Que la culpa sea del otro

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Foto: © Franz Christian Gundlach

Que es uno el que no enamora, que lo ha dicho Benedetti y punto.

En realidad el escritor habla de culpas. Culpa por no enamorar, como si no hubiera ya demasiados trapos sucios por los que sentir culpa.

Culpa por no escribir y abandonarse a las circunstancias de la rutina y el capitalismo, culpa por no accionar, por haber estado a cien metros del océano y no remojar ni una mísera uña en éste, por haber puesto expectativas en un cobarde y haberle dedicado más tiempo que el que le brindan a un condenado a muerte.

Y así podría seguir, rezando esta extraña pero familiar cadena de culpas, tan extensa e ilimitada que hiciera bajar al mismísimo dios para decir “Basta ya! Que me duele la cabeza.”

Y yo diría, como en un acto de defensa anti aérea: “Pues diosito, que de las cartas del cobarde no queda ni una letra, que a mis respuestas se las ha llevado el viento sur de la Patagonia, -aunque para ser más certeros y menos románticos la realidad es que terminaron en el basurín de la avenida principal de mi pueblo-, que no existe radar en el mundo que ubique una conexión donde no ha existido nada.”

Y luego, volvés a ser algo parecido a vos mismo. Creés que te estás rearmando como IronMan luego de caer en el desierto y te tirás en la pileta del escepticismo crónico, un territorio llano donde nada te asombra ni conmueve.

Si de un lado están los que no enamoran, del otro están los que no apostarían un solo peso por latir. Si algunos tienen el corazón muy ancho, otros muy estrecho, como Gibraltar, con la diferencia de que en vez de ser el epicentro de dos masas de agua, ahí no hay nada, ni siquiera arena de desierto.

Las noches son solitarias para quienes esperan algo o a alguien, y luego de mil y una noches, cuando ya sabés que las esquinas por donde dar la vuelta desaparecieron del planeta, la soledad es apenas una ocasional y fría ventisca polar de esas que se quitan con un buen chocolate caliente o con un sorbo de ron, así nomás, besando la botella por el pico.

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Spray nasal o qué esperar cuando no se espera nada.

Eric Fischl, 1948 - American Neo-Expressionist painter

Eric Fischl, 1948 – American Neo-Expressionist painter

El combate de la depresión tiene un nuevo armamento nuclear: es una especie de spray nasal que podría llegar a mitigar tanto sufrimiento. Lo acabo de leer por ahí. He dejado un rato a Susanna Tamaro para dedicarme a las noticias, qué mal.

Me pregunto si el spray acaso repartirá moléculas de colores, que luego se diseminarán por el torrente sanguíneo hasta llegar a la retina. La depresión siempre nace en la retina –está confirmado por la OMS y un sinnúmero de estudios científicos lo avalan- , en realidad no es más que una fina película que recubre la mirilla del alma, y la va tiñendo de gris, ese gris opaco y despiadado que invierte las sonrisas, tapa el sol con un dedo, concibe fantasmas que nacen en los lugares menos insospechados como en la neurona 5467BH. Pero el habitáculo infalible de los fantasmas se encuentra debajo de la cama. Si pensás que porque tenés un sommier que no deja espacio con el piso y estás salvado, error, se adaptan a lugares inexistentes. Si estás con depresión, llanto continuado o incluso con tristeza crónica,  tu fantasma de la guarda siempre estará debajo de la cama, al acecho, insomne y atento; dispuesto a saltar ante el menor movimiento que quieras hacer en dirección a la vida.

La vida está sucediendo… eso leí hoy por ahí, menos en estas ocasiones en que la vida simplemente está en off, inerte, con ese gesto de inmaculada y blanca frialdad que nos congela aún más. Hoy nos conformamos –incluso si estamos entumecidos- con escuchar que si caímos en esas garras malditas, somos bendecidos con la oportunidad crítica y única de sufrir una crisis que nos lanzará como cohetes al espacio sideral. El espacio sideral vendría a ser como el nirvana. Claro, es que nunca se sabe cuánto tardaremos en llegar al nirvana, si es que llegamos, y dentro del diminuto círculo de gente que me rodea, no conozco a nadie que haya llegado hasta allí.

Tengo una pregunta al aire: ¿Qué esperar cuando no se está esperando nada? Primero me cansé de esperar, luego solté –vieron que hoy soltar es re top y está de moda-, y cuando al fin el tacho me quedó vacío y sin nada que esperar, surgió esta pregunta de la hostia. Me pregunto si ese spray nasal que serviría para la depresión, también pueda servir para este estado de no esperar, que no es lo mismo que  desesperanza,  aunque también huele a silencio, tanto que llega a ensordecer con sus ecos.

Quienes padecemos este estado de silenciosa sordera, nos jactamos de estar en un nivel que otros no podrían estar, nos volvemos orgullosos y superados, creamos otro ego que se llama “súper yo puede estar súper sólo y no necesitar a nadie”. Hay días en los que creo que me voy a convertir en el personaje de Baricco que le escribe cartas a una amada que aún no conoce, hay otros en cambio en los que me convenzo que nunca más voy a latir por nadie y viceversa. Pero la fatídica realidad es que todos los días me levanto esperanzada, y cada tanto se cuela un día como hoy, en el que la acidez cerebral crónica supura por mis dedos. ¿Es la necesidad de amar y ser amados lo que hace este silencio más profundo? ¿Es el deseo lo que lo complica todo? ¿Hay que dejar de soñar, de desear y de esperar? ¿O hay que perseverar aunque el sueño duela y se convierta en callo?

Señoras y señores: con ustedes la soledad. Y para ésta no hay spray nasal que funque.

La cajita

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Pier Toffoletti

 

 

Tengo un amor

Guardado en una mesita de luz,

Y dentro de ésta en una cajita,

Rectangular, roja y perfumada.

Tengo un amor

Que tiñe con tinta china

Y dibuja letras

Con hermosas curvas caligráficas,

Mientras deja mis dedos manchados.

Tengo un amor

Que se escapa de mi habitación

Cada mañana de luna nueva,

Y regresa cuando quiere,

En un mes cualquiera,

Siempre que sea noche de luna llena.

Tengo un amor

Fragmentado en mil imágenes dispersas,

Que cuando las reúno

En un collage con chinches

Suelta amarras y vuela.

Tengo un amor

Que hincha mi esternón

Con aire lleno de burbujas

Que bajan,

Hacen cosquillas en mi panza

Y me invitan a volar.

Porque ese amor,

Tan cierto e incierto,

Tan breve y eterno,

Besa mis pupilas

Cuando me duele el alma,

Y me prepara un tecito de margaritas

Cuando la realidad se vuelve

Hostil y amarga.

Ese amor que vive,

Guardado en mi mesita de luz,

Dentro de una cajita

Rectangular, roja y perfumada.

 

 

Fuera de contexto IV

1609762_10152803338052888_3151617932689477793_nArtist: Pier Toffoletti

De modo que para mi simple punto de vista demoledor, la vida era como una bola y yo siempre estaba circulando, nunca llegando.

Hay distintas formas de irse. Así como hay distintas formas de morir o matar.

Hay momentos de la vida en los que uno simplemente deja ir todo, como si todo fuera el agua del río que desemboca invariablemente en el mar.

Estaba viva, pero no lo suficiente. Imaginaba la existencia del disfrute como quien imagina trepar el Everest descalzo.

En el fondo de mi alma yo podía aseverar que luego de un episodio sumamente bueno venía uno sumamente malo.

Cuanto más multifunción es una mujer, más rápido capta la atención de un hombre, y más pronto se desvanece el erotismo.

Hay que tener coraje y aceptación para hacer una retrospectiva. Es eso o la censura.

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Heladas

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Claude Monet – The Magpie

“Heladas eran las de antes”,  dijo el abuelo, mientras con las manos encalladas intentaba arrancarle  vida a la achicoria, despoblándola de tierra, sumiéndola en la breve historia de un final hecho ensalada. Esa pudo haber sido una conversación de hace muchos años, cuando mi abuelo aún creía en mi inocencia y cuando la sangre era el único pasaporte familiar. Luego nos abandonamos mutuamente, nos pasó la vida por encima, y ya nada fue como antes.

Manos encalladas frotando calor.

Heladas conteniendo el agua en los grifos,

El hombre rumbo a la obra, 

sostiene el cigarrillito con su boca,

Mientras pedalea esquivando escarchas.

Vapores que escapan de los orificios

De casas y bocas de animales.

Leños ardiendo por dentro,

Escupen humo al cielo.

Niños moqueando camino a la escuela,

Dejan su destino para más adelante.

El cartero arrastra sobres

Contenidos en un morral de cuero,

Cartas inmediatas, liberadas de  la oficina de correo.

Amores, esperas definitivas,

Noticias de extrañar, avisos sin moratoria.

Besos escritos y lágrimas estampadas.

Olor a mirra, sabor a miel y la cocina que espera

Al mismo amor entrar por aquella puerta. 

De sueños durmientes

ALEXANDER NIKITIN

ALEXANDER NIKITIN

Luego de varios intentos vacíos por plasmar el sueño en palabras,  me di por vencida.

No hablo de un sueño como quien se refiere a un deseo. Sino de un sueño, esos que ocurren cuando uno duerme y ronca.

Tuve uno tan bello que al segundo de haberme despertado  quise congelarlo, aspirarlo, frezarlo, reflejarlo con palabras para que quedara en algún lugar físico donde pudiera volver a éste de vez en cuando.

Fantaseé con ser pintora, música y escritora. Todo a la vez. Y poder hacer una gran obra maestra con mi sueño repetitivo. Pero las cosas no son tan sencillas. Ni yo soy tan eficaz o talentosa.

El tema es que el lunes por la mañana me levanté extasiada. Había vuelto a soñar mi sueño recurrente -les aseguro que es mío y de nadie más-, el “top ten” de los sueños recurrentes.

Ese que nos hace querer volver a cerrar los ojos de inmediato en  un esfuerzo pelotudo por volver a dormirse y retomarlo. El mismo que se repite no tan seguido, digamos una vez cada trescientos días; pero no tan espaciado como para olvidarlo.

Hay pastillas para todo en esta vida, y no inventaron aún píldoras para poner “replay” en los sueños?

A  la siguiente noche, intentar soñar lo mismo no tuvo ningún tipo de consecuencias  positivas. Todo lo contrario. Esa  noche volví a soñar pero no eras vos. Había un impostor burlándose de mi testarudez por volver a encontrarte.

El lunes . . . sí el lunes fue un día olvidable, al igual que el martes.  De esas jornadas que hay que guardar en algún cajón  bajo siete llaves para que su esencia no pueda contaminar más días de semana. Dos días infructuosos en los que intenté cazar mariposas con una red y pegarlas en la pared con chinches. A cada minuto que intentaba acariciar siquiera el teclado, una tarea me sacaba de ese lugar, de mis ideas, y de cualquier cosa constructiva que pudiera parecerse a un relato.

Lo intenté. Así fue como quedaron varias hojas mecanografiadas e inconclusas desparramadas por varios sectores, mezcladas con facturas,  pedidos y manchadas con cúrcuma.

El primer intento de escritura fue empalagoso, debo admitirlo. El segundo fue algo así como un relato en tiempo presencial del tipo: “Me despierto”, “Te sueño”. Aburrido y deplorable.

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Recuerdos robados

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Takahiro Hara

La ciudad llueve desconsoladamente.

Luego de una melancolía previa que duró dos o tres días e incluyó lágrimas escondidas y pequeñas gotas de humedad resbalando veredas y pegoteando hojas,  finalmente la catarsis explotó en una lluvia insistente y por momentos violenta.

La jornada está herida de muerte, y a los suspiros le sucedieron hipos y llantos. Las lágrimas volverán al cielo, pero no hoy.

Este día mi tienda sufre la desaparición anunciada de clientes. Mueren las horas mientras miro las esferas de papel colgadas e imagino pequeños planetas en el salón. Las constelaciones no están de mi lado, o al menos eso aparentan.

Tengo frío. La humedad me estremece. Afuera las alcantarillas se atragantan con bolas de centenares de hojas húmedas y pesadas que la corriente arrastra. Cada calle es un pequeño río sin desembocadura. El intendente no estará muy feliz con esta frase tan poética mañana por la mañana.

Adentro  suena Gladys Knight, con esa voz dulce y por momentos desgarradora. También  grita la campanilla de la puerta.

Entra una clienta y sé el diálogo que vamos a tener. Exactamente igual al de la primera vez que vino.

“Hace mucho que están?”  Obvio que me mira y sabe que estoy yo sola.

Le contesto que hace más de dos años. Igual que la vez anterior y la anterior de la anterior.

No soy la misma. La primera vez le tuve cero paciencia,  aunque me las ingenié para que no se notara. La segunda vez dije algo como “Oh no, de nuevo no.” La tercera, la cuarta, esta última fui mejorando. Es el karma. La reencarnación misma ejemplificada en un salón amplio de una tienda natural.

Es una práctica, muy interesante por cierto, en donde tengo la posibilidad de ir repitiendo, mejorando y perfeccionando mi atención con una persona en particular.

Aún no sé su nombre. Lo sé, no es un punto a mi favor y describe un poco las falencias que tengo en la comunicación con el prójimo.

Ella no recuerda, y mis posibilidades se ven automáticamente multiplicadas. La veo esforzando sus pensamientos para que se conviertan en recuerdos, pero éstos lejos de permanecer, vuelan y desaparecen.

Recuerdos vitales del tipo qué comprar, a dónde ir o volver, buscar un teléfono, dónde está la lista. La lista no tiene ganas de jugar y aparece pronto. Puedo enumerar qué contiene mucho antes de que ella la lea. Dejo que saque el papel y escucho como si fuera la primera vez.

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