“Era pues tu amor por mí lo que te embellecía así?”

“Mi querido señor:

Ya nos hemos mirado un minuto, dos minutos, una hora. Ya sabemos que querremos estar una hora, dos horas, tres horas, veinticuatro horas juntos. Sus besos tibios quedan impregnados en mi piel toda la noche, y aún así siento que no es suficiente. Sus reclamos de que lo mío es un capricho sólo me hiere, y espero los múltiplos de veinticuatro días o años para poder demostrarlo.

Señor, lo extraño siempre un poco más, mis ojos no se lo dicen?”

René MAGRITTE Les Amants [The lovers]

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No puedo negar que mi debilidad son las cartas de amor, escritas preferentemente de puño y letra, con alguna lágrima borroneando la tinta, con la firma apresurada al final de la hoja para entregarla cuanto antes, con o sin fecha; con o sin nombre, si es que hay nombres prohibidos.

Las etapas en que las cartas de amor circulan, son casi siempre en el inicio de la relación, antes de la misma aunque ésta no tenga posibilidades de inicio, en relaciones platónicas y en las prohibidas.

Rastros? Bueno, las cartas de amor dejan rastros contundentes, certeros, irreprochables e irrenunciables de nuestros sentimientos. En algunas oportunidades su envío es un riesgo que vale la pena correr.

Por el momento, ante el desconocimiento de mi parte del nombre y dirección del destinatario, he ido desparramando mis cartas de amor por la casa. Estas yacen por los rincones y recovecos más insólitos, esperando que usted señor se apropie de ellas.

Aunque estoy convencida de que no hay mejor carta de amor que aquella recibida -con nuestra correspondencia de sentimientos sería óptimo- , también es cierto que muchos ni por asomo recibiremos una. Puede ser más viable sí que recibamos algún mensaje de texto apasionado o algún mail conciso y candente.

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