Esos cinco segundos….

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Alfa Castaldi

De nada sirve pensar qué hubiera pasado

Si “si”, si “no”, si “tal vez”,

Infinitas posibilidades y ninguna realidad.

Esos cinco minutos o eso cinco segundos;

Ese escalón o la baldosa que pusieron distancia y

Que te separaron para siempre de la posible casualidad

No hacen más que detener tu corazón

Y contener tu aliento;

Adormeciendo  tu instinto

Y bajando la persiana de tu pupila izquierda.

Es así como hoy te cruzas con alguien

Y de repente no lo ves

Porque todo tu presente

Ha quedado enceguecido con lo que no fue.

Patricia Lohin

 

Moviendo el corazón

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Red Sofa II Karin Broos

 

Enviar una carta es una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el corazón. Petronio

Querido:

Las mejores cartas que he escrito en mi vida, con las mejores palabras y los más profundos latidos, fueron para vos, y hace ya un tiempo largo.

En el intervalo hemos muerto, y me ha llevado todo este tiempo volver a desenfundar la Lettera y volver a tipear.

Cuando uno ya no está enamorado, cualquier palabra que dispare será sin consecuencias serias, pasará desapercibida, no creará sentimientos, sensaciones ni daños colaterales. Será una palabra que vivirá en el limbo, sola, desolada, gris, sin latido, inerte, sin posibilidad de irse o moverse. Será como yo hoy: no estará viva pero tampoco muerta.

Creo que ya lo sabés, en esta vida a la larga te acostumbrás a todo: al desamor, al rechazo, al destiempo.

Es un suplicio no estar enamorado y lo estoy padeciendo. En las calles gritan “apasiónense”, como si fuera algo que se consigue comprando una bebida energizante.

Me estoy secando día a día, mi sangre se espesa, no hay nada que erice mi piel, incluso he dejado de escuchar cierta música porque ya no me provoca nada.

Escribo para no morir.

Escribo para que mis dedos sangren al menos, y así sentir a través de éstos. Escribo para escarbar dentro de mis entrañas y encontrar alguna señal de vida humana o lo que fuera que se mueva. ¿Alguna célula tal vez?

Quisiera culparte, tanto como odiarte, aunque sabés que soy de la especie que no aprendió a odiar, sino más bien a odiarse en igual proporción que a culparse. Ni siquiera puedo quererte. Me lo he prohibido enfáticamente, como un acto de auto salvación: como esos suicidas que se tiran de un séptimo piso pero aún así ponen sus brazos delante para amortiguar el golpe. Plan B, voy a incendiar mi edificio pero igual activaré la alarma de incendios.

Sin embargo cuanto te pienso creo que existo. Qué ironía.

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Supervivencia

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Leopoldo Pomés

¿Y qué se aprende escribiendo? preguntarán ustedes. Primero y principal, uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que nos han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas. (…) Segundo, escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto.” Ray Douglas Bradbury

La tarde se detiene.

O al menos eso siento al salir a la calle. Una suave brisa llama a los carrillones a danzar por unos segundos, luego todo es silencio nuevamente.

Los autos circulan sobre un asfalto levemente húmedo por la llovizna que comienza a caer. Son las cuatro de la tarde, pero parece un atardecer pre-acordado. Los departamentos en planta alta conservan con celo los postigones cerrados.  Dentro, sus habitantes se hunden en el letargo de la ausencia o en el de la siesta, vaya uno a saber.

Agradecida estaría mi imaginación si en uno de ellos hubiese amantes amando a pesar del calor y del silencio, contaminado el vacío con las sonoridades empalagosas de los susurros y las mieles orgásmicas.

Mi corazón late lentamente por la inercia, aunque no puedo negar el leve respingo que me dejó la imagen de las sábanas enredadas entre las piernas y el posible reposo de los guerreros.

La vida me llama insistente todas las mañanas. Viene la muy puta y se cuela por las hendijas de las persianas de mi habitación. Yo me levanto, pero la verdad es que aún no sé que hacer con ella.

Y tal vez porque no sé que hacer es que la atiendo, obediente y aletargada.

Despego mis ojos, despego mis dedos, despego mis pies del suelo e intento en vano volar.

Vuelvo a mi imagen en la calle y sueño con sacarme mi vestido barato y falso hindú para dejar que la lluvia,  que se hace más reiterativa e insistente,  me bautice, o me despierte… en fin, que la naturaleza haga lo que tiene que hacer, no como yo que hago lo que puedo.

En algún lugar de la carretera interestatal de mi existencia se cortó el hilo, se apagó el WiFi, se cegó la mirada, la caricia se transformó en ese roce accidental de pasada y la charla profunda no fue más que una colección de murmullos interiores.  Verdad opacada, verdad escondida, deseo ausente; dormir soñando o dormir negando, da lo mismo.

Sigue mi pecho estático, y me pregunto por la supervivencia de mi cuerpo sin corazón. ¿Cuánto tiempo más de vida tendrá? Según mis médicos mucha, mi riesgo cardíaco es más que normal.  Pero ellos qué saben….

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Dolor

Kimberly Dow Charity

Abrí mi corazón

Deshojando horas de espera

Con paciencia infinita

Reconstruyendo castillos ajados

Sumando olas al mar calmado

Caricias en el crepúsculo

Y pequeños sueños pegados

En la pared de una cocina.

El tiempo que todo lo arregla

Se deshace en pedazos ante

El hombre disfrazado que todo lo destruye.

Sin entender me hallo

Otra vez con una herida

Doble y mortal,

Despiadadamente abierta y supurante.

Me retiro a alguna morada

Donde sola y desnuda me cobijaré

Durante las horas que se hacen más lentas

Mientras,

Mi corazón desangrado llora

Rescatándose de sus heridas.

Yo

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Matar la mente

Sultry Breeze Connie Renner

Tal vez una de las mejores maneras de acallar mi mente sea escribiendo. Admiro profundamente a la gente que hace meditación. Dicen que es una de las mejores maneras de controlar la mente, esa misma cosa o sujeto casi podríamos decir, que nos engaña constantemente, nos juega malas pasadas y trata de acallar los sentimientos.

Otra manera genial de acallar la mente es dormir, abarrotarse de actividades que la ocupen, tomar somníferos, drogas, alcohol. Llega un punto en que uno realmente quisiera ponerse un revolver en la cabeza para matarla y seguir viviendo sin ella.

La misma mente que nos ayuda a llegar a fin de mes, sacar la cuenta de cuánto dinero necesitamos, pagar los impuestos, leer una receta de cocina, acordarnos de nuestros amigos, esa misma mente se convierte en enemiga cuando no sabe qué hacer con los sentimientos. Los sentimientos sin cause, sin respuesta, sin destinatario, sentimientos engañados, encontrados, descorazonados.


La mente juega con nosotros en la medida que la desatamos. Se ríe, nos hace sentir cosas que no debemos permitirnos, nos obnubila, nubla las visiones de los sentimientos, nos engaña y nos hace actuar como seres irracionales. Mientras tanto el corazón sufre los propios avatares y las consecuencias de lo pensado y lo actuado según ese sujeto mental, que no es más que una parte de nosotros mismos.

Es allí cuando sabemos que lo hemos arruinado todo. Todo por no saber acallarla. Se puede amar con la mente? No. Se puede controlar un sentimiento con la mente? Solo temporalmente. Se puede luchar con la mente? Solo son juegos, en donde el corazón sufre y la mente se ríe diabólicamente.

No quiero paralizarme, eso dice mi mente, también dice que debo huir de mis sentimientos que no son más que arañazos para los demás y para mí misma. El duelo de la propia muerte es casi eterno. Volver a nacer con la mente despejada, en paz y amorosamente para con uno mismo exige más perdón del que tengo para mí misma.

Tal vez ahí está el problema, debo perdonarme primero antes de siquiera pedir disculpas por los actos atolondrados de una mente traicionera. He leído muchas veces que no hay que temer a equivocarse, que el error es el que nos hace crecer. El control que ejercemos mi persona y mi mente sobre el resto de mis órganos vitales y espirituales hacen de mi vida tan solo un infierno, infierno del cual no alcanzo a escapar a tiempo.

Soy mi propia enemiga, yo y mi mente. Mientras tanto, mi corazón intenta sobrevivir de alguna manera, descuidado por su dueña y el amor que no vendrá.

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Autoayuda

Carlo Caramelli Italian Born 1926 “Danae”

Es domingo a la noche, te acostás. Leés un rato. Estás leyendo “Autoayuda” de Lorrie Moore.  El libro te lo presta un compañero de taller literario, advertido sobre el hecho de que no podés parar de leerlo en los minutos libres. Quedás fascinada por su forma de escribir. Intentás copiarla.  Aún no te das cuenta del trastorno que es ponerle acento a todos los modismos argentinos. Casi que te das por vencida.

Leés apenas un poco, mirás la hora y te decidís a dormir. Como hasta  hace un tiempo hacías, volvés a agradecer por las noches. Sentís que  todo está en orden, todo vuelve a su lugar y el agradecimiento también. Agradecés por el día, por tus hijos, por el novio de tu hija, por tus amigas, por el descanso, por la supuesta claridad mental, por poder seguir sorteando obstáculos.

Cerrás los ojos, pero tu mente divaga a una velocidad aproximada de trescientos kilómetros por hora. Empiezan a surgir las palabras y recordás que te aconsejaron tener una libreta al lado de la cama para anotar lo más importante. Lo que redactás en tu mente es perfecto, parece un libro hermoso. Al día siguiente se irá, y nunca sabrás lo que pensaste.

No vas tan lejos, sabes que se irá en el tiempo que tardes en levantarte y prender la Notebook para escribir. Falta mucho para que diseñen algo que imprima los pensamientos nocturnos, mientras tanto no te queda otra más que levantarte o imperiosamente decirle a tu mente que se acalle.

Elegís lo primero. Tarda en prender. Se enciende. Revisás el correo como algo mecánico, encontrás un correo de tu última relación fugaz. Aún insiste con desintegrarte. Lo mandás al spam. Lo mandás a la mierda que es lo mismo. Ya está muerto. No es la primera vez que asesinás a alguien.

Cerrás  los ojos y pensás en los últimos meses. Cada uno de los días correspondientes a los ocho, diez, once meses fuiste fiel sin darte cuenta. Mientras intentás escapar en otros minutos robados, tu corazón late en el mismo lugar de siempre. Nada es serio, ni tiene tanto sentido. Te das cuenta de que el año pasa sin pena ni gloria. De pronto un flash, llega una persona que ya está en tu vida como un mentor. Te preguntas si realmente existe tal cosa. Es el mismo tipo del spam, claro.

Le tenés respeto, consideración, hasta cierta simpatía. No te atrae verdaderamente, no pensás en eso. El tiene la llave de todos tus pensamientos, sabe desde qué desayunás hasta que deseás, o al menos eso cree.

También sabe de tu anterior amor y te lo recuerda todas las veces que puede. No es necesario. Se comporta como un artista de la magia oscura. Lo dejás entrar con ingenuidad,  unas cuantas afinidades no alcanzan a poner magia donde no la hay. Un par de cenas y otro par de salidas no te confunden. Estás tranquila, nada te desborda, ni te acelera, tenés el control de la situación, como un fumador de dos cigarrillos diarios que lo deja cuando quiere. Usás tu cinismo para defenderte, es tu peor costado y lo sabés.

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Qué motivos?

Corazón blando
(Weiches Hart)

Miércoles por la mañana.

La diversidad servida en el desayuno, justo al lado del jugo de naranja artificial. La luz del día colándose por entre las persianas. Tu mano que se extiende para agarrar el azúcar, y mis oídos que aun no habían despertado a tus palabras. Es que acaso dijiste algo y no lo escuché? Este dato no lo podré precisar.

Una mañana normal digamos. De esas típicas que suceden luego de una conversación nocturna profunda, en donde las palabras pinchan como miles de agujas tratando de generar disparadores en el otro.  Aunque si vamos a especificar, técnicamente al hecho de que una sola persona hable aunque sea con público se le llama monólogo, acá y en la China. Los únicos disparadores que puede uno generar cuando la otra persona no quiere escuchar son más bien –volvamos a los tecnicismos- disparos. Usted elige de donde salen.

Pero aquí estamos, desayunando en la cocina que se va tiñendo con los rayos del sol, nadie ha muerto, tal vez algunos sentimientos estén heridos de muerte, pero nada que se pueda reparar llamando al nine one one.

El camión de la basura me distrajo de tales pensamientos disparatados y me llevó a levantar la persiana, como quien busca un paisaje menos desolador afuera en la calle.

Error. La vereda con bosta de un cuadrúpedo anónimo, restos de una bolsa con basura desparramada por descuido de los trabajadores de la empresa recolectora; un siseo extraño, uniforme y molesto proveniente de la cercanía con el parque industrial, y yo que dije BASTA.

El basta sonó como un estruendo que acalló aún más todo. La desolación de la cocina más la desolación del afuera me estaban matando. Tu cara de indiferencia ante tanta contaminación no hizo más que terminar de alterarme.

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