El amor en los tiempos del destiempo

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Dice Alejandro Dolina en su Balada del amor imposible:
 
“…No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión.”

Hay algo tremendo para el ser humano: es el destiempo.

Al destiempo se le suma la desesperanza. Y luego de la desesperanza llegan innumerables sentimientos más que comienzan con “des”: desilusión, desarmonía, desajuste emocional y existencial, desazón, desinterés. Y así podría seguir hasta el infinito.

Pero para todo hay una explicación.

Te explican que luego entenderás por qué no se dieron algunas cosas. Que la sincronicidad y la mar en coche.

Pero ¿qué sucede con la gente desesperanzada que ya no puede esperar más tiempo ni más oportunidades?

Y no es que no quieran esperar más, es que en las noticias dicen que el hilo se cortó, y no por lo más delgado: se cortó por donde parecía que nunca se iba a cortar. O tal vez, no se haya cortado y nosotros estemos siendo engañados por la prensa que maneja al poder político. En tal caso le creemos al diario digital.

He aquí el ejemplo de dos personas que no saben qué pasa con el hilo:

Se encuentran.

El primer año en una locación que no es la ciudad de ninguno de los dos. Hacen contacto. Se enamoran en tres días. Y en media hora se separan.

El segundo año, estas mismas personas en la misma locación del año anterior, que no es la ciudad de origen de ninguno de los dos, se vuelven a encontrar.

Se enamoran ¿de nuevo? y se vuelven a separar en un tiempo más prolongado a la media hora del año anterior.

Luego sobreviene un vacío de 25 años.

A esos dos primeros años lo llamaríamos destino sincronizado. Les dimos dos oportunidades. El resultado fue desaprovechamiento ocasional de las circunstancias. Jódanse ambos dos.

Take it easy. La era de la tecnología puede llegar a arreglar el resto. Pero no es así. Al encuentro cibernético suceden múltiples desencuentros presenciales.

Es decir: el destiempo. Y así los días negados se suceden intermitentemente hasta completar un tremendo ciclo de 30 años boyando.

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Te llegará una rosa cada día.

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Dedicado a Elba

Si no fuera por el pescador que se divisa sobre el poniente, la playa estaría desierta. Quisiera que ese pescador fueras vos, y yo ir caminando a tu encuentro a abrazarte, amor.

Es domingo. Le pedí a una sobrina que me trajera, y lo hizo refunfuñando. Ya sé, es invierno, y vos no querés que yo tome frío. Nadie quiere que me muera, todos me cuidan, pero hay días que se me hacen muy pesados. Esos días necesito volver a vos.

Te extraño, y volver a Punta Desnudez me hace sentirte más cerca. Aunque a estas alturas, no sé cómo sería tenerte más cerca aún; si vivís en mí.

Pasaron tal vez una veintena de años de la última vez que estuvimos en la villa juntos. No te creas que ha cambiado tanto, tal vez algunas construcciones. El mirador al que subíamos juntos los domingos al atardecer sigue bello como siempre.

¿Recordás esos años en que nos exiliamos como dos locos adolescentes, huyendo de la gente, los bancos, los mercados y el trajín? Ya éramos oficialmente jubilados. Jubilados del capitalismo, invirtiendo todo en vivir.

La casa que habitamos en ese entonces ahora tiene nuevos habitantes. Creo por la hamaca y otros juegos que ellos sí tienen niños.

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Uno sólo muere cuando está solo.

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“En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Marguerite Yourcenar

Esta tarde de verano trae un susurro que se esconde detrás de melodías imperceptibles, mientras algunos en la casa duermen la siesta. Intento descifrarlo mientras me adormezco. Los insectos quieren entrar y atacar del otro lado del mosquitero. A la hora precisa llega la sincronicidad del sol que se apaga cuando debe,  trayendo alivio a este día de cuerpos y mentes incendiadas. A unas cuadras de aquí, el agua del río huye hacia el mar.

Improviso ya que hago lo que puedo. En esa improvisación es que me desdoblo, y alguien parecida a mi corre hasta la esquina yendo a buscarte… y vos sonriendo, mientras te miente y dice que está perdida. Perdida en este pueblo de dos por cuatro. Cobarde, perdida en tus ojos. Vuelve y se hace una conmigo nuevamente.

El día murió, y me bebo la mentira junto con una cerveza tirada, en las mesitas del Open Bar de la calle principal que está frente a la plaza. Alguien rasga la guitarra y canta una melodía harto conocida. Las adolescentes fuman mientras ríen, cantan y tratan de captar la atención del incipiente cantante.

Quiero irme de aquí, aunque siento que tengo los pies arraigados, como las raíces del olmo que hay en la plaza; esas donde me sentaba a verte pasar al final de la jornada laboral. Quiero verte pasar otra vez, pero eso no sucede. Tal vez con un poco de coraje te invitaría a viajar, descalzos, caminando hasta la estación abandonada del tren, para darnos un primer beso debajo del cartel con el nombre de nuestro paraje.

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Ahora que

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© Dmitry Stepanenko

Ahora que ya sabemos quienes somos, que el tiempo es ilimitado y nosotros limitados, que las caricias se mueren en el aire, y que el vino ha de guardarse acostado. Ahora que al fin se develó el secreto que se escondía dentro de las dos arterias que conducen a mi corazón. Ahora que ya sé que tengo un corazón que siente y late con una falta de sincronicidad alarmante. Ahora que me despierto antes de que suene la alarma y que no estás conmigo.

Ahora que dejo que el caos me invada, que no espero, ni desespero, ni pido, ni rezo. Ahora que no reclamo, ni clamo, lloro, imploro o pataleo ni por amor o desamor. Ahora que los dioses paganos han emigrado a otros cielos, y que los santos huyeron de las estampitas, no sin antes soplar las velas. Ahora que no me alcanza el aire para soplar tanto. Ahora que quisiera ser otra: desmesurada, descolocada, desmedida, torrencialmente intensa. Ahora que quiero salir a gritar a mitad de la calle, colapsar, implosionar, deslumbrar, enloquecer.

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Desastres existenciales

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Rene Stuardo

Escribo, respiro, resisto.

Puteo, exhalo, me pierdo. 

Mi vida es un desastre.

Es el nudo que no acaba de desatarse,

O de atarse con la suficiente fuerza.

Es la soga abandonada

En un rincón del galpón,

Olvidada y desvencijada.

Es la noche sin insomnio, pero con sueño,

Luego de querer emborracharme

Con el vino del postre intitulado “Promesa”. 

Mi vida que es un aire acondicionado frío-calor

Que hace saltar la térmica

Y enrosca sin piedad al medidor. 

El desastre sin puente, ni rotondas, 

Sin río ni frontera o camino.

Pero con un ventarrón que barre la bahía

Y deja la playa des-olada:

El mar sin olas, sin sal, ni espuma. 

La playa sin huellas ni poesía;

Este invierno cagándonos de frío. 

Y lo que es peor: 

El balcón de mi casa sin amaneceres,  

Con siestas tumbada de espaldas

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Fall… fall… fall…

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Liz Gilbert describe en uno de sus libros al acto de estar enamorado como rozar la panza de uno con la del otro y no querer dejar de hacerlo; intermitentemente, repetitivamente.

Si existen retiros espirituales para centrarse, meditar, estar diez días sin hablar; la etapa del enamoramiento sería un retiro para todo lo contrario aunque sin pagar pasaje terrestre ni aéreo.

Para muchos sonámbulos heridos, el enamoramiento y el amor –en caso de pasar al siguiente nivel-  se vislumbran como caminos largos y sinuosos, marcados por el miedo y la desconfianza. Miedo a ser, a no ser, a cagarla, a embarrarla, a que te dejen, a que pase, a que no. De pronto tu vida se convierte en un libreto existencial sobre esto mismo: el amor, el pseudo-amor, la calentura, el enamoramiento, el derecho, el no derecho, rozar sin ser herido, decir la verdad, querer descubrirla, ocultar, el futuro y sus posibles implicancias o desenlaces, la cantidad de capítulos; la libertad si se sostiene, si se coarta, la individualidad; el sinsentido de todo esto: de la propia vida y del amor.

Amar el reflejo de uno mismo en el otro o ser capo total y amar la extrañeza del otro para nutrirse, como dice Darío Sztajnszrajber.

Pero volviendo a la previa, en donde no sabemos si es o no es; más allá de que el rayo o la flecha de Cupido caiga o no, que emboque arriba de la cabeza o en el cuore, que llegue a tocar las profundidades, que uno se rinda, que se ponga voluntad; hay una serie de comportamientos inevitables.

Todo apunta a describir un período intenso: un curso de esos cortos en donde tenés que encajar una carrera de toda la vida en dos meses; un curso de milagros en donde el milagro real es no perder la cabeza; un entrenamiento de unas semanas haciendo doble turno para un ultra maratón; una cena un viernes a la noche luego de un plan desintoxicante atiborrando el cuerpo de salado y dulce, para luego volver a comer salado y así sucesivamente.

Estar enamorados parece ser una sucesión de hechos repetitivos en donde nada alcanza: ni el curso, ni la comida, ni las horas, ni un maratón de series en Nétflix. El tiempo se acorta y querés saturarte de la otra persona, porque sabés que nunca va a volver a repetirse semejante cosa. Y yo te diría que si te pasa, te saturés. No hay manera de poner el freno de mano a tanto ímpetu. Y si lo ponés, tu rodamiento va a quedar hecho pelota.

¿Viste esos días de viento en los pueblos con calles de tierra? La etapa de enamoramiento es cuando vuela tierra a lo pavote, y ruedan los cardos por el medio de la calle, esos que ponen en las películas del lejano oeste. La visibilidad es nula. Pero un día llueve, se asienta la tierra, dejan de volar cosas, y todo se ve claro. Se ve la belleza de tu pueblo, las bardas, el río, sabés que todo se queda ahí, y empezás a volver a tu vida de siempre, seguramente ya calmado y acompañado, pero sabiendo que es tu lugar. O… todo lo contrario. El paisaje no te gusta ni mierda, y decidís ir caminando y solo a tomar el colectivo.

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Verde intenso

La imagen puede contener: una o varias personas, océano, cielo, playa, exterior, agua y naturaleza
© Sergio Castañeira

Hay un camino recto en mi interior. Queda a mitad de cuadra. Una cuadra de un pueblo que no dice nada. La tierra envuelve las hojas de eucalipto caídas en el asfalto. Desde esa calle no se divisa ni el río ni las bardas. Me paro en la vereda de mi casa y veo el camino recto como si fuera un túnel. Ansío transitarlo pero me da miedo. Es verde, de un verde que no se divisa ni a cientos de kilómetros de estepa patagónica. Los árboles que orillan el angosto camino le dan sombra y color, el sol se cuela a través de las plantas creando rayos de luz mágicos.

Quiero huir por allí, cada día de mi vida, cada mañana que me levanto con ausencia de todo. Mi niñez muere prematuramente, y soy casi una mini adulta de diez años que quiere huir por un diminuto camino que no conduce a ninguna parte.

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