Absurdas rendiciones

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Leo las frases ajenas de amor y desamor. Creo que las segundas ganan en adherentes y adeptos. Hay más gente viviendo el pesar de un desamor que moscas y mosquitos en una laguna durante el verano.

Las frases hablan de destiempos, de desencuentros, desengaños, y cualquier otra palabra que comience con des.

“¿Por qué no nos conocimos antes?” “ ¿Por qué no nos conocimos después?” “Ojalá nuestros caminos hubieran terminado juntos.”

El desamor se alimenta con el tiempo que juega en contra, uno de los dos que no juega, o la cobardía de no jugársela. No hay palabra que rime más con amor que juego, sino pregúntenle a Sabina.

Algunas otras palabras las he olvidado, tal vez porque araño las paredes con tal de  no sentir ese vacío expectante del desamor que carcome hasta las células. Prefiero la nada misma al desamor o irme a otro planeta inexistente aún, convertirme en  El Principito y preocuparme sólo de contemplar a la rosa. O por qué no quedar suspendida entre Marte y Júpiter, con un hermoso traje de astronauta y chupando una sonda para alimentarme. O simplemente sentarme al sol, al fondo del patio, meciendo mi alma, acunando los sueños y recomponiendo soledades; mientras tejo una manta infinita como Penélope. Excusas miles para esperarte.

Llevamos tantos siglos de frases y poemarios dedicados al tema que pareciera que no queda más nada por decirse. ¿O cada amor trae la impronta de nuevas palabras con nuevos significados?

Todo lo que quería decirte ya lo ha escrito otro, ya lo ha cantado alguno, ya han rasgado las cuerdas de aquella guitarra con nuestra melodía. Incluso tu piel de lejos se ve surcada por millones de caricias en las que otros han puesto sus esperanzas. ¿Cabrán las mías?  ¿Qué habría de novedoso en mis caricias? Yo tan lejos y con nada que decir.

Ni siquiera la frase “ojalá te hubiera conocido antes” cuadra.

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Pre-aviso

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Anton Corbijn – Tom Waits, California Dillon Beach 2002 Vía Facie Populi

Hoy en mi escritura diaria, surgió el asuntito este del pre-aviso.

Es decir algún tipo de misiva, encomienda, telegrama voz de ultratumba o los más modernos WhatsApp o mensaje de texto que diga: “Usted, fulano de tal, tiene a partir del día de la fecha treinta días para abandonar el planeta. Junte la basura y despídase como quiera.”

No sería alucinante?

Esto me recuerda un relato perteneciente a uno de los libros de Rosa Montero, en donde haciendo alusión a la caída de Hitler y sus últimos días, cuenta que algunos funcionarios se dedicaron a la joda y organizaron tremendas orgías para despedirse de este mundo.

Podría ser una posibilidad, también uno podría organizar una comilona o probar algunas sustancias, si de excesos hablamos. Pero nunca tuve nada de esto en mente. Mi plan sería liquidar todo lo liquidable, y de no contar con suficiente liquidez, pedir un crédito -o varios qué más da- e iniciar un tour mundial cantando “por cuatro días locos que vamos a vivir”.

Ahora que lo pienso bien 30 días es poco, o no?

Creo, sin temor a equivocarme, que si alguien me asegurara que a la vuelta no pasaré de hambre y podré tener una vida más o menos sustentable o si me dieran un subsidio por haberme ido, lo haría. Es decir lo del tour, lo de morirme no está en mis manos. Es muy loco lo que estoy planteando, y seguro me estoy mintiendo descaradamente. Ahora se me viene a la cabeza una de esas premisas que dicen que –muchos- somos eternos postergadores de nuestras satisfacciones, escondiéndonos a diario bajo obligaciones, promesas y culpas.

Las obligaciones saltan a la vista, y pueden resumirse en dos grandes puntos: primero la familia y luego el Estado. Es decir: el dinero se va en manutención, salud, educación, jubilación, impuestos y demás tasas. Ya ni los evasores pueden vivir sin pagar un céntimo.

Con quiénes somos más responsables? Con el prójimo o con nosotros mismos? Es decir, a veces pareciera que ni nos perdonan cuando ya hemos cumplido lo cumplido. Hay gente que quiere más, y si nos dedicamos a “living la vida loca” pasamos al podio de egoístas para algunos, o valientes para otros.

Estas últimas décadas, salieron de abajo de las baldosas una finita cantidad de personas que nacieron para dedicarse a ellas mismas, es decir cumplen, trabajan, participan del espectro social, pero trabajan para reinvertir en ellos mismos. Para la otra parte de la población esta gente no debería existir porque está atentando contra la continuidad de la especie humana.

Ya tengo 44 años, y como dijo Serrano, para morir joven ya soy vieja, pero he cumplido sembrando no sólo deudas sino también hijos. Si por algún tipo de gracia cósmica recibo el telegrama de pre-aviso: me animaré a cargar la mochila sobre mis hombros y partir o seguiré programada para actuar responsablemente? Cuál es la decisión acertada? Qué dice el corazón y qué la mente? Hacia quién o quienes nos debemos?

Creo que tengo las mismas inquietudes de cualquier mortal: que no me alcance el tiempo, que no me alcancen los kilómetros, que me roben el corazón sin haber sentido lo suficiente.

De amores y sueños ridículos

Elliott Erwitt

Elliott Erwitt

Hace un tiempo que tengo la ridícula idea de que nos encontremos.

Ridícula porque no hay “nosotros” ni “encontremos”.

No hay historia que nos ubique en una posición de encuentro programado.

Pensar en vernos fortuitamente es inimaginable, cuando el azar nos ha mantenido distantes todo el resto de nuestras vidas.

Aún así, sigo imaginando en mi cabeza el encuentro que no será.

Primero pensé en invitarte a bailar.

Me pareció un método de aproximación original, acorde a nuestra inexistencia, pudiendo evadir una conversación.

Para qué obstaculizar el sonido de la música con explicaciones vagas sobre lo que ha sido de nuestras vidas.

Se me cruzaron por la mente hermosas imágenes fílmicas sobre bailes. Amargamente pensé que esas cuestiones sólo suceden en Hollywood.

Tengo todas las condiciones para el baile, menos el vestido, los zapatos y el partener. Claro . . .  ya entendí. Con la música sola no llegamos a ninguna parte.

Volviendo  . . .

Intentaríamos ir al compás.  Colisionar al sólo efecto de amalgamarnos en un ritmo cualquiera, que permita sostener tu mano en mi cintura y la mía en tu hombro.  Mi mejilla descansando en tu pecho húmedo por mis lágrimas, las mismas que estoy vertiendo en este momento.

Es una mañana soleada, y me parece increíble que esté lloviendo sobre mi escritorio. Más cuando escucho los acordes que seguramente bailaremos, distintos a los que bailamos hace años en una esquina devorada por el fuego del tiempo.

Ya no somos los mismos. Vaya novedad.

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Luego de imaginar el baile juntos en una terraza desolada de cualquier ciudad llena de smog de por aquí, fui más práctica y me dediqué a pensar en un acercamiento geográfico concreto.

Adosado al asunto de que no nos vemos desde la otra vida, no nos hemos acercado desde hace miles de kilómetros  y no hay rutas de unión entre mi mar y tu cordillera; sólo pampas húmedas, estepas con pastizales, arroyos, lagunas y largas mesetas desoladas.

Podríamos acordar el encuentro en alguna aldea intermedia, cerca del agua y los recuerdos. Tendríamos que acortar caminos explorando nuevas rutas y allanando los miedos y oscuridades que nos acecharán constantemente.

Seríamos como niños jugando al gallito ciego en amplios territorios de recuerdos por crear.

Puedo prometer no hablar mucho, después de todo no hay nada de qué hablar. Todo lo hemos ido transitando en esta hermosa lejanía, acortada por asiduas visitas en sueños.

Sueños silenciosos, sostenidos por miradas francas, pupilas abiertas al corazón, manos tiernas extendiéndose, felicidades a flor de piel.

Pasan los minutos en esta mañana casi cálida de invierno y a mis lágrimas se suman palabras que salen a borbotones.

De pronto la palabra ridícula –para describir esta situación- me parece totalmente insuficiente.

El encuentro, acortando espacios y vidas intermitentes,  podría ser letal, y no me resigno a no verte más en sueños.

La pena para tal pecado capital sería el infierno sin espuma y ni nubes, sin música ni  plegarias, eternas mediodías sin atardeceres refrescantes, frutas con sabor a nada, café incoloro por las mañanas, la vejez prematura de un amor perfecto.

Me decido a juntar mis breves fantasías matutinas y las guardo en un papel impreso.

Vacío mi alma de lunas reflejadas en extensas arenas de una playa con acantilados y camino suavemente sobre las huellas que dejamos esa noche caminando a la luz de la luna.

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“Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.”

Este es un nuevo espacio creado en conjunto entre Amores que matan y El Perro. Espero que lo disfruten tanto como nosotros lo estamos haciendo. El título del post pertenece a Rabindranath Tagore (1861-1941) Filósofo y escritor indio.

No importa el lugar, el tiempo ni la condición. El amor se manifiesta, sin discriminación. Sublime, puro, trascendiendo los umbrales infinitos de nuestra existencia.

John Roudyhair y Priscilia Daughin se amaron en otra época, con condicionamientos sociales, de tiempo y de distancias. Pero ni el ancho océano Atlántico ni los espaciados encuentros pudieron contra lo que ellos sintieron.

Existieron? Seguro que sí.

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The Love Letter by Jean Carolus

Querida Priscilia:

De más está decirte que esta misiva no debe ver la luz del sol. Tu padre, seguramente, mandaría por mi cabeza al enterarse de que estamos intercambiando correspondencia. No es esa tu intención, verdad?

Déjame decirte, también, que a mediados de febrero estará zarpando el buque que me ha de llevar, finalmente, a tus brazos. Debo recalar en Londres por negocios y calculo que me quedaré allí por una o dos semanas. Luego, mi intención es encontrarte, aunque más no sea, por una noche. Quizá ya sea abril… Crees poder hacer los preparativos necesarios? Inténtalo, princesa, pues no sabes el deseo que siento de verte otra vez. Si tan sólo te contara de la pasión que me desborda por las noches al pensar en tí… Pero no temas…no la estoy malgastando con quien, tú ya sabes, no la merece. Esa situación se había tornado insostenible. Y con la excusa de mi tos y esta leve y bendita fiebre que la acompaña, hace ya varias noches que dormimos en cuartos separados… Gracias al cielo, pues no soportaría serte infiel… Ni siquiera con mi propia… Si hasta me vienen náuseas de tan sólo nombrar el vínculo.

Hermosa Priscilia…sé que has esperado por mí un tiempo considerable. Lo menos que puedo hacer por tí es jurarte fidelidad y dedicarme, eternamente, a amarte. Lo sé…soy un pecador que no merece la redención celestial. Y que esta sociedad pacata, seguramente, gozará con mi condena. Pero no me importa… Sólo en tus brazos estaré alcanzando el perdón a mis faltas. Sólo en tus ojos estaré hallando la luz que me guíe en este presente oscuro. Sólo en nuestra intimidad podré elevarme hacia la definitiva y esquiva felicidad.

Te amo.

Siempre tuyo.

John

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Mi querido Señor:

Abril se me hace lejano hoy. Pienso en ese mes y ya siento la calidez que traen la primavera y su presencia. De sólo imaginarlo mi cuerpo se estremece.

No se preocupe usted por mi padre. Emilie, mi ama de llaves, cumple religiosamente con el pacto de silencio y discreción que hemos hecho. Tengo mis informantes y he descubierto que esta mujer rolliza tiene un affaire con el encargado de las caballerizas, ¿puede usted creerlo?

Debo confesarle que los días se me hacen muy largos. Las noches están llenas de fantasmas en donde no puedo evitar pensar que otra mujer pueda llegar a tocarlo siquiera. Esa situación me vuelve loca. Sí señor. Estoy enloqueciendo de celos, de inseguridad y de amor.

Me torturan las charlas cómplices que puedan llegar a tener, las miradas, las sonrisas.  Me tortura la presencia de ella a unos centímetros de su alma cuando yo estoy a cientos de kilómetros.

Ni siquiera su promesa de fidelidad y de dormir a dos puertas de la alcoba matrimonial me trae paz. Son muchos los meses que nos separan y la carne de un hombre es débil.

Perdone usted mis dudas. Yo estoy aquí, cumpliendo la más grande de las fidelidades, siendo suya en pensamiento, en alma, en razón.  En cada fibra de mi cuerpo está su nombre escrito, ya no podré pertenecer a ningún otro hombre en toda mi existencia.

Lo esperaré desde el primer minuto de Abril. Ya he pensado en los arreglos necesarios para poder trasladarme a la casa de campo con Emilie. Allí estaré mi amado, esperando sus eternas caricias y su amor. Sé que con su sola cercanía se me aplacarán todos los dolores que hoy siento, porque usted mi amado señor, es mi cura.

Le dije que entre sus brazos ya no soy frágil y soy la mujer más hermosa del planeta?

Lo amo.

Eternamente suya, Priscilia.

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Helena

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Woman Reclining on a Sofa  Helen J. Vaughn

Helena estaba obsesionada.   Me lo dijo apenas se sentó frente a mí. Hacía varios meses que me pedía por favor, como con un  grito desesperado,  que la escuchara y yo la venía esquivando. Le hice todas las explicaciones pertinentes, que ya no escribía, que lo que escribía no lo leía nadie, que en definitiva me servía para mi propia descarga, y no sé si ella alcanzaría a ver algún resultado de catarsis en todo esto.  Que como terapeuta de amores imposibles, olvidados y deshechos ya estaba retirada, que no tiraba más las runas de madera, menos las cartas del tarot, que ya no escuchaba las melodías de los relatos que me iban haciendo, que había olvidado cómo se calculaban los períodos en una carta natal china. Que  mis percepciones estaban todas extraviadas, pero a Helena eso no le importó. Insistía e insistía con que yo podría ayudarla de alguna manera a sentirse mejor.

Así fue como se sentó frente a mí una tarde lluviosa. Los ventanales abiertos permitían sentir el sabor amargo del pasto mojado.

Su cuerpo se veía más robusto de lo que yo recordaba, es que a fines de mantenerme inútilmente a salvo, nuestras comunicaciones no habían sido personales. De pronto toda la fragilidad que ella me transmitía por medio de los mails y las llamadas telefónicas, se evaporó cuando ví su contextura física. Su cara no acusaba su edad, su cuerpo estaba fortalecido y trabajado. Los únicos signos de cansancio eran sus ojos opacos y sus hombros caídos. Tal vez algo de tristeza en su cara y algunas ojeras completaban el panorama.

Su voz era clara, su vocabulario amplio, su risa nerviosa interrumpía de vez en cuando el relato entre dramático y tragicómico. Todo se trataba de amores.

Antes de la cita busqué el significado de Helena en alguno de esos libritos en donde se escogen los nombres para bebes. La resplandeciente. Bueno, la antorcha estaba apagada en estos momentos.

Hacía años que estaba sola, más de lo que la gente que estaba a su alrededor suponía. El amor llegaba a ella solo en formatos de cine y de melodías, algún que otro libro -aunque los menos-  las lecturas románticas no eran lo de ella. Mujer acostumbrada a los relatos de actualidad, deformados pero actuales.

Todo comenzó luego de su cumpleaños número cuarenta. Hacía mucho tiempo que no se enamoraba, de hecho unos veinte años. Cuando pasa tanto tiempo uno supone que eso no va a volver a ocurrir nunca. Rosas en el mar dijo Aute:

“Voy buscando un amor

Que quiera comprender

La alegría y el dolor,

La ira y el placer.

Un bello amor sin un final

Que olvide para perdonar…

Es más fácil encontrar

Rosas en el mar”.

Flores en el mar,  Drexler . . . . . . . .

“En el borde de tus aguas


hay un murmullo de sal,


son aladas tus espumas


es salado tu cantar,


hay flores en el mar”.

Qué importa ya el inicio, era más o menos como todos. Llenos de promesas y de ilusiones, de proyectos.

Físicamente, el hombre en cuestión, era todo lo contrario a Helena, delgado, pequeño, cada músculo de su cuerpo marcaba histeria contenida. Sus ojos tenían largos destellos de tristeza y el mar se reflejaba en ellos.  Tal vez el primer obstáculo que encontraron fue lo opuesto de sus mundos, sus ingresos y sus costumbres. Pero eso se solucionó con un “el amor no entiende de esas cosas”. Ella repitió durante meses su filosofía de que habiendo encontrado el amor ya no había más que buscar, el amor era la fuerza poderosa que hacia sonreír hasta al más descreído, hacia a la felicidad, a los momentos compartidos y a superar cualquier dificultad que se interpusiera en el camino. Tenía tanta fe de que con eso fuese suficiente que no tuvo reparos, no se puso protección, ni rodilleras, ni casco, no llevo paraguas, ni se puso cinturón de seguridad. Se lanzo a la pileta sin mirar si había agua o si esta estaba podrida.

Bueno, no se puede decir que no fuera una mujer arriesgada. Estaba tan empecinada en repetir a los cuatro vientos que el amor a los cuarenta es mágico que no alcanzo a ver la realidad.

“Fui a tus playas por el día
y allí me quedé dos años.
Fui lamiendo tus heridas,
fuiste dándome un remanso”.

730 días – Jorge Drexler


La verdad es que fueron 730 días dividido dos, y el “fuiste dándome un remanso” fue “fui dándote un remanso mientras lamia tus heridas”.

De la mitad de los 730 días, la primera etapa Helena fue feliz. Sumamente entusiasmada con la magia y la novedad de creerse querida. Errores y ausencias? Pues sí que los había, pero estaban en etapa de pulir algunas cuestiones. La segunda mitad vivió en carne propia el desprecio de un hombre de la manera más cruel que una mujer puede vivirlo: perdonándolo tantas veces como le fuera posible, suplicando, implorando, haciendo entrar en razones, acunando al hombre como si fuera su hijo, desprotegiéndose sin darse cuenta, entregando toda su energía y ayuda sin pedir nada a cambio.

El relato me hizo acordar al libro Mujeres que aman demasiado, “ella está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches”,  “está mucho más en contacto con su sueño” que con la realidad de la relación , y un sinfín de listados de situaciones erráticas en donde la mujer siempre termina perdiendo: hombres casados, niños hombres, hombres huérfanos de amor, hombres imposibilitados afectivamente, hombres sin viagra para el corazón, egoístas, desconsiderados, etc., ninguna cualidad que no pudiese tener una mujer, por que no.

Mientras la escuchaba atentamente, su celular sonó con un mensaje de texto. Sonrió tristemente al leerlo. Helena: “te amo hoy, te amare mañana y el mes que viene. Lamento haber lastimado a la mujer que amo”. … tantas veces pensé yo.

Luego de dos horas de escucharla no dude en tirarle las cartas. Y bueno…. Siempre fui un poco gitana, adivina, intuitiva y mentirosita, pero el fin justificaba los medios.

Le dije por su propio bien que hoy si seguía con esa relación no podría ver para otro lado, que en ese otro lado estaba el verdadero amor de su vida, la cosecha tan esperada. . . .  y otros condimentos que me surgieron espontáneamente …. de la lectura de las cartas.

Obviamente que no ocurriría ni en una semana ni en dos, tal vez un año…. En fin.

Así fue como Helena se retiró con un atisbo de esperanza, y  un par de tareas para hacer.

Yo, no lo niego,  me quedé con el sabor amargo de quien le da un caramelo a un chico para que deje de llorar cinco minutos. De pronto una música llego a mis oídos, y me dije, guau, es el tema que este señor tendría que estar cantando en este mismo instante y como un perro.

“….De pronto me vi,

Como un perro de nadie,

Ladrando, a las puertas del cielo.

Me dejó un neceser con agravios,

La miel en los labios

Y escarcha en el pelo.

Tenían razón

Mis amantes

En eso de que, antes,

El malo era yo,

Con una excepción:

Esta vez,

Yo quería quererla querer

Y ella no.

Así que se fue,

Me dejó el corazón

En los huesos

Y yo de rodillas.

Desde el taxi,

Y, haciendo un exceso,

Me tiró dos besos…

Uno por mejilla.

Y regresé

A la maldición

Del cajón sin su ropa,

A la perdición

De los bares de copas,

A las cenicientas

De saldo y esquina,

Y, por esas ventas

Del fino Laína,

Pagando las cuentas

De gente sin alma

Que pierde la calma

Con la cocaína,

Volviéndome loco,

Derrochando

La bolsa y la vida

La fui, poco a poco,

Dando por perdida”.

19 días y quinientas noches – Joaquín Sabina – Fragmento

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Ana, es tan corta la vida….

El vestido rojo – Michael J. Austin

Hay historias de amor que merecen ser contadas, otras no tanto. Simplemente duermen en el rincón más oscuro del laberinto de los recuerdos.

Ana era una mujer normal, de su casa al trabajo y viceversa. Alguna copa de vino tinto entre amigas, pocos compromisos, noches de insomnio con la compañía del televisor, silencios aquietados por la música.

Dicen que uno tiene la certeza del inicio pero no del final. Si habremos hablado de historias sin final esas noches de confidencias femeninas!

El inicio del supuesto amor arrancó con el típico cruce de miradas, que otra cosa puede ser sino. Una mirada sumada a otra junto con los días que iban pasando. Alguna que otra charla casual para despejar las dudas….

“Benditos ojos que me esquivaban,

simulaban desdén que me ignoraba

y de repente sostienes la mirada.

Bendito Dios por encontrarnos

en el camino y de quitarme

esta soledad de mi destino”.

Maná – Bendita la luz

Como las dudas nunca se despejaron y las miradas seguían firmes e insistentes, Ana tomó al toro por las astas y se lanzó al vacío de la conquista de un hombre casado.

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Historias….

Joe Sartore

– Te gusta tu trabajo?

– No.

– Por qué lo hacés entonces?

– No sé, una cosa lleva a la otra y acá estoy, detrás del mostrador.

– Qué rescatás de tu trabajo?

– Las historias. Me encantan las historias, pero no todas. Me gusta escuchar a la gente sobre su vida, sus caminos y elecciones, me gusta percibir sus emociones mientras relatan y hacer esa pregunta justa en el momento justo.

Las historias que no me gustan son las de las personas que se resignan. Es más fuerte que yo, no puedo parar mis sentimientos contrarios a la resignación.

Un día vino Olga. Me costó mucho que me dijera su nombre, en realidad tuve varios encuentros hasta que logré que se identificara por su nombre. Me contó que Olga rimaba con gorda y ese era el gran problema con su nombre. Una cosa iba asociada a la otra y no había posibilidad ni de deshacerse de su nombre ni de sus kilos. Como el matrimonio….

Un día vino radiante, había bajado de peso, conseguido trabajo y hasta se veía rastros de maquillaje en su rostro, su mirada comenzaba a brillar y su cabeza se encontraba erguida sobre sus hombros. Se había separado y se seguía llamando Olga. Hasta ahí la historia me encantó, hasta que pasaron unos meses y el peso del deber la llamó nuevamente a su antiguo domicilio. El día se oscureció como si nunca hubiese salido el sol, se ensombreció su mirada y volvió a colgarse todos los problemas que tenía antes: la soledad, la resignación, la tristeza y el insomnio.

Esas historias no me gustan, pero vió como es el tema, uno sabe cómo empiezan y no cómo terminan, es imposible no quedarse escuchando hasta el final.

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