolución.

Una convulsión que no se detiene, la calma que no llega. El sol que se esconde y aún así sigue siendo de día. Furia e impaciencia contenida. Cansancio crónico por lo que deja de brillar y se vuelve obsoleto, inevitablemente, con el desgaste del tiempo. Vos estarías siendo obsoleto. Seguramente yo también esté para el desguace.

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Que salte la banca!

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Hagamos saltar la banca

Que fallezcan las contemplaciones

Las tibiezas, las medias tintas;

Los medios rollos y enojos.

Qué gris ni verde agua o color duraznito.

Para las paredes de nuestra casa

Apostemos por estridencias:

Rock, jazz experimental,

Y el sol pegado en la pared con todos sus matices.

Apostemos todas las fichas al negro el 26

Y hagamos saltar la banca.

Así de una.

Quedémonos ciegos, secos

Indigentes, vacíos, casi muertos.

Agotemos los recursos

Que tenemos para amarnos:

Pongamos en el tapete

El café del bueno que tomamos por las mañanas

Y hasta el licor que le agregamos en invierno.

Juntemos un  millón de besos

Más uno de caricias –nuevas o usadas-;

El centenar de lunares en mi cuerpo

Más todas las palabras que susurrás

Cuando estás ausente.

Apostemos el millón de millones de expectativas

Que teníamos -tan al pedo- uno del otro

Y cumplámoslas todas.

Apostemos a que venís y todavía te espero,

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La casa de la playa

El Perro

Paseo por la playa – Daeni Pino

Me levanté más temprano de lo usual esa mañana. No muchos kilómetros me separaban de mi destino. Los hice como siempre, tal vez un poco más lento que en otras épocas -los reflejos empiezan a fallar con los años-.

Luego de dejar la ruta tomé el camino de tierra zigzagueante que me llevaba a la casa.

La casa se llamaba La Elena. No sé por qué, tal vez porque había leído su significado y me había gustado mucho: la resplandeciente. Me pareció que era un nombre de buen augurio eso de brillar.

Años estuve dudando donde colocar esa casa que  imaginé  tener desde los veinte años. A esa edad siempre pensé que estaría en la playa, y sería algo así como una casa de madera pintada de blancos y ocres, pisos crujientes, elevada una altura apropiada desde el suelo, tan cerca del mar…

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Mail-support

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© Rob Bremner

Señores de Gmail:

Les escribo porque estoy interesada en recuperar correo personal que en su momento se intercambió desde este correo en cuestión con el propietario de la dirección nn@hotmail.com.

Los correos datan de cinco años a esta parte. He tratado por las vías normales y en su momento los recuperé. Pero en un rapto de violencia y despecho tecnológicos los volví a borrar. Y luego los hice desaparecer de la papelera, de enviados, de guardados y de todo resto de ciberespacio con el que me crucé tan inoportunamente.

Entiendo que a ustedes los problemas personales de los cibernautas les importan un pito. En realidad la falta de esos mails no es un problema, sino que es una cuestión de recupero de bienes personales. Si es que al correo entre dos personas que se conocieron antes de ayer –alrededor de los años 80- se le puede llamar bien personal.

Entiendo que la inteligencia artificial estaría dando pasos agigantados hacia una comunicación más eficiente y cercana a la humana. Pero de todas maneras no nos estaríamos entendiendo.

Vuelvo a llenar el formulario y la respuesta sigue siendo la misma: un frío formulario en respuesta del anterior formulario intitulado “Notificación de Gmail sobre tus correos desaparecidos”. Que vuelva a cambiar la contraseña y a revisar la configuración de privacidad.

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Mejor el amor en tiempos de plenitud

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© Yasir Bakili

Volvemos.

Después de una vida,

Con el cauce del río encima de los hombros.

De yapa traemos también

Espuma, caracoles y mar,

Breves trotes silenciosos atrapando atardeceres

Y noches eternas plagadas de sueños sincronizados.

Y al fin llegamos a la vuelta de la esquina,

Donde el caballito de colores

Sube y baja en el carrusel

Y nosotros riendo como niños

Buscamos la sortija

Que nos deparará el próximo viaje.

La mirada hipnótica del tiempo

Clava las agujas del reloj

En el preciso instante en el que nos miramos.

Sabe tu boca a jugo de uva,

Dulce e intenso.

Encuentro mi hogar en tu boca

Y mis oídos tiemblan al escuchar

El susurro de tu voz familiar.

No sé si nos fuimos.

Sé que estamos.

Me acusás de taxativa,

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Pendiente

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© Renata Ginzburg

Primer mensaje de la mañana: Banco Santander Río notificando que tengo un sobregiro superior a lo acordado.

Hace unos años hubiera llorado por un sobregiro: a los treinta cuando la responsabilidad era una caja fuerte llena de mandatos diarios. Ahora creo fervientemente que no se puede vivir sin tener un sobregiro de algo o de alguien. Es decir…. Estar sobregirado… deberle algo a alguien, tener una zanahoria que nos invita a levantarnos al día siguiente para saldar esa cuestión que tenemos pendiente. Así sean doscientos pesos de sobregiro, un café, una charla, una puesta de sol, aunque deberle a la AFIP no estaría contando.

Levantarse y no tener nada pendiente sería algo así como amanecer y ver de pronto que una bomba nuclear arrasó por completo con lo que quedaba de vida sobre la faz de la tierra. Y vos estás solo, más sólo Will Smith en “I am legend”, porque ni tenés perro ni te vas a encontrar con nadie más. Hasta los zombies son desaparecidos en acción. No más colas en el mercado. Qué horror… ¿dónde estaría quedando ese paraíso?

Suena el celular. Me escribís para saber si te estoy esperando. Ese es el segundo mensaje de la mañana luego del mensaje corporativo del Santander. Querés saber si soy tu pendiente. Me resisto a confirmártelo.

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Encontrar la puerta roja y abrirla

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© Carlos Gomes

Ya no quiero saber qué tengo que hacer para ir más liviana por la vida.

No más dietas mentales ni físicas. No más entrenamientos exhaustivos ni lecturas tibias de páginas de autoayuda. ¿Paulo cuánto? Te vas de mi biblioteca. ¿Quién sos para decirme cómo me tengo que tomar la vida? Por cierto, ¿y a vos cómo te estaría yendo con la tuya?

Que silencien esa música aletargada de meditación, desde donde nacen voces de gente dormida o que parece que tomó LSD en microdosis. Basta de respirar sincronizadamente, que ni el corazón late a tempo y aún así es perfecto.

Quiero vivir en el trópico y que por las noches llegue el invierno del polo sur. Caminar desnuda por el pasillo y por la noche temblar de frío y apoyar mis pies helados sobre tus piernas. Sentir la angustia existencial, la carcajada profunda, el miedo tremendista, ser pasional, desmedida, infumable, caprichosa. Sentir que el sol anuncia una mejor vida, y al minuto siguiente sentir que la vida se termina. Quiero ser exagerada, vivir con lujuria, con lujos de la gente que vive en los lugares más cálidos del corazón,  caminar descalza en el patio, chupar un cubito, tener plata para lo necesario, que viajemos amontonados en una batata pero cagados de risa, usar el mismo vestido para caminar por la playa al atardecer, temblar cuando la púa acaricie el disco gastado, tener deseo de la carne, de lo dulce y de lo salado, comer primero papas fritas y luego un helado de chocolate amargo, para empezar nuevamente con las papas. Que bailemos desaforadamente, como esa vez que le dimos a la playlist de bizarros a todo volumen y no parábamos de bailar, mirarnos y tocarnos.

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