Pequeñas muertes cotidianas

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“El que baila esencialmente escucha”. Andrea Uchite

Juegan tus ojos con los míos y extendés la mano. Sin decir nada, me agarro de ésta y apoyo mi pera sobre tu hombro, dejando que mis pies sigan los tuyos.  De pronto todo es un campo ausente de dialécticas y charlas vacías de contenido. No importa más nada. ¿Acaso debería de importarnos algo más?

Mi respiración rebota contra tu cuello y aprovecho a inspirar el aire que retorna como un boomerang mezclado con tu perfume etéreo y dulce; intenso éxtasis que obnubila mis neuronas. Me mareo con el dulzor de la fragancia, y sin embargo mantengo las rodillas flexibles y firmes a la vez.

La penumbra del atardecer invade la cocina de mosaicos dameros, y le da a todo el lugar una pincelada de acuarelas anaranjadas. En la calle, los focos de los esbeltos palos de luz, empiezan a entibiarse casi con vergüenza, mientras las estrellas hacen lo suyo y van diciendo presente a medida que el cielo se ennegrece.

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Mitad agua, mitad estrellas.

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© Jayanta Roy

No recuerdo otro miércoles más silencioso que este.

Paraguas negros, grises y estampados esconden los cuerpos que se mueven automáticamente hacia adelante por las veredas.

La lluvia es apenas imperceptible. Pero moja y mucho.

Camino varias cuadras sin protección.

Hace mucho que dejé de protegerme para salir a la calle.

La lluvia es muda, los pasos silenciosos, los gorriones se fueron a otro planeta y el único ruido que hace estallar tanto vacío sonoro es el del camión de los residuos, que traga y aplasta la basura existencial que los ciudadanos dejan en sus veredas.

Bolsas con restos, secretos, papeles arrugados, cuentas, cáscaras, envases, cosméticos vencidos, la caja de cigarrillos vacía, colillas, humo…

Se va el camión y vuelvo a penetrar el bosque oscuro de mis pensamientos.

Estos días habrá lluvia de estrellas. En realidad son restos de un cometa.

Pero la ilusión de que sean otra cosa, algo mágico y luminoso, me lleva de viaje hacia otra ilusión:

Vos y yo, bajo ese cielo, mitad agua, mitad estrellas.

Patricia Lohin

Sin mucha alharaca

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© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

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Máscaras enrolladas

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John Lovett

La ciudad cambia, gira, se contorsiona. Las baldosas de las veredas se aflojan  invitando a salpicar a los transeúntes con el agua que recién derramaron para lavarlas.  Otros, juntan las hojas del otoño y las encarcelan en grandes bolsas de consorcio, condenándolas a una futura hoguera. Brujas!

El karma de la cola fuera de cualquier entidad pública o privada que se precie de importante. La inútil espera, pero como hay que justificar de alguna manera en qué se gasta el tiempo, insisten en ir a estos lugares veinte minutos antes del horario de atención.

Elsa es jubilada. Se levantó hace horas, y está parada fuera del mercado. Faltan quince minutos más para que abra sus puertas. Ella espera mientras hace del día un estropajo con sus pensamientos premonitoriamente negativos. Sostiene una cartera con ambas manos y con su mirada recelosa escrudiña una a una a las personas que esperan junto a ella.

Hoy miércoles la verdulería pregona un veinte por ciento de descuento, con lo cual los zapallitos verdes bajaron a la  módica suma de seis pesos el kilo, una ganga.  Posiblemente la mejor noticia del día para Elsa, considerando que la ciudad es una jungla hostil, y el mercado no es más que una fiera a la que es necesario amaestrar diariamente como una cuestión de mera supervivencia.

Le abona la mercadería a la cajera sin mirarla, desenrollando billetes que saca del fondo del bolsillo interior de la campera. Vuelve a la calle.

Un hombre que acaba de estacionar su vehículo, le silba a la empleada del municipio que vende boletas de estacionamiento en la calle. El gesto no tiene un plan de galanteo, sino que es una orden imperiosa para que ella cruce la calle y le provea de la boleta. Si ella sintió fastidio o tuvo alguna identificación con un can,  nunca lo demostró.

Mientras esta y otras cuestiones discurren, Elsa  sigue matando lo que queda de la mañana. Camina llevando sus pies cansados de acera en acera hasta que llega a su próximo punto de espera: la farmacia. Las banquetas todas ocupadas y el número en turno para los afiliados a la obra social de los jubilados está unas nueve cabezas por detrás de su número.

Se queja, comenta los avatares de las ofertas y se pone al día de los hurtos nocturnos y necrológicas con sus colegas de la vejez.

Su turno. Carnet. Receta obra social, chequeo de datos en el sistema, extracción de troquelados, validación on-line, cinco cajas de medicamentos. De postre control de presión arterial, elevada por cierto por culpa del mundo y la polución ambiental.

A la salida se topa con una obra en construcción, y para evitar el extremo peligro que supone bajar el cordón de la vereda y caminar por el borde de ésta,  es que acorta distancias invadiendo territorio.

En la vereda, el  plan de los obreros es colocar cerámicos, y en ese brete estaban cuando Elsa tropieza con el piolín que hace de nivel. De ahí en más rodilla estrellada contra la carpeta de cemento, un rosario de cometas que se estrellan y maldiciones.

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La ciudad y yo

10635760_775560785843702_3521877904941349190_nArtista: Vincent Giarrano

He pasado por muchos estadios en mi vida. Con respecto a la información he estado sumamente informada, otras veces como ahora: cautelosamente informada. Entro en internet y selecciono la información. Ya no resisto la repitencia adrede de las noticias. Una sola noticia se multiplica por veinte, expandiendo su efecto en el inconsciente humano. En algunas ocasiones leo un titular y se me oprime el pecho, obviamente descarto hacer clic y enterarme de los detalles. Regodearme con el dolor ajeno no es lo mío, y le escapo a los detalles macabros con la misma intensidad con la que escapo de una calle en horas pico.

Qué todo está bien? Es una utopía. Que todo está mal? Es una mentira. Dios para algunos existe, para otros si existe no hace nada. Es la parte más fácil: echarle la culpa a Dios. Por mí está bien, que cada religión atienda su juego.

Estamos en una ciudad. Mis vecinos y yo. Al menos eso dicen los números de habitantes. Para mi gusto, el nivel de conocimiento y la velocidad con la que circulan las noticias malintencionadas dan al lugar característica de pueblo.

Hermosos campos rodean al partido, arroyos y el mar cerca terminan de encuadrar lo que parece un paraíso sembrado en un alto porcentaje con soja y lo poco que queda con feedlots, o el nuevo cielo a donde van las vacas ahora.

Por estos días hay agua por todas partes. Dicen los que se dedican a la metafísica (¿?) que estamos en la era del agua. Como sea, hace una eternidad que llueve, y decir que mi máquina de cortar pasto hace ya ruido o que los mosquitos hablan, es apenas una anécdota. El verde encandila, los arroyos parecen ríos, hay nuevos arroyos cortando el paso en las extensas playas cercanas. Los barrios que se inundan son siempre los mismos, y sus casas cuentan con paredes delineadas en distintos sectores: los vecinos dirán que a tantos centímetros fue la inundación del año tal, esta marca hasta aquí fue la de hace cinco años, y así sucesivamente. Las marcas son las arrugas de la casa. La casa que llora humedad por doquier. Y la de al lado. A la humedad no se la erradica, con la humedad se convive, es un matrimonio de por vida.

Sacando el clima de lado, las cuadras céntricas de la ciudad están finamente adornadas por edificios del siglo pasado y del anterior, ventanas altas, puertas imponentes, frentes adornados, pasillos laterales que llevan a los nuevos mono ambientes, esas cajitas infelices que albergan a las mono familias. En otras cuadras, han derribado todo, más descaradamente y más violentamente. Los ricos pagan un plus porque los dejen extirpar la historia, luego ponen una valla de chapas coloreadas de verde y empiezan a apilar ladrillos huecos unos sobre otros, hasta formar gallineros apilables con ventanas pequeñas. Para finalizar le ponen un nombre imponente al edificio. Ni ganas de tirarse por la ventana da vivir en uno de esos complejos.

Ahora que camino –me he sumado involuntariamente a la campaña “un auto menos”-, se me hace más familiar cada día esta nueva fisonomía que va adquiriendo la ciudad. Por un lado parece que se agranda y por el otro que se achica: se achican los patios, los espacios verdes al frente, y por ende se achican los sueños. Soñar requiere aire libre, ventanales, verdes.

Las plazas se hallan distribuidas armónicamente, sin faltar la plaza principal con los edificios públicos cerrando el marco, como en cualquier otro lugar que se precie de pueblo. En las plazas han puesto tantas luces estos últimos años, que ahora son un lugar seguro, iluminado, con tecnología Wi-fi. Los senderos de estos ecosistemas son duros, y a pesar de ello algunos instructores insisten con hacer correr principiantes por allí. Anticipo de rodillas gastadas, esquivando viejitos y parejas candentes que intentan copar algún banco vacío. Obviamente del ahorro de consumo eléctrico no se habla, el bajo consumo queda para los que pagan la luz fuera de término por no poder juntar antes la plata. Ni siquiera Dios ahorra por estos días, ya que su templo principal está tan altamente iluminado que opaca las estrellas. El candor de la fe.

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Angeles caídos

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ARTE: HELENA JUSCHIN

No sé el por qué del título. Se me cruzó por la cabeza en un semáforo y lo anoté en alguna región de mi cerebro.
No es una redacción feliz. Lo sé. Por favor que nadie se me deprima.
Marca la tristeza circunstancial que llevo dentro, sumada a la de muchas personas que la padecen de forma crónica. No importa que uno esté sólo o acompañado, la tristeza carcome, se adhiere como el sarro a una pava y termina destruyendo el alma.
La tristeza nos deja desalmados y totalmente obnubilados, obsoletos, perdidos. Es como vivir en una jungla oscura en donde no entra el sol ni llega la brisa del mar.
A los padecientes de tristeza crónica los llamo ángeles caídos. Muchos no tuvieron oportunidad de levantarse, ya que les fueron arrancados hijos, amores, familia, hogares, los devoró la tempestad y la guerra, la sequía y la hambruna, fueron los elegidos -según dicen ridículamente por ahí- porque ellos pueden soportarlo.
Pero otros caen por fragilidad. En estos años viven muchas personas frágiles e indefensas, para quienes todo el oxígeno que se les pueda dar resulta insuficiente.
Creo en la recuperación de las alas tanto como en la existencia de una divinidad. También creo en el resultado del esfuerzo personal, en la valentía, el coraje, la determinación. Pero dudo de que todos hayan sido marcados con la misma fuerza. Hay vidas que nacen y mueren en la misma vibración de fragilidad.
Sí. La fragilidad es intensa.
De otra manera nos sacudiríamos de ésta y saldría despedida hacia el espacio sideral, volaríamos y dormiríamos toda la noche acurrucados como bebés escuchando el arrullo materno.
Tal vez un poco de lo que escribo hoy, me acerque unos milímetros a mi tan ansiada búsqueda de compasión, y definitivamente ojalá me ayude a controlar mi ego.

“La ciudad está llena de ángeles caídos. No son visibles para cualquier mortal. Yo los veo y creo que algunos perros también. Aún no estoy segura de si los veo porque soy uno de ellos o por mi olfato.
Tienen la tez pálida, y en algunos se divisan diminutas líneas violáceas y azuladas que rozan la dermis. Sus ojos color oro líquido -enormes- miran asombrados el cielo hoy inalcanzable.
Sus alas mojadas y marchitas, simplemente yacen al costado de sus cuerpos, entregadas a la eternidad del limbo.

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Desarraigo

Corre – Luis Beltrán

Soledades anidadas con una cinta amarillenta

En la calle peatones desconocidos

Un enjambre de hombres grises y mujeres de tacos altos

Tratando de ganarle al tiempo.

El sol distante y oculto

Detrás de los oscuros edificios de hormigón.

Escucho al río,

Sus aguas lamiendo las piedras

Y el roce de los sauces con el viento,

Lejos, donde lo dejé

A millones de años luz del concreto

Y de carteles de neón automatizados.

Corro la cortina queriendo no ver.

Adentro

Música en una lengua que no me pertenece,

Pone en alerta a mis sentidos.

El invierno navega sus últimos días,

Y la primavera se avecina

Despojada de jazmines y violetas.

Lo miro,

Sentado en el sillón

Hundidos ambos, con los ojos secos.

Intento ver en él,

Alguna de las letras que me lleve a mi hogar.

En vano.

Todo lo que nos unía no cabía en las maletas.

Sonrío tristemente y pienso en el río,

Su corriente y en lo que fue nuestro,

Inevitablemente muriendo en el mar.

Yo

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