Desastres existenciales

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Rene Stuardo

Escribo, respiro, resisto.

Puteo, exhalo, me pierdo. 

Mi vida es un desastre.

Es el nudo que no acaba de desatarse,

O de atarse con la suficiente fuerza.

Es la soga abandonada

En un rincón del galpón,

Olvidada y desvencijada.

Es la noche sin insomnio, pero con sueño,

Luego de querer emborracharme

Con el vino del postre intitulado “Promesa”. 

Mi vida que es un aire acondicionado frío-calor

Que hace saltar la térmica

Y enrosca sin piedad al medidor. 

El desastre sin puente, ni rotondas, 

Sin río ni frontera o camino.

Pero con un ventarrón que barre la bahía

Y deja la playa des-olada:

El mar sin olas, sin sal, ni espuma. 

La playa sin huellas ni poesía;

Este invierno cagándonos de frío. 

Y lo que es peor: 

El balcón de mi casa sin amaneceres,  

Con siestas tumbada de espaldas

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De ambos lados dos

 

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Proyecto Anti Selfie

 

“Si tan solo nuestros ojos vieran las almas en lugar de los cuerpos, cuán diferentes serían nuestros ideales de belleza.” Anónimo

Es lo que hay. Es decir… basta de fotos de perfil evitando que se vea todo el resto. Porque el resto es el 99% de lo que soy. Entonces… basta. Que la milanesa se vea de ambos lados dos: la parte quemada y la que tiene pinta de qué ricor. Da vuelta la tortilla, no la presentés sólo de arriba con el perejil de adorno.

Basta de aparentar un orden que no existe. Aún la naturaleza que es fucking perfect es desordenada. Esas fotos de paisajes de revista no existen, o sí, pero son capturas. Todas esas fotos son instantes frezados –ojo que amo la fotografía-, momentos en donde el aire no huele, el viento no existe, no vuela arena ni hay insectos, el agua no es fría, ni tibia o caliente. Escuché en algún lugar –seguro una de esas películas con críticas nefastas y aptas para todo público- que lo que se ve en la foto no es lo que te hace llegar, no es lo que te hace durar, no es lo que te hace amar.  La historia real de tu vida no está en las fotos, al menos que guardés las otras, y no te veo sacando una foto mientras discutís con el amor de tu vida –ni lo recomiendo tampoco-. Muchas de las fotos que guardamos son “uno dos tres diga whisky”.

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“La memoria es lo que resiste al tiempo”.

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Roland Okoń Photography

Mi querido compañero epistolar:

El tema central por estos días es el frío. Alguien me dijo hace poco que hablar sobre el clima rompe el hielo, y que hablar del clima en un ascensor es muy raro; aunque sospecho que también lo hacen. Me imagino a Dora del 4ºC hablando con Luciano de mantenimiento sobre el frío y sus vericuetos.

Estamos a cuatro días de romper un nuevo récord. En alguna charla intrascendente de principio de año leí que posiblemente vinieras para el 9 de julio. O yo tenía que ir a algún lado a mitad de camino. ¡Qué buenos somos para romper promesas, proyectos y planes! Deberíamos tener un diez felicitado en el boletín. Lejos de parecerme una catástrofe, y de sumarme a esas frases de rotisería del tipo: “si no pasa por algo es”, he aprendido a tomarme las cosas con calma, sin drama, sin apuro, sin insistencia, sin culpar al destino.

¿O será que ya no hay retorno?  Es posible, pero no me estaría sirviendo para mis escritos afirmarlo. Digamos algo que se parezca a la verdad: somos aquel libro abandonado en el fondo de la biblioteca, que ya no huele como antes y cuya hoja 33 aún tiene una frase subrayada: “Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”.(1)

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El momento justo

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© Attilio Longhi

Nos encontramos en el momento justo.

No existe otro momento. Es ahora, cuando estamos despeinados, desordenados, exhaustos, indecisos o con demasiadas decisiones determinantes. Seguridades e  inseguridades aplastantes y demoledoras.

El momento justo para intercambiar lo que hay. Menú del día: hasta ahí y sin cruzar la línea, fideos blancos con queso. El momento justo para salir huyendo y volver al otro día por más: pedir postre. El momento de explorar dónde habitan la intriga y la extrañeza; ¿dónde está el hogar y dónde el extranjero?

El momento justo en el que uno duerme más cómodo en su propia cama, pero igual quiere explorar cada tanto cómo es viajar a tierras lejanas y menos cómodas.

El momento justo en donde la mirada se estaciona en una avenida abarrotada de tránsito y peatones; se apea del vehículo y ya no sabe a dónde iba.

Nos encontramos en el principio del otoño, cuando todo empezaba a morir junto con las expectativas de lo nuevo. Y aún así llegamos a este invierno que trae encuentros esporádicos entre los que hablan distintos idiomas. Nos encontramos en el momento justo para aprender que de la curiosidad y de lo distinto sale lo extraordinario, y que lo extraordinario si fuera diario sería insoportablemente ordinario.

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Fall… fall… fall…

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Liz Gilbert describe en uno de sus libros al acto de estar enamorado como rozar la panza de uno con la del otro y no querer dejar de hacerlo; intermitentemente, repetitivamente.

Si existen retiros espirituales para centrarse, meditar, estar diez días sin hablar; la etapa del enamoramiento sería un retiro para todo lo contrario aunque sin pagar pasaje terrestre ni aéreo.

Para muchos sonámbulos heridos, el enamoramiento y el amor –en caso de pasar al siguiente nivel-  se vislumbran como caminos largos y sinuosos, marcados por el miedo y la desconfianza. Miedo a ser, a no ser, a cagarla, a embarrarla, a que te dejen, a que pase, a que no. De pronto tu vida se convierte en un libreto existencial sobre esto mismo: el amor, el pseudo-amor, la calentura, el enamoramiento, el derecho, el no derecho, rozar sin ser herido, decir la verdad, querer descubrirla, ocultar, el futuro y sus posibles implicancias o desenlaces, la cantidad de capítulos; la libertad si se sostiene, si se coarta, la individualidad; el sinsentido de todo esto: de la propia vida y del amor.

Amar el reflejo de uno mismo en el otro o ser capo total y amar la extrañeza del otro para nutrirse, como dice Darío Sztajnszrajber.

Pero volviendo a la previa, en donde no sabemos si es o no es; más allá de que el rayo o la flecha de Cupido caiga o no, que emboque arriba de la cabeza o en el cuore, que llegue a tocar las profundidades, que uno se rinda, que se ponga voluntad; hay una serie de comportamientos inevitables.

Todo apunta a describir un período intenso: un curso de esos cortos en donde tenés que encajar una carrera de toda la vida en dos meses; un curso de milagros en donde el milagro real es no perder la cabeza; un entrenamiento de unas semanas haciendo doble turno para un ultra maratón; una cena un viernes a la noche luego de un plan desintoxicante atiborrando el cuerpo de salado y dulce, para luego volver a comer salado y así sucesivamente.

Estar enamorados parece ser una sucesión de hechos repetitivos en donde nada alcanza: ni el curso, ni la comida, ni las horas, ni un maratón de series en Nétflix. El tiempo se acorta y querés saturarte de la otra persona, porque sabés que nunca va a volver a repetirse semejante cosa. Y yo te diría que si te pasa, te saturés. No hay manera de poner el freno de mano a tanto ímpetu. Y si lo ponés, tu rodamiento va a quedar hecho pelota.

¿Viste esos días de viento en los pueblos con calles de tierra? La etapa de enamoramiento es cuando vuela tierra a lo pavote, y ruedan los cardos por el medio de la calle, esos que ponen en las películas del lejano oeste. La visibilidad es nula. Pero un día llueve, se asienta la tierra, dejan de volar cosas, y todo se ve claro. Se ve la belleza de tu pueblo, las bardas, el río, sabés que todo se queda ahí, y empezás a volver a tu vida de siempre, seguramente ya calmado y acompañado, pero sabiendo que es tu lugar. O… todo lo contrario. El paisaje no te gusta ni mierda, y decidís ir caminando y solo a tomar el colectivo.

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Verde intenso

La imagen puede contener: una o varias personas, océano, cielo, playa, exterior, agua y naturaleza
© Sergio Castañeira

Hay un camino recto en mi interior. Queda a mitad de cuadra. Una cuadra de un pueblo que no dice nada. La tierra envuelve las hojas de eucalipto caídas en el asfalto. Desde esa calle no se divisa ni el río ni las bardas. Me paro en la vereda de mi casa y veo el camino recto como si fuera un túnel. Ansío transitarlo pero me da miedo. Es verde, de un verde que no se divisa ni a cientos de kilómetros de estepa patagónica. Los árboles que orillan el angosto camino le dan sombra y color, el sol se cuela a través de las plantas creando rayos de luz mágicos.

Quiero huir por allí, cada día de mi vida, cada mañana que me levanto con ausencia de todo. Mi niñez muere prematuramente, y soy casi una mini adulta de diez años que quiere huir por un diminuto camino que no conduce a ninguna parte.

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Si….

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Si me enamoro

Pero lo niego.

Si me resisto.

Si te miento

Y me miento.

Si no quiero

O quiero pero no lo admito

Y pasa de todos modos.

Si se hace tarde

Y llego más tarde.

Si te miro.

Y me veo reflejada

Mientras lo hago.

Si resulta

Que todo es una hecatombe.

Si tu arte

Me pinta;

Me colorea,

Me expande,

Me crea.

Si sucede

Que yo soy expresionista

Y vos abstracto.

Si no quiero

Pero vuelvo.

Si es ilusión

Y no realidad.

Si te oculto lo que escribo.

Si escribo sólo para vos.

Si se hace realidad

Lo que escribo.

Si…

A vos te pasa lo mismo.

Patricia Lohin