Amor en segundo plano

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Sharon Sprung

15 de marzo de 2018

Darling:

Los almendros comienzan a florecer en la otra punta del planeta, donde la primavera está a punto de comenzar.

Por estos lares entra el sol tibio por los ventanales y escucho a mi vecino gritarle mucho a su perro. Siento ira contenida dentro de sus gritos. Temo por el can. Mataría a mi vecino antes de que mate al perro, pero eso es ilegal. La vida se está tornando en un asunto sumamente ilegal.

No escucho al perro llorar, siento alivio, también me siento cobarde. Me dan ganas de meter la cabeza bajo la almohada y no escucharlo más, ni al perro ladrar ni a mi vecino gritar.

Por mi negocio los parroquianos se acercan al mostrador con problemáticas nimias, tales como la vestimenta, la bolsa de tela para los mandados o el tamaño del mantel para que quepa sobre la mesa del comedor.

¿Qué hacer? ¿Cómo hago para no seguir huyendo de esta vida? ¿O realmente ya es hora de que huya? Aceptar o morir. Cambiar o morir. Seguir o morir.

Siento que huyo o me resguardo, da lo mismo. Estoy encarcelada dentro de mis propios miedos, miedos que niego, aunque me encanta vociferar que no le tengo miedo a nada. Hay una dicotomía enorme entre lo que se ve que soy y quién soy. Qué novedad!

 

Suena una canción. Y vos volvés con ella. El eterno resplandor de una mente abarrotada de recuerdos.  Me encanta el estribillo del tema. Quiero escucharlo una y otra vez, y abrazarte fuerte mientras suena y pasamos de largo las otras notas musicales. Hay temas que si no fueran por el estribillo no serían nada. ¿Seremos nosotros un estribillo? ¿O somos la nada que queda de la canción sin éste?

Me niego a ser miserable, aunque la miseria se instala cuando yo te pido, y vos me pedís, yo te niego y vos me negás, ensanchando aún más la distancia física que nos separa. Casi ya es como un capricho, y así podremos seguir hasta los siglos de los siglos.

Es amor en segundo plano. Y nada más.

Patricia Lohin

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Ausencias

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© Adriana Lestido

1 de marzo

Mi querido compañero epistolar:

Ya arrancó marzo y estoy tan cansada. Me siento derrotada. Las ganas se han ido por el water como dice el Nano.

Busco los quiero y me encuentro con los tengo. La derrota es una de esas tormentas de verano que trae lluvia y deja un cien por ciento de humedad que aplasta la cabeza y el corazón. Estoy cagada. Emocionalmente no disponible. ¿Existe tal cosa como no estar disponible emocionalmente?

Pasa la gente por mi vida como en una estación de tren. Los veo caminar, amar, reír, despotricar. Los observo accionar mientras yo estoy parada, inerte, estupefacta ante la parálisis de mi propia vida.

La vida está en otra parte parafraseando a Serrano. Aún no sé dónde.

Crisis le llamarán, sombras chinas, mi propia sombra reflejada en una pared mal pintada que distorsiona mi realidad.

Quisiera descubrir nuevamente el placer de lo pequeño, instalarme en el tope del faro y divisar lo completo y perfecto que es todo, incluso hasta mi supuesta muerte cotidiana de hoy.

Volver a leer un libro con pasión, sacar mi cabeza por la ventanilla y aullar al viento, trotar y sentir cómo crecen alas en mis zapatillas, meterme en el mar vestida en pleno mayo, que me brillen los ojos de alegría.

Me siento como una rosa exuberante y roja que ha perdido la intensidad de la fragancia. Mueren sus pétalos que se convierten en planos dentro de un libro cualquiera.

Me pregunto si hice mal en tirar el pétalo de la rosa que me regalaste, o los recortes con tu letra manuscrita, o la fantasía de encontrarte.

En realidad me pregunto qué hice mal, todo el tiempo. Es una pregunta reiterativa, que asedia y me quita horas de sueño por las noches.

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Exilio

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© Andrei Baciu

24 de febrero

Mi querido compañero epistolar:

Las mañanas no son las mismas. Huelo el otoño. En serio… hay personas que huelen la lluvia antes de que los moje la primera gota. Conocí a uno de ellos.

Pero bueno, yo huelo al otoño, que llega despacio, pero estaría viniendo. Entiendo que este cumpleaños – el mío – tampoco estarás, pero como he sobrevivido a los otros sin tu presencia, estipulo que puedo vivir unos cuantos más sin que estés.

¿Te acordás de esa frase de volver a los lugares donde uno amó la vida? Siempre me pareció una frase de esas que dicen los que viven del pasado.

No estoy segura de querer estar volviendo a ningún lado. Porque entiendo que aunque sean repetidos el lugar, la persona, el horario… ya nada es igual. Nosotros somos distintos. Mejor o peor no son adjetivos calificativos para estas cuestiones. No hay un beso igual a otro, ni una mirada, ni siquiera el amor sigue siendo igual.

Volver tal vez no sea mi palabra. Seguramente huyó del diccionario, como huye mi persona intermitentemente de la vida y del amor.

Esta semana he aprendido que a los lugares donde la vida no te amó no hay que volver.

Posiblemente puse mi cuota de no entrega, aunque en este afán desenfrenado mío personal de creer que el mundo es mundo porque el cambio es constante, tan constante como las vueltas que damos alrededor del sol, tan constante como la sucesión de días, incidentes, accidentes, coincidencias y vivires; me ganó la utopía, me ganaron las ganas, volví y al final me encontró la decepción.

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¿Será que la tierra es plana?

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© Maria Gutu
Mi querido compañero epistolar:
Año 2018. Y aún estamos boyando en esta circunferencia. Me recuerda a la figura de dos que se alejan pero que en realidad vuelven a encontrarse porque la tierra es redonda, muy a pesar de lo que dice una nueva asociación que promulga que la tierra es plana. Mucha gente que no tiene nada que hacer.
Pasan los años y pasamos nosotros, recorriendo rutas y aún sin encontrarnos. Imagino tu mirada atenta a qué voy a escribir, por dónde saltará mi bipolaridad hoy. Si tengo un día candente, o un día choto, un día solitario o un día de jazz. El verano me consume. Eso lo sabés desde siempre. Aunque este verano tiene más aire a playa que otros.
Mojo los pies en el mar y creo sentir el olor de las algas de nuestras playas del sur. Estoy harta de mirar al pasado, pero a veces es inevitable, porque de ese lugar es que venimos, y en ese lugar es que estuvimos con miles de sueños que fueron mojados por la espuma de las olas. Hoy creo que viven naufragando en el Atlántico. Me gusta pensar que las corrientes marinas los llevan y los traen, y que en algún momento volverán a la orilla, como una botella translúcida en la que dejamos escritos nuestros nombres.
Lo que no sé y nadie me responde es si estaremos en la orilla para encontrar y destapar juntos esa botella.
El invierno hoy es un lugar muy lejano. Miro por la ventana y las hojas de los árboles lucen verdes y aguerridas, prendidas con desesperación a las ramas de los árboles. Falta para despojarse, falta para otra oportunidad, falta para estirar la mano y para decidir. Pienso en el destino como un camión de los nuevos, esos que vienen de frente y no se pueden esquivar.
Si así fuera, dudo que el invierno traiga otra cosa que frío o desencuentro.
Lo siento darling, el calor no me deja pensar con coherencia ni con esperanza.
Ayer, de refilón, antes de salir de mi casa hacia el mar, me miré en el espejo. Vi el largo del brazo reflejado en mi pupila, y en el medio el codo, arrugado. Un simple detalle. Igual de alarmante que la falta de tersura que habita mi cuello. La piel parece hacerse cada vez más holgada. Y nosotros, dentro de ese saco, que muchas veces sentimos como irreconocible. ¿Somos nosotros los que lo habitamos? ¿Cómo pueden congeniar este espíritu jóven y con tantas ganas de todo con una piel que ya no hace juego?
Me siento una adolescente cautiva en un cuerpo de una mujer adulta. Me río como niña, y aún lloro como a los veinte. Quiero tirarme desde lugares insospechados, navegar, volar, delirar, hacer el amor a cualquier hora, comer cosas con azúcar, manzanas crocantes envueltas en pochoclo -mentira, las detesto pero quedaba lindo así escrito-, y quiero bailar. Todo eso mientras te espero, o hago que te espero, o sueño que te espero.
El tiempo está resultando ser eso que acontece, que no puede capturarse, envasarse, atesorarse.

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Mail-support

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© Rob Bremner

Señores de Gmail:

Les escribo porque estoy interesada en recuperar correo personal que en su momento se intercambió desde este correo en cuestión con el propietario de la dirección nn@hotmail.com.

Los correos datan de cinco años a esta parte. He tratado por las vías normales y en su momento los recuperé. Pero en un rapto de violencia y despecho tecnológicos los volví a borrar. Y luego los hice desaparecer de la papelera, de enviados, de guardados y de todo resto de ciberespacio con el que me crucé tan inoportunamente.

Entiendo que a ustedes los problemas personales de los cibernautas les importan un pito. En realidad la falta de esos mails no es un problema, sino que es una cuestión de recupero de bienes personales. Si es que al correo entre dos personas que se conocieron antes de ayer –alrededor de los años 80- se le puede llamar bien personal.

Entiendo que la inteligencia artificial estaría dando pasos agigantados hacia una comunicación más eficiente y cercana a la humana. Pero de todas maneras no nos estaríamos entendiendo.

Vuelvo a llenar el formulario y la respuesta sigue siendo la misma: un frío formulario en respuesta del anterior formulario intitulado “Notificación de Gmail sobre tus correos desaparecidos”. Que vuelva a cambiar la contraseña y a revisar la configuración de privacidad.

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Anonimato sentimental

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“Amor no es literatura sino se puede escribir en la piel.” J.M.Serrat

Hace algunos años sucedió una de esas cosas que pasan en las redes sociales: un hombre y una mujer volvieron a localizarse después de treinta años.

Setecientos días, con todas sus noches y amaneceres incluidos duró el viaje bilateral de los corazones.  Un encuentro es una celebración dijo ella. El no estaba listo para tanto baile, y los días fueron languideciendo uno junto al otro, hasta que ella quemó física y digitalmente todo resto de ese rejunte kármico.

Sólo dos cosas habían quedado guardadas: una carta de ella que emulaba una especie de grito ahogado frente a tanta impasividad y la respuesta de él, que llegó casi un año más tarde en forma de cuento.

Tal vez nunca nadie volviese a escribir algo tan acertado sobre ella.

El siguiente texto es una colaboración involuntaria y anónima de esa historia.

“Sentada frente al mueble de algarrobo del living, con la mano junto al teléfono y casi apoyada en un sueño, escuchaba atentamente.

Unas lágrimas que no entendían bien  lo que escuchaba o lo que podía deducir de esa voz profunda y familiar; un dejo de hastío, un halo de pesadez y un extraño sinsabor. Comenzaba el dolor del amor colgado de un olvido, ese que una vez fue un recuerdo que nunca germinó.

Los pies cruzados, los codos sobre las rodillas y esa palabra salvadora que nunca iba a salir. Los recuerdos, las sonrisas y los  amaneceres, jugaban entre los dos, y  un final avasallante.

A veces los sueños no responden a un único llamado, entonces se fractura el tiempo, se diluyen las ilusiones, se esfuman las caricias y un rasgado recuerdo tambalea entre la paciencia, la ignominia y el desamor.

Procederes y pareceres que confluyen en un anonimato sentimental. Mientras con la mano libre jugaba con su pelo, ella presentía aquella predicción llamada final.  Siempre soñó con llegar al borde del destino con él, pero el camino la iba encerrando sin darle chance alguna. Sus ojos  miraban al frente, aunque realmente se la veía observar muy adentro; hacia afuera, el oprobio y la desidia  jugaban la última carta de ese gran amor.

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Avioncitos de papel

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Harris Rinaldi – Cheap flight

“No estás escribiendo”, me dijo.

Fue como si me dijera: no estás amando. Entre escribir y amar no hay brecha, ni separación. Es lo mismo. Escribir es como sangrar por los dedos, es reconocerse en el espejo y cantarse las cuatro o cinco verdades que uno tenga para decirse; es desnudarse en medio de la calle a la hora en que los padres llevan a sus chicos a la escuela; es sacar los monstruos de adentro del placar a que bailen zumba en la cocina. Escribir es reconocer que tenés un amor encarnado y que no sale con quitamanchas ni con viruta. Es como traer la autógena y darle permiso a alguien para que abra tu pecho, así el corazón puede volar de una vez por todas.  Volar hacia vos.

Escribir a veces nos lleva a lugares donde no estuvimos, o donde sí pero no en la forma en que sucedió. Es como soñar despiertos, es reconocer que añoramos algunos paisajes: el río, el aroma, el piso de madera, la cocina, las sábanas, el gesto, tu sonrisa, mi cobijo.

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