¿Cuántos granos de sal?

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“Comíamos uvas maduras y pisábamos descalzos la tierra fresca bajo la sombra de los árboles. Las flores blancas del verano trepaban por la montaña. Y reíamos. Hoy, hace frío aquí en la casa pero yo iré por leña para encender el fuego y plantaré una vid que crecerá sobre nosotros”. – Burzaco, Argentina (1923-2010) Ángela Pradelli

Será Venus retrógrado, o la luna en Cáncer. O seré yo, con todas guardias bajas y los frentes sin defensa, esperando mi turno en un recinto que oficia de sala de espera, en un primer piso de un edificio céntrico, justo el día después de mi cataclismo y rendición.

Llegué puntual. La opción de espera me dio la posibilidad de mirar, oler, oír y leer, todo al mismo tiempo.

Primero caí sobre el sillón marrón de cuero que está sobre una pared. Antes de desaparecer  por una enorme puerta vidriada, Carlos me alcanzó un libro.  Excelente excusa para no ensayar nada de lo que iba a hablar luego.

Antes de buscar los anteojos de lectura, mi vista se regocijó con la luz que llegaba desde los ventanales de las habitaciones delanteras, esos altos y agraciados ventanales de los edificios antiguos.

En una de las habitaciones se alcanzaba a ver un caballete sosteniendo una pintura con verdes y niños jugando a la pelota; un aerosol debajo del marco de una puerta, otro sobre un relieve de una pared, un adorno rojo chino circular colgado; y sobre un mueble alto, el reproductor de compact disc cambiando de bandeja. Dejó de sonar la melodía low relax sin vocales ni consonantes y llegó por aire y sin escalas la voz potente de una vieja y conocida jazzista de la cual no recordaba el nombre. Qué grata sorpresa.

Luego de abrir el libro, me mudé a una especie de puff cuadrado y bajito al lado de una mesa circular con más acceso a la luz natural. Mientras la música calaba mis poros haciendo mella en mi exceso sensitivo, comencé a explorar el libro.

Adoré el título, la tapa, el olor, que estuvieran subrayadas algunas frases con lápiz negro, las fechas al inicio de un capítulo. En ese momento nació mi afán por tratar de devorarlo, como a un chocolate intenso y amargo.

 

“Cuántos granos de sal entran en la mano abierta,

Cuántos se pierden por los bordes,

Vuelan, caen al piso;

Cuántos granos de sal raspan la seda de la piel,

Laten en los ojos ásperos, en la boca ácida,

En el río de la sangre de un cuerpo feliz.”

Ángela Pradelli

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