Ausencias

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© Adriana Lestido

1 de marzo

Mi querido compañero epistolar:

Ya arrancó marzo y estoy tan cansada. Me siento derrotada. Las ganas se han ido por el water como dice el Nano.

Busco los quiero y me encuentro con los tengo. La derrota es una de esas tormentas de verano que trae lluvia y deja un cien por ciento de humedad que aplasta la cabeza y el corazón. Estoy cagada. Emocionalmente no disponible. ¿Existe tal cosa como no estar disponible emocionalmente?

Pasa la gente por mi vida como en una estación de tren. Los veo caminar, amar, reír, despotricar. Los observo accionar mientras yo estoy parada, inerte, estupefacta ante la parálisis de mi propia vida.

La vida está en otra parte parafraseando a Serrano. Aún no sé dónde.

Crisis le llamarán, sombras chinas, mi propia sombra reflejada en una pared mal pintada que distorsiona mi realidad.

Quisiera descubrir nuevamente el placer de lo pequeño, instalarme en el tope del faro y divisar lo completo y perfecto que es todo, incluso hasta mi supuesta muerte cotidiana de hoy.

Volver a leer un libro con pasión, sacar mi cabeza por la ventanilla y aullar al viento, trotar y sentir cómo crecen alas en mis zapatillas, meterme en el mar vestida en pleno mayo, que me brillen los ojos de alegría.

Me siento como una rosa exuberante y roja que ha perdido la intensidad de la fragancia. Mueren sus pétalos que se convierten en planos dentro de un libro cualquiera.

Me pregunto si hice mal en tirar el pétalo de la rosa que me regalaste, o los recortes con tu letra manuscrita, o la fantasía de encontrarte.

En realidad me pregunto qué hice mal, todo el tiempo. Es una pregunta reiterativa, que asedia y me quita horas de sueño por las noches.

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Sin mucha alharaca

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© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

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La última página

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Sergio Helle

Difícil hablar de vos

Sentada de espaldas a  tu ausencia.

Junto las frutas maduras caídas en el patio,

Recojo  tu silla, tu rincón y tu estar

Redoblando la apuesta a la soledad,

Llenando la casa de recuerdos

Que empiezan a tergiversarse

Al compás de los granos de arena

Que caen despiadadamente.

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