Río Hondo

d6bba8f46bf1aa0f107c87aa62b5cd13

Imagen: Pinterest

12 de diciembre. Amanece.

Llora el cielo con intermitencias y ráfagas fisgonas de luz solar.

De a ratos moja y de a ratos seca a las angostas calles de pedregullo y tierra.

Desde las cumbres bajan los pueblerinos con cargamentos de adornos florales y frutales que liberarán en el Río Hondo en los primeros minutos del décimo tercer día de diciembre.

En la orilla, las mujeres intentan barrer el suelo de arcilla donde ubicarán sus puestos. Ya adornadas desde temprano con escotes y volados, brillos con sabor a cereza en los labios, loción de verbena en el cuello y hermosas trenzas enredadas en lo alto de sus cabezas.

Tienden almidonados manteles naranjas y amarillos sobre largos tablones de madera, donde retozarán cuencos abundantes de frutas y verduras de estación, mezclados con estampitas y rosarios en honor a la Virgen Niña del Río Hondo.

Reza casi como en un canto a los visitantes y vecinos la comadrona del pueblo, mientras se hamaca detrás de su puesto de albahaca y frutillas:

“Pide un deseo, tú niña y tú también que ya no eres niña ni volverás a ser joven. Pídelo con el corazón abierto y la virtud de los ojos que aún han visto muy poco al otro lado de la orilla. Cuenta los días de tu espera con inmensa fe, reza, frota por día una cuenta de tu rosario de piedra coral, que al terminar los cincuenta y nueve días y los cincuenta y nueve rezos, agradecerás sin pedir más y volverás a empezar la cuenta.”

Bajo el arco de enredaderas que marca el comienzo del sendero,  que guía hacia el sector de la orilla del río desde donde partirán las ofrendas, Pedro –mecánico de herencia y encantador de abejas por pasión- relata entusiasmado a una pareja de forasteros, que a falta de manantiales y nacientes, a falta de Minerva y Coventina, sobra río Hondo y Virgencita para arrastrar penas, lágrimas y peticiones, que volverán condensadas al cielo en la tercer luna llena del próximo año nuevo.

Sigue leyendo

Anuncios

Ensayando finales

10380964_708271082559480_8971347657891777045_n

Nicola Simbari

Comencé la semana con el dedo gordo del pie izquierdo, por decirlo de una manera elegante. Técnicamente empecé la semana auto flagelándome. Eso fue durante todo el lunes, ya que el domingo tuve el tupé de no castigarme tanto. Luego de la hecatombe del lunes, día crítico en el que se me soltó la cadena, los días tardaron en remontar.

Diligentemente hice los deberes, di las gracias, hice varias muecas emulando sonrisas torcidas y ejercité algo parecido al optimismo; lo que al final de las horas previas a este escrito, han ido sumando a mi estado anímico general.

Ahora, que transito el otro lado de la trinchera, que las balas ya no me pegan en el pecho y me siento más segura de mí misma –es decir a resguardo de mi propia persona- puedo seguir yendo por la vida observando –objetivamente?- al resto del universo, como si lo mío fuera nada más que un paseo. Una irresponsabilidad absoluta. Una inmunidad temporaria. Un descoloque total.

La probabilidad de que yo esté en mitad de la vida, me ha hecho merecedora de un paseo virtual –muy al estilo Charles Dickens  en “Cuento de Navidad”- por sus posibles desenlaces fatales. Claro, de cuáles otros podría estar hablando.

No es que yo me siente en un sillón y a través del humo de una pipa empiece a divagar finales inconsistentes. Estos me encuentran a mí, en lugares tan comunes como el salón de mi tienda o el banco donde hago los depósitos en especias.

Sin ir más lejos, ayer, en la sucursal de un banco español, estaban tratando de reanimar a una señora muy entrada en años, la cual había sufrido una descompensación en la calle justo cuando casi la embiste un auto. Según dijeron nunca emitió palabra.

Cuando la vi, estaba con aparente pérdida de consciencia, apenas sentada en una silla en donde los empleados bancarios intentaban reanimarla y sostenerla para que no se cayera.

La única nota de color,  tal vez fuera la imagen absurda de uno de los empleados de seguridad,  que iba de aquí para allá con la bandera argentina de la previa del partido Argentina-Suiza.

Más pena que la señora me dio el can que la acompañaba, el cual estaba sumamente preocupado por su ama. No quiero detenerme a pensar cómo ni dónde quedó luego de que la retrasada ambulancia se llevara a la señora.  Luego de un vano intento por obtener la dirección de la señora, quien no contaba con ningún tipo de documentación, ni telefonía o antena parabólica, menos un tatuaje con algún punto cardinal que marcara un camino en su existencia; me fui tristemente por la puerta con mi propio ser a cuestas.

La escena me encontró como en un Déjà vu, pero alverre. Como si yo fuera a ser en cuarenta años la señora del banco, sola con su amigo el can, desfalleciendo de desamor en la esquina de la sucursal de un banco español. Al menos mi último suspiro sería casi cerca del Mediterráneo.

Visto y considerando las estadísticas de mi vida, tengo altas posibilidades de llegar sola a la vejez, seguramente con un can y la piel arrugándose justo en las coordenadas tatuadas sobre mi hombro.

Sigue leyendo

De cuando el príncipe se convierte en sapo.

1712610094_5a375e1272_m.jpg

Si prestaron atención, los protagonistas masculinos de las películas románticas no se convierten en sapo nunca: antes que convertirse en sapo mueren.

Moraleja: lo bueno dura poco.

El hombre de la vida real vive convirtiéndose en sapo. Digo que vive convirtiéndose, porque como mujer muchas veces los rescatamos de tan vil destino, principalmente cuando vemos en ellos algún reflejo del príncipe que nos cautivó en su momento.

Esta situación es totalmente reversible: ni bien hacen repetitivas las costumbres del hombre terrenal vuelven a su vida de reptiles.

Para comprender mejor de lo que estoy hablando tendríamos que definir la palabra príncipe, aunque seguramente debe de tener tantas definiciones como mujeres en el planeta.

Sigue leyendo

“…decidir si convertirse en un buen vino o ser una simple uva desprendida del racimo.”

claudia.jpg

“Si habré aplastado cucarachas en estos cincuenta y tres años. Y siempre para sofocar el grito de alguna mujer. Primero era mi madre, después Gloria, después mis dos hijas. Solo la nieta no grita. Le gustan las cucarachas y a veces juega con ellas. Se las mete en la boca, como si fueran dátiles y todos corren desesperados y la obligan a escupir, pero yo creo que una cucaracha es menos peligrosa que un dátil, porque las cucarachas no tienen carozo. Los dátiles, sí. Mi nieta come cucarachas. Mi nieta… Si casi no me dejan verla. Gloria me la trae a veces, a escondidas. Me la trae para que nos vayamos conociendo. Debe de andar por el año, un poco menos quizá, ya perdí la cuenta. Aquí se pierden todas las cuentas y todos los partidos, todo se pierde aquí adentro. Mi casa ya no es mi casa, es una cocina en la que preparo una tortilla. Y una cucaracha que me mira. Me mira y espera.”

Este fragmento pertenece al cuento Matar una cucaracha, de Claudia Amengual.

Sigue leyendo

Una de flautistas encantadores y de topillos

Hace cuánto que no leías el Flautista de Hamelín? A lo mejor nunca lo leíste.

Hoy tengo no sólo el cuento, sino también una noticia que tiene que ver con flautas y topillos.

En qué año estamos? Sí, 2007, pero igual es lindo revivir la leyenda de los hermanos Grimm. Y a los flautistas encantadores, pues a lo mejor logran encantar a alguna linda muchachita también.

“Como si de un remake del Flautista de Hamelín se tratara, Villotilla, un pueblo palentino de poco más de 60 habitantes, ha convocado un concurso de flautistas para acabar con la plaga de topillos que asola los campos de la región.

Sigue leyendo